De la última gran escena

Caricatura de Luant

Por Roberto Pedreiturria.

Leyendo el análisis excelente de Carlos M. Estefanía, en su artículo: «¿Se comunica Edmundo García con el más allá?», mi memoria comenzó a funcionar. Yo no podría comunicarme con el más allá, «allá tú me ves, allá», pero hay veces en que sí soy capaz de lograrlo con el pasado. Disfrutando de la lectura, descubrí que el autor bien podría pertenecer a mi generación, pero que probablemente arribó a la ciudad del Sol, algo más tarde que yo.   Después de terminar la lectura, de la que insistiré en decir que me resultó interesante, iba a dejar un comentario; uno simple y escueto. Sucede que yo sufro de una enfermedad antiadaptativa de naturaleza psiquiátrica, que me impide reducir mis pensamientos a la estructura de un twitter. He aquí, una pequeña aportación, que puede ser considerada una ampliación respetuosa de: «¿Se comunica Edmundo García con el más allá?».

La personalidad de Edmundo García es todo un caramelo, perfecto para un personaje de novela. Él sería un protagonista imprescindible y me lo imagino como a ese truhan manipulador, que es necesario para añadirle cierta dosis de tensión a la historia.

Yo recuerdo cuando Carlos Alberto Montaner lo hizo lucir muy mal, con aquello de: «¿Y de dónde saca usted esa información?», preguntó el sujeto, poniendo en duda los datos que revelaban la Cuba próspera que heredó el castrismo. El escritor, lo puso a sudar en frío con una respuesta sencilla y tajante: «Porque lo digo yo». Lástima que Montaner haya decepcionado a tantos cubanos cuando vendió su alma a los poderosísimos medios de información. Nos dolió a los que no aceptamos el destino macabro de esa «Revolución de los canallas, por los canallas y para los canallas», pero reconozco que entonces estuvo muy bien. «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

El éxito radial en Miami, de este señor, cuyo origen se remonta al programa televisivo dominical cubano «De la Gran Escena», y que en los años ochenta se transmitía antes del muy ansiado programa «Tanda del Domingo», tendría una explicación lineal y coherente.

Lo cierto es que Edmundo hizo sus primeras incursiones en las televisiones miamenses, aceptando cualquier trabajo. Lo recuerdo en medio de un huracán, reportando el tiempo desde alguna playa que ahora no podría mencionar, entrando de espaldas al agua, — estúpido —, y cayendo de culo, micrófono en mano, desesperado por llamar la atención del televidente. Era una más de esas ridiculeces de los periodistas, las que por entonces aún me parecían anormalmente normales. Él todavía no había sacado la patica del plato, como suele decirse. Poco después, lo pudimos ver como comentarista en «programas informativos», siguiendo un guión, como es normal en esos Medios. Tenía un problema, su voz era pedante y apaplanada, me inventé la palabra, y a la gente no le gustó.

Había logrado entrar en CNN en español, lo cual, hablando desde la óptica de los periodistas modernos, era un buen paso, a pesar de ser auto-aniquilador, como le pasó al mismo Alberto Montaner, — pero insisto, era un buen paso —. A partir de entonces, navegó sobre una espiral en la que unas veces ascendía y en otras descendía, aunque hubo un momento en el que inició una caída en picado de la que ya no podría reponerse. Digamos que la cima le duró muy poco. Eso contribuyó a que él mismo exteriorizase, para sorpresa de muchos de sus seguidores que le recordaban del programita cultural cubano que mencioné antes, el ser envidioso y rencoroso que hasta entonces había sabido encubrir; siempre detrás de un rostro marchito, casi inexpresivo.

Después de esa gran caída, algunas emisoras de radio, intentando cubrir espacios de poca audiencia, le concedieron un micrófono desde donde acusó a las televisiones de ponerle un traspié. Hasta me parece muy probable que se lo pusieran, pues es bien sabido que detrás de las cámaras de un plató de televisión, existe una colonia de ratas desesperadas por una oportunidad y donde la competencia desleal es un arte bien valorado. Aun así, el desdichado, viendo que había encontrado su propio nicho de dolidos y perdedores, empezó a sentirse cómodo.

Nunca sabremos si el dinero le llegó directamente desde la Habana, casi seguro, o quizás de los bolsillos de alguno de esos defenestrados de la Revolución que abundan en Miami y que no ocultan su admiración, casi necrófila, por Fidel Castro. El caso es que pudo comprarse su propio espacio radial, — pagado por él —, para desatar su ira dulcemente amariconada, forjada en las bambalinas de la cofradía exclusivista, de la cultura habanera revolucionaria. Poco a poco, fue haciéndose más abierto y agresivo, siempre en la medida en que descubría que Miami también contaba con toda una población de alcantarillado que se regodeaba entre las heces del castrismo. Había encontrado un nuevo público; un público solo para él. Más tarde se vería abocado a compartir ese mismo público, el que él había descubierto, con una nueva generación de acólitos soñadores, y distorsionadores, de la pesadilla cubana. Precisamente Yadira Escobar es el ejemplo perfecto de esa nueva generación.

