Mundo

De la Tercera Guerra Mundial o lo que vendrá

Por Carlos Manuel Estefanía.

 

Introducción

 

No todas las guerras comienzan con disparos. Algunas comienzan cuando una civilización deja de creerse a sí misma. Cuando las palabras pierden peso, las fronteras se vuelven líquidas y el dinero deja de representar algo real, la violencia ya está en marcha, aunque aún no se oiga.

Este ensayo propone una lectura incómoda pero necesaria: la Tercera Guerra Mundial, que de un momento a otro puede estallar, será más una explosión; una revelación que pone fin a una larga mentira. Y lo que surgiría después no sería una distopía de laboratorio, sino el retorno —abrupto, áspero, inevitable— de la historia.

Durante décadas se nos dijo, desde la perspectiva liberal del estudio de las relaciones internacionales, que vivíamos en un mundo postimperial, regulado por instituciones multilaterales, valores universales y una economía global autorregulada. Para el ciudadano medio culto, aquel relato sonaba razonable: la técnica había sustituido a la política, el derecho a la fuerza y el mercado a la geografía. Pero ese orden no era un estadio final, sino un interregno. Un tiempo suspendido, sostenido por la inercia de la posguerra y por un poder que había aprendido a ocultarse tras siglas, balances y discursos morales.

Ese poder —heredero del viejo imperio marítimo— ya no gobernaba con banderas, sino con deuda; ya no con ejércitos, sino con normas; ya no con religión, sino con ideologías «woke». La soberanía sobrevivía solo como liturgia.

La Tercera Guerra Mundial no comienza cuando caen las bombas, sino cuando esa liturgia se quiebra. Como ha ocurrido siempre en los grandes giros históricos, el sistema es desestabilizado desde dentro por un actor que se niega a aceptar su papel asignado. Donald Trump no irrumpe como ideólogo, sino como anomalía funcional. Su regreso al poder no crea la crisis: la revela.

Conviene aclararlo desde el principio: el mundo que emerge tras el colapso no replica el esquema de una distopía totalitaria clásica. No estamos ante una repetición exacta del universo cerrado y asfixiante imaginado en la literatura del siglo XX. Aquí no se impone una vigilancia homogénea sobre individuos intercambiables, sino una reordenación desigual de pueblos, territorios y culturas según afinidades profundas. El nuevo orden no niega la historia: la reactiva.

 

  1. El interregno: cuando el orden deja de mandar

 

Toda gran transformación comienza en los márgenes. En este caso, no en las capitales saturadas de diplomacia, sino en el Ártico. Groenlandia, durante décadas tratada como apéndice exótico de Europa, irrumpe como el verdadero corazón estratégico del siglo XXI.

El deshielo abre rutas antes míticas. Bajo el hielo aparecen minerales que sostienen la civilización tecnológica. Y de pronto queda claro que un territorio administrado por una potencia sin músculo estratégico real no puede decidir sobre el equilibrio global.

La exigencia estadounidense de control sobre Groenlandia no es un capricho, sino la expresión moderna de una vieja ley: quien domina los pasos, domina el destino. La apertura de consulados, la inversión directa y el estímulo del autonomismo inuit repiten un patrón histórico reconocible: cuando la soberanía es débil, la autodeterminación se convierte en palanca.

Europa reacciona como suele hacerlo, confundiendo símbolos con poder. Crea estructuras militares sin base material, despliega tropas para demostrar cohesión y acaba enfrentándose, paradójicamente, a quien garantizó su seguridad durante décadas. Cuando aviones suecos interceptan vuelos estadounidenses, la Alianza Atlántica deja de existir, aunque nadie se atreva aún a pronunciar su epitafio.

 

  1. Europa después de Europa

 

La respuesta no llegará, al menos de inmediato, en forma de misiles, sino de cifras: aranceles totales, bloqueos financieros, ruptura de cadenas de suministro. El arma decisiva del nuevo conflicto no es explosiva, sino económica.

Europa y Canadá, ya debilitados por años de desindustrialización y dependencia energética, entran en colapso. El mito del libre comercio se disuelve cuando los estantes se vacían y el empleo desaparece. El ciudadano descubre entonces que la globalización no era un pacto entre iguales, sino una arquitectura de dependencia.

Canadá se convierte en el escenario decisivo. Visto desde Washington como una extensión ideológica del viejo mundo anglosajón y desde Londres como el último bastión continental, el país estalla por dentro. No son las élites las que deciden su destino, sino las clases trabajadoras, cansadas de ser sacrificadas en nombre de valores abstractos. De ese agotamiento nace la Confederación de América del Norte y la expulsión definitiva de la tutela británica del continente.

 

III. El reparto pactado del continente

 

Mientras el Atlántico se fractura, Rusia observa. No con prisa, sino con memoria. Tras abandonar la ilusión de integración en un orden que nunca la aceptó, Moscú recupera una lógica imperial clásica: territorio, energía, tradición.

Europa no es reconstruida: es repartida. Pero ese reparto no es arbitrario ni puramente militar. Sigue una lógica histórica profunda.

