EDITO

Después de la dictadura. La conversación que los cubanos necesitamos tener antes de que llegue el cambio

Por Minervo L. Chil Siret.
Después de tantos años de sufrimiento, es natural que la inmensa mayoría de los cubanos tenga un solo deseo: que esta pesadilla termine.
Algunos imaginan que ese día llegará de manera repentina. Otros creen que todavía falta mucho. Nadie puede saber con certeza cuándo ni cómo ocurrirá. Pero hay una pregunta que casi nunca nos hacemos y que quizá sea tan importante como la fecha del cambio:
¿Qué comenzará el día después?
A primera vista, la respuesta parece evidente. Muchos dirían que, una vez terminada la dictadura, comenzará la democracia y que el resto llegará por añadidura. Durante algún tiempo yo mismo tendía a pensar de esa manera. Sin embargo, la historia —y especialmente la historia de Cuba— nos obliga a ser mucho más prudentes.
Porque el final de una dictadura no garantiza, por sí solo, el nacimiento de una democracia.
Los cubanos ya vivimos esa experiencia. El primero de enero de 1959 terminó una dictadura. Pero lo que vino después no fue el restablecimiento de una democracia, sino la consolidación de un régimen totalitario que, casi siete décadas más tarde, continúa negando las libertades fundamentales de nuestro pueblo.
Esa experiencia debería llevarnos a una reflexión serena.
Si una dictadura puede terminar sin que nazca una democracia, entonces ambas cosas no son la misma realidad.
Y precisamente ahí aparece una palabra que escuchamos con frecuencia, pero sobre la que pocas veces nos detenemos a pensar: la transición.
Entre la dictadura que queremos dejar atrás y la democracia que aspiramos a construir existe un camino. Ese camino es la transición.
La transición no es todavía la democracia.
Es el puente que habrá que construir y recorrer para pasar de una orilla a la otra.
Y de cómo lo hagamos dependerá, en buena medida, que lleguemos realmente a nuestro destino.
Comprender esa diferencia cambia nuestra manera de mirar el futuro. El problema ya no consiste únicamente en que termine la dictadura. Consiste también en recorrer ese camino de una manera que nos permita llegar, de verdad, a una democracia.
Sin dejar de preguntarnos cuándo terminará la dictadura, quizá haya llegado el momento de hacernos otra pregunta igualmente importante:
¿Estaremos preparados para construir lo que venga después?
No es una pregunta reservada para políticos, juristas o economistas.
Es una pregunta que nos alcanza a todos.
Porque una democracia no se construye únicamente desde las instituciones. Se construye también desde los ciudadanos que deberán sostenerlas, respetarlas y defenderlas.
Durante años hemos concentrado nuestra atención, de manera comprensible, en el objetivo más urgente: poner fin a la dictadura. Pero el deseo de que algo termine, por legítimo que sea, no basta para garantizar que lo que nazca después sea mejor.
La historia ofrece demasiados ejemplos de pueblos que lograron derribar un régimen autoritario sin conseguir consolidar una democracia. Y los cubanos ni siquiera necesitamos buscar muy lejos. Nuestra propia historia nos recuerda que el vacío que deja una dictadura no siempre lo ocupa la libertad.
Por eso, además de preguntarnos cuándo llegará el cambio, necesitamos preguntarnos qué cambios queremos y cómo queremos llegar a él.
No se trata de adivinar el futuro ni de querer definir desde ahora cada detalle de una Cuba que todavía no existe. La preparación política y programática es necesaria, pero debe avanzar junto a una conversación ciudadana más amplia sobre los principios que deberían orientar la reconstrucción del país.
Se trata de algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: comenzar a aclarar esos principios, cualquiera que sea el escenario por el que finalmente lleguemos al cambio.
Después de décadas de autoritarismo, es comprensible que la libertad nos parezca la respuesta a todas las preguntas. Pero vivir en libertad también nos planteará preguntas nuevas y responsabilidades que durante mucho tiempo no hemos podido ejercer.