Recordemos que por entonces aún no tenía competidores para ese público. Esto le facilitaba una gran notoriedad, tanto entre sus seguidores como entre sus detractores. Piense que mucha gente quería saber quien era ese que, dentro de una comunidad en la que abundaban los que habían sufrido las carnicerías del castrismo, se atrevía a provocarlos. Y esto, claro está, le dio más fama. En esa época viajó a la Habana reiteradas veces, codeándose con personalidades del gobierno. Solía arrojar descalificativos muy ofensivos contra la comunidad de Miami, seguidos de piropos al régimen cubano, por supuesto, arropado por la candidez de sus viejos camaradas. A todo este alarde de cubano que vivía en Miami y que apoyaba a la Revolución Cubana, nunca le faltó un dejillo de crítica que apuntalaba su imagen de independencia y credibilidad. Estos dos rasgos fingidos de su personalidad también desaparecieron en la evolución interpretativa de su nuevo papel, el de un acérrimo castrista, con un mal logrado maquillaje de Demócrata estadounidense.

Y ya hemos llegado a este Edmundo García, a ese que conocemos hoy y que se aleja a gran velocidad, sin reverencias ni nostalgias, del chico fino, casi rebuscado, que nació en la televisión cubana. Este de ahora, nos recuerda más a uno de aquellos opinólogos de la «Esquina Caliente», en el Parque Central, de esos que lo sabían todo sobre la Serie Nacional de Baseball. Edmundo, es ese «hombrecillo de pelo ralo», como en un dime que te diré le lanzó a la cara el cantautor Pablito Milanés, que ha logrado rebajar las discusiones políticas a un comedero de piara. Una de sus particularidades que más me llaman la atención, es que no oculta su admiración por esos shows de televisión, dónde la gente se interrumpe, y hasta grita, siempre con la intención de robar la atención y de hacer menos visible y escuchable al oponente. En esencia, se proyecta como el típico opinólogo maleducado, cutre, diseñado para una audiencia también cutre.  Podría decirse que ha involucionado, poco a poco, a un ser obsesionado por ejecutar el papel más protagónico posible, totalmente desquiciado, chillón, prepotente e incluso ignorante de la pésima imagen que proyecta de sí mismo. Su diatriba está atiborrada de un repertorio impresionante de descalificativos, que despotrica, uno detrás del otro, como si se los hubiera aprendido de memoria. Ante esta avalancha, el interlocutor tiende a autocensurarse, pues de otra manera solo podría elevarse a ese mismo nivel, o simplemente renunciar a la discusión. El Edmundo del presente, solo tiene paciencia para escuchar su eco.

Yo estuve allí y sé como se construyó a sí mismo. Ahora lo que vemos es la desfachatez extrema de un señor, envidioso del éxito ajeno, que se alimenta de las migajas de La Habana, las que unas veces llegan y otras no. En mi caso, no puedo evitar preguntarme cuánto se cree a sí mismo. Lo visualizo como al típico pedigüeño de notoriedades, de esos que salieron de las cloacas de una sociedad que ya sobrepasó su propio ocaso y a los que ya nos hemos ido acostumbrando.

Uno, de manera natural, tiende a respetar más a las personas que tienen una idea personal del Mundo, aun en esos casos en que son diametralmente opuestas a las nuestras. Funcionamos así, a no ser que haya algo muy roto dentro de nosotros. Por el contrario, despreciamos a esos individuos que saben adaptarse y convertirse en unas veletas atentas a la dirección del viento más favorable. Eso es hoy y será Edmundo García, una veleta rota y anclada en una única posición, sin verdaderos principios, pero con un hálito de cultura que le sirve para disimular su falta de legitimidad. Y es esa carencia de autoestima, indisimulable, la que al final lo condena a una decadencia penosa, como la de aquel programa, «De la Gran Escena».

Roberto Pedreiturria es Bioquímico cubano, doctor en Ciencias y Filosofía. Escritor. Residente en Alemania. Autor de Parlamento 350.

Luant es pintor y bongosero.

4 Comments

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  2. Carlos M. Estefanía

    Muy interesante estimado Pedreiturría. Gracias por la alusión a mi artículo y por profundizar la saga de Edmundo, concuerdo en que es un personaje de novela, una suerte de Mefistos cubano. Comparto en redes este artículo.

  3. Carlos M. Estefanía

    «Mefisto», quería decir

    • Roberto Predreiturria

      Estimadísimo Estefanía, para mí es «Mefistófeles», pero era totalmente entendible. Más allá de la ortografía lo que pesa es la monosemia, su subordinación al mal y su aversión a la luz, luz como cognotación de la verdad y la sabiduría. Aunque, si buscásemos una aproximación moderna y entendible para las nuevas generaciones que han sido amamantadas digitalmente, lo relacionaría directamente con un zombie. Alguien muerto, con un único destino marcado por un cerebro lobotomizado y en la versión vampiresa de los que no soportan la luz. Y bueno, me informaron de que el hombre no anda bien de salud y por ello puede que muy pocos perdonen esta crueldad, ¡pero es qué, … da un gustico!

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