Por María del Casar/El Debate.
Hace doscientos años, la nación española tomó las riendas de su destino y se sublevó contra el gigante imperial francés. Napoleón, hijo de la Revolución Francesa, quería expandir su dominio por el continente, bajo la bandera de una presunta libertad, fraternidad e igualdad. Y qué mejor objetivo que una España con una cabeza de gobierno desestructurada. Lejos de defender la integridad de su reino, Fernando VII claudicó ante Napoleón y entregó el trono sin obtener a cambio más que un exilio en Valençay.
Mientras el rey felón vendía España a los franceses, el pueblo español protestaba frente a la amenaza armada del Ejército napoleónico. El dos de mayo de 1808, el pueblo de Madrid se levantó frente a la invasión de unos doce mil soldados franceses. Napoleón pretendía trasladar a Bayona a los últimos miembros de la familia real, los infantes Francisco de Paula y María Luisa, hijos de Carlos IV para que renunciaran a sus derechos al trono. Este episodio en las inmediaciones del Palacio Real desató la ira del pueblo: a las pocas horas, Madrid estaba movilizada contra los franceses. Aún conscientes de la desventaja, los españoles dieron por iniciada la Guerra de Independencia.

