Ni las instituciones democráticas ni la confianza necesaria para sostenerlas aparecerán espontáneamente el día después.
No aparecerá por decreto la capacidad de convivir con quien piensa diferente.
No surgirá automáticamente la disposición a aceptar decisiones legítimas cuando contradigan nuestras preferencias.
No bastará aprobar una Constitución para reconstruir la confianza dañada entre los ciudadanos.
Todo eso necesitará tiempo, aprendizaje y voluntad.
La transición no comenzará solamente cuando un gobernante abandone el poder, ni terminará con la celebración de unas elecciones libres. Será un proceso político e institucional, pero también profundamente humano.
Durante ese tiempo habrá decisiones que corresponderán a quienes asuman responsabilidades públicas. Será necesario restablecer derechos, limitar el poder, construir instituciones legítimas y garantizar que nadie vuelva a situarse por encima de la ley.
Pero habrá también otra tarea que ningún gobierno podrá realizar por sí solo: reconstruir una cultura de libertad, responsabilidad y respeto mutuo después de décadas de control, miedo y desconfianza.
Esa reconstrucción tampoco ocurrirá únicamente en la conciencia individual. Necesitará recuperar los espacios de asociación, cooperación y participación cívica que permitan a los ciudadanos actuar juntos, defender sus derechos y contribuir al bien común sin depender del Estado ni someterse nuevamente a él.
Una democracia necesita leyes e instituciones capaces de proteger la dignidad de cada persona, reconocer la soberanía del ciudadano, garantizar la igualdad ante la ley y defender los derechos fundamentales.
Pero necesita también ciudadanos dispuestos a vivir conforme a esos principios.
Esto no significa responsabilizarlos por el daño que el totalitarismo ha causado. Las responsabilidades políticas y jurídicas del poder son concretas y no pueden diluirse.
Significa reconocer que ninguna institución, por bien diseñada que esté, podrá reparar por sí sola todo lo que ese sistema ha erosionado entre nosotros.
Si queremos una sociedad donde nadie esté por encima de la ley, necesitaremos respetar las reglas del juego democrático incluso cuando el resultado no nos favorezca.
Si queremos que las minorías sean protegidas, necesitaremos defender también los derechos de quienes piensan de manera distinta.
Y si queremos que el poder cambie de manos pacíficamente, tendremos que aceptar que perder unas elecciones no convierte a nadie en enemigo de la nación.
Prepararnos para la democracia no significa ponernos de acuerdo en todo.
Una sociedad libre no se construye sobre la unanimidad impuesta, sino sobre reglas que nos permitan convivir en medio del desacuerdo.
Significa aprender a discrepar sin negar al otro sus derechos, su dignidad ni su condición de compatriota.
Quizá ahí radique uno de los mayores desafíos.
Durante décadas hemos vivido bajo un sistema que ha pretendido decidir por los ciudadanos qué pensar, qué decir, qué asociaciones crear e incluso qué futuro considerar posible.
Salir de esa lógica no ocurrirá automáticamente el día en que termine la dictadura.
También será parte de la transición.
Y quizá sea una de sus tareas más importantes.
Hay, además, una razón práctica para comenzar esta conversación desde ahora.
Los grandes cambios políticos rara vez sorprenden por igual a todos los actores. Mientras la mayoría de la sociedad intenta comprender lo que ocurre, quienes ejercen el poder suelen llevar tiempo preparando distintos escenarios para conservar, adaptar o reconstruir su posición.
No sabemos con certeza qué estrategia intentará seguir el poder cubano. Afirmarlo sería especular. Pero sí conocemos una regularidad histórica: cuando un sistema entra en crisis, quienes más tienen que perder casi nunca esperan pasivamente a que los acontecimientos decidan por ellos.
