Relato Social

Descarrilamiento

Por Zoé Valdés.

Soñé con una ciudad que amanecía con sal en los balcones y lluvia detenida, gota a gota, sobre los puentes. Al principio parecía La Habana: las fachadas descascaradas respiraban frente al mar, las ventanas tenían esa manera antigua y desdeñosa de mirar hacia afuera, y en las calles había una luz rota, amarilla, como de tarde que no termina nunca. Pero bastaba doblar una esquina para que todo cambiara, sin variar del todo. Entonces la ciudad se transformaba en París, húmeda y dorada, con bulevares que se abrían como recuerdos ajenos y un río que avanzaba en silenciosas oleadas, como si el Sena hubiera aprendido durante la noche a nombrarse Malecón. Ha sido siempre ese sueño recurrente que me acompaña desde hace décadas, durante este exilio tan lleno de roñas y punzonasos.

En medio de aquella ciudad doble apareció un desconocido. No venía de ningún sitio preciso, o tal vez volvía de todos los lugares que uno pierde sin darse cuenta. Avanzaba lento, como tanteando los recodos, bordeándome los labios con la mirada, con una maleta vacía en la mano y los ojos fijos en un punto que no existía -mi boca. Parecía regresar, pero cada paso lo alejaba más de cualquier llegada. Yo lo seguía desde lejos, sin saber si era un hombre, una sombra, una advertencia o una parte mía que había decidido devolverse hacia otra vez ninguna parte.

Entonces oí la proximidad de un tren, percibí el eco en el andén. Primero fue apenas un temblor bajo las piedras, un rumor de hierro en la distancia, una promesa de movimiento. Después reapareció,  seguro y obstinado, intentando echar a andar sobre unos rieles torcidos que nadie se atrevía a reparar. Comprendí que aquel tren era el país mismo, era la vida misma con sus diversos accidentes: cargaba pasajeros invisibles, despedidas antiguas, mapas deshechos, firmas ilegibles recuperadas, deseos de retornar y temor de acudir. Me trasladaba a mí, ansiosa, hechizada.

Durante un instante pareció que lo lograría, que al fin recuperaría su marcha, que todo lo perdido encontraría una dirección, que yo daría el salto. Pero justo en ese intento, en pleno esfuerzo de recomenzar, descarriló bajo una lluvia fina de dulzona amargura, sin estrépito, como descarrilan los sueños cuando todavía siguen llevándonos hacia algún lugar imposible. Hacia el vacío, sólo eso, la nada.

Zoé Valdés.

 

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