El atentado

 

Imagen de Rudy y Peter Skitterians en Pixabay

Por Manuel C. Díaz.

Luces y sombras de una nación

-Novela inédita-

                                (Fragmento I) 

 

El atentado

Antes de aparcar en la esquina de la calle Primera y la Avenida de los Presidentes, justo detrás del recodo del malecón, José Manuel Gómez-Lamar miró por el espejo retrovisor para asegurarse de que nadie lo había seguido. Dentro del auto, un Packard del año 1930 con placas falsas, estaban también Mariano González, Willie Barrientos y Santiago Silva, todos miembros del Directorio Estudiantil Universitario.

En el piso del carro se alineaban dos escopetas recortadas calibre 12 y 16, y un rifle Winchester semiautomático Modelo 1907 SL .351, que se utilizarían en el atentado. Eran las ocho de la mañana y aunque el verano recién había comenzado, el día parecía de invierno. El cielo estaba encapotado y las olas que arremetían contra el muro del malecón presagiaban mal tiempo. La ciudad recuperaba su ritmo diario y el tráfico matutino comenzaba a complicarse. Desde donde estaba, José Manuel podía ver toda la Avenida de los Presidentes, que era la ruta que el capitán Miguel Calvo, jefe de la Sección de Expertos de la policía machadista, usaba para trasladarse de su casa al cuartel general.

Cuando al fin José Manuel vio venir el Dodge Brothers negro en el que viajaba Calvo, puso el Packard en marcha y les dijo a sus compañeros: «Estén preparados». Ninguno habló; pero todos rastrillaron sus armas. El Dodge seguía acercándose. Al llegar al recodo, dobló a la derecha para tomar el Paseo del Malecón y José Manuel pudo ver que Calvo viajaba con su escolta. Eran los mismos de siempre: Benito Cárdenas, su chofer; y los agentes Francisco de la Rosa, que viajaba en el asiento posterior junto a su jefe, y Arturo de la Torre, que lo hacía en el delantero al lado del conductor.

El Packard comenzó a seguir al automóvil del jefe de la Policía, siempre manteniendo una distancia mínima, tal como lo habían hecho una semana antes para medir el tiempo que les tomaría llegar al lugar donde pensaban dispararle.

Cuando estuvieron a la altura del Monumento al Maine, a menos de una cuadra del Hotel Nacional, el Packard se aparejó al Dodge, y Mariano y Willie abrieron fuego con las escopetas recortadas. Las primeras descargas hirieron a De la Rosa y al capitán Calvo.

En ese mismo momento, Cárdenas, el chofer, intentó lanzar su auto contra el de los agresores, pero no tuvo tiempo. Una ráfaga lo alcanzó en el costado izquierdo y el Dodge, patinando sobre el asfalto mojado, chocó con los farallones de hotel. José Manuel frenó unos metros más adelante y todos descendieron del Packard disparando sus armas. Santiago Silva, que portaba el Winchester, se dirigió con paso resuelto al automóvil de los policías, abrió la puerta delantera del lado del conductor y le disparó al oficial de la Torre que, aunque herido, trataba de sacar su revolver de reglamento. Después, abrió la puerta trasera y vio que el capitán Calvo todavía respiraba. Entonces lo sacó de un tirón y le disparó en el suelo tres tiros más. El sonido de esos últimos disparos rebotó contra las rocas del farallón y su eco, repetido, se extendió ominoso por toda la ciudad mientras la sangre del capitán Calvo y sus escoltas enrojecían el asfalto.

Esa misma tarde, antes de que comenzaran los usuales allanamientos y detenciones, José Manuel dejó a sus compañeros en un lugar seguro y escondió el Packard en el garaje de la casa de uno de los miembros del Directorio, cerca del Campamento Militar de Columbia, en Marianao. Después caminó hasta donde había dejado su auto, un Ford V-8 Cabriolet de 1932, y se dirigió a la mansión de su familia donde lo esperaban para cenar.

La semana anterior, en medio de la tensión de los preparativos del atentado, su padre lo había llamado por teléfono para pedirle que pasara por la casa. Sabiendo que la invitación era para el mismo día que se realizaría el atentado, José Manuel trató de excusarse. Pero su padre insistió: «Es importante. Tus hermanos también vienen», le dijo. «Quiero hablar con ustedes tres». Y añadió: «El futuro de nuestra familia está en juego».

(Continuará)

Manuel C. Díaz es escritor, crítico literario y cronista de viajes.

3 Comments

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  2. Lilia Menes

    Es interesante conocer historias de la época de la Republica, aunque esté en una novela a propósito el autor es Manuel Cofino?
    Gracias

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