Si quienes desean conservar su poder probablemente piensan desde ahora en distintos escenarios, quienes deseamos construir una sociedad libre tenemos aún más razones para aclarar los principios que deberán orientarla.
No para competir por el control del país.
Sino para llegar a ese momento con mayor claridad sobre aquello que no debería quedar a merced de la improvisación. Porque las sociedades que improvisan su futuro corren el riesgo de reproducir, bajo nuevas formas, algunos de los problemas de su pasado.
Los programas políticos podrán ser diferentes.
También las propuestas económicas, los partidos, los liderazgos y las prioridades.
Eso es natural en una sociedad libre.
Pero hay principios que no deberían depender de quién gane unas elecciones: la dignidad de la persona, la soberanía del ciudadano, la igualdad ante la ley y el respeto a la libertad de quienes piensan diferente.
Pensar desde ahora en esos principios no sustituye la acción política ni pretende cerrar anticipadamente el debate sobre el futuro de Cuba.
Significa, precisamente, crear las condiciones para que ese debate pueda ocurrir sin miedo, sin exclusiones y sin que nadie intente imponer nuevamente su voluntad sobre todos los demás.
Durante mucho tiempo hemos hablado del cambio casi exclusivamente desde la perspectiva de quienes ejercen el poder o aspiran a ejercerlo. Hemos debatido sobre gobiernos, elecciones, partidos, reformas, constituciones y modelos económicos.
Todo eso será necesario.
Pero existe una pregunta anterior:
¿Qué clase de ciudadanos necesitaremos ser para que una democracia pueda sostenerse?
No es una pregunta menor.
Las instituciones, por sólidas que parezcan, terminan reflejando también, en parte, la cultura cívica de la sociedad que las habita.
Reconstruir carreteras, viviendas, empresas o instituciones puede llevar varios meses o años.
Reconstruir la confianza entre los ciudadanos puede llevar más de una generación.
Por eso la transición no consistirá únicamente en reorganizar el Estado.
Consistirá también en aprender a vivir en libertad.
Y esa tarea puede comenzar antes de que cambie el poder.
Comienza cada vez que un ciudadano decide pensar el futuro de su país con serenidad.
Cada vez que escucha a quien discrepa sin convertirlo en enemigo.
Cada vez que se pregunta no solo qué Cuba desea, sino también qué está dispuesto a aportar para construirla.
No porque las acciones individuales puedan sustituir el cambio político e institucional que Cuba necesita.
Sino porque ese cambio será mucho más difícil de sostener si llegamos a él sin haber comenzado a reconstruir, desde ahora, los vínculos, las actitudes y las responsabilidades que la vida democrática exigirá de todos nosotros.
Tal vez alguien piense que todavía es demasiado pronto para hablar de estas cosas.
Que primero debe terminar la dictadura y solo después podremos ocuparnos de lo que vendrá.
Es una postura comprensible.
Pero nuestra propia historia nos aconseja no llegar nuevamente al día después sin haber pensado suficientemente el camino.
La incertidumbre sobre cómo llegará el cambio no justifica la incertidumbre sobre los principios con los que queremos construirlo.
No podemos saber cuándo llegará ese despertar para Cuba.
Pero sí podemos decidir qué preguntas queremos haber comenzado a responder cuando llegue ese momento.
Porque la democracia no nace automáticamente el día en que cae una dictadura.
Empieza a nacer mucho antes.
Empieza cuando dejamos de preguntarnos únicamente cuándo terminará la pesadilla y comenzamos a preguntarnos también qué país queremos construir cuando Cuba despierte, qué clase de ciudadanos necesitaremos ser para habitarlo y cómo aprenderemos a vivir juntos sin volver a entregar nuestra libertad a nadie.
Quizá esa sea la conversación más importante que los cubanos podamos empezar desde hoy.
Minervo L Chil Siret.
Miembro de Secretariado Ejecutivo MCL.
Minervo L. Chil Siret

 

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