Dónde estás corazón

Por Denis Fortun.

Las dos señoras, repletas de equipajes y cajas, se bajan del taxi en el lugar equivocado. El piso de salidas es el segundo, y ellas se quedan en el que está abajo, el de arrivals. Después de preguntarme muy apenadas a dónde deben dirigirse, les indico que tomen el ascensor, y al abrir las puertas, justo enfrente, van a encontrar el mostrador para chequear sus pasajes. Sin embargo, la más joven, que calculo ha de tener unos setenta años, mira a la otra con cara de ruego y pide irse por las escaleras eléctricas, aclarándome que no le gustan los elevadores, y su amiga, mucho mayor, con un gesto de aparente disgusto, la complace y lamentablemente a mitad del trayecto da una pisada en falso intentando acomodar una de sus maletas, y cae, rodando hasta el inicio de la escalera, que se empeña en arrastrarla hacia arriba.

Al ver la terrible escena de la señora trabada, sacudiendo sus piernas como una tortuga bocarriba, y su amiga gritando auxilio, corro hacia ellas. Otras personas que están cerca vienen y me ayudan a levantar a la señora, que ahora insulta a su amiga por su miedo a los elevadores. Luego de incorporarla, no sin trabajo, la señora asegura que se encuentra bien, pero al notar que sangra por uno de sus codos pido por radio una silla de ruedas, urgente, y llamo por teléfono a los paramédicos que en menos de dos minutos aparecen con su parafernalia y teatro.

Los pasos de rigor comienzan: uno de los rescatistas le revisa el codo con una expresión de gravedad que cualquiera imaginaría que la señora está a punto de que le enyesen el brazo, otro le toma la tensión arterial y un tercero, redundando el acto de descubrir sus pulsaciones en la muñeca, le coloca un estetoscopio en el pecho mientras la amiga con temor a los elevadores, sintiéndose sumamente culpable por el drama que vive, no para de rezar, asustándose en extremo al ver la mirada del rescatista del estetoscopio, que observa a sus colegas sorprendido. Según el joven, no hay evidencias que la señora accidentada cargue, como todos, un corazón en medio de su pecho, al no conseguir escuchar sus latidos.

Contrario a lo que se espera en un instante como este, los rescatistas, yo, y el grupo de pasajeros curiosos que nos rodean, miramos con incredulidad como la magullada señora comienza a reírse a carcajadas, intentando incorporarse de la silla de ruedas:

-Es que traigo cuatro jabones Camay metidos en los ajustadores. Por eso es que usted no escucha nada, joven- y concluye como un niño avergonzado por alguna travesura-. Imagínese, vamos a Cuba.

Denis Fortun es poeta y escritor.

 

 

3 Comments

  1. Bañarse es más importante que comer…Gracias.

  2. Bañarse es más importante que comer….gracias.

  3. Heidys Yepe

    Me encantan! Gracias

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