Los pueblos escandinavos y nórdicos del norte —Suecia, Noruega oriental y Finlandia— pasarán, si todo sigue como va, a la órbita rusa no solo por proximidad estratégica, sino por afinidad histórica y civilizatoria. Rusia se presenta como heredera de la antigua expansión nórdica hacia el este, de la Rus fundada por varegos, distinta del germanismo occidental romanizado y mercantil. En el caso de Finlandia, esta integración no se apoya en un origen germánico —que no posee— sino en una experiencia histórica concreta: su prolongada pertenencia al Imperio ruso, que la convirtió en un espacio fronterizo no eslavo pero estructuralmente vinculado a San Petersburgo y al mundo euroasiático.

En cambio, los pueblos germánicos occidentales, junto con Gran Bretaña y una Escocia ya separada de Inglaterra, quedan bajo la esfera estadounidense. No como colonias, sino como territorios industriales integrados en un bloque transatlántico. El mundo anglosajón no desaparece: cambia de centro.

Aquí radica una diferencia esencial con las distopías clásicas: el nuevo orden no uniformiza. Jerarquiza, integra y separa según historias largas.

 

  1. La hora tardía de los movimientos identitarios

 

El colapso del orden europeo no deja un vacío neutro. Allí donde las instituciones se derrumban, emergen fuerzas latentes. En la Europa occidental, esa fuerza adopta la forma de movimientos populistas e identitarios que durante décadas fueron marginados, ridiculizados o directamente ilegalizados. Pero una oportunidad providencial les llega en medio del conflicto EUA-EU.

Estos movimientos no llegan al poder por conspiración, sino por agotamiento del sistema previo. Surgen del hartazgo social, del empobrecimiento material y de la sensación compartida de haber sido gobernados por élites que ya no pertenecían a ningún lugar. En nombre de la soberanía, la identidad y el orden, conquistan parlamentos, gobiernos y calles.

Su apuesta es clara: una adhesión explícita a Estados Unidos como única tabla de salvación frente al avance ruso. En el imaginario de estas fuerzas, Washington encarna todavía el mito del protector occidental, el heredero de la civilización atlántica frente al coloso euroasiático. Así, reclaman bases militares, acuerdos preferenciales y una integración acelerada en el bloque americano.

Lo que ignoran —y aquí reside la ironía trágica del momento histórico— es que el destino de Europa ya ha sido sellado. Mientras estos movimientos celebran su victoria y proclaman el retorno de la soberanía nacional, el continente ha sido repartido en esferas de influencia entre Estados Unidos y Rusia. La adhesión no es una elección libre, sino la ratificación tardía de un reparto previo.

La paradoja es brutal: los movimientos que nacen para recuperar la soberanía terminan legitimando su disolución definitiva. Al creer que se entregan a Washington para salvarse de Moscú, esa ciudad que hoy aman y mañana odian, no advierten que ambos polos ya han pactado el nuevo orden. No hay traición; hay desconocimiento.

 

  1. América Latina y la lógica continental

 

Mientras Europa discute su destino creyendo aún que decide, América Latina ya ha entrado en otra fase histórica. El colapso del orden globalista elimina los márgenes de ambigüedad: el continente hispanoamericano deja de ser periferia ideológica y vuelve a ser espacio estratégico.

Los viejos alineamientos —retórica antiimperialista sin industria, dependencia financiera sin soberanía— se disuelven con rapidez. Ante la reindustrialización forzada de Estados Unidos y la creación de un mercado continental autosuficiente, América Latina es incorporada no como zona de sacrificio, sino como reserva productiva esencial.

México, Brasil y Argentina asumen funciones complementarias dentro de una cadena continental: manufactura, energía, alimentos, minerales críticos. La ideología cede ante la logística. La estabilidad vuelve no por consenso, sino por necesidad. Cuba, liberada de su rol simbólico y siguiendo los pasos de Venezuela, consciente de que no puede resistir la menor embestida material o moral, se ve sometida, una vez más, a los Estados Unidos, para terminar anexionada al vecino. Así, en una suerte de reafirmación del determinismo geográfico, la isla, como nodo estratégico del Caribe, deja de ser anomalía para convertirse en bisagra, en trampolín entre la parte angloparlante y la hispana del Viejo Nuevo Mundo.

La Confederación Americana no se construye sobre el discurso, sino sobre el trabajo, la infraestructura y el control de rutas. El español, de hecho, se consolida como lengua funcional del bloque junto al inglés.

 

  1. La ocupación atlántica de Europa

 

El desenlace europeo no se produce mediante negociaciones interminables, sino mediante presencia física. Estados Unidos, ya confederado con Canadá y con el respaldo logístico de América Latina, entra en Europa no como aliado, sino como poder de ocupación estabilizadora.

No se trata de una invasión clásica, sino de un despliegue irreversible. Tropas norteamericanas y canadienses cruzan el Atlántico y se establecen en puertos, corredores industriales y centros logísticos desde la Península Ibérica hasta el corazón germánico occidental. La resistencia es mínima: las sociedades exhaustas prefieren el orden a la retórica.

Canadá desempeña un papel clave. Convertido en socio pleno del proyecto continental, aporta territorio, recursos y legitimidad anglosajona a la operación. La antigua frontera norte de Estados Unidos se transforma así en eje de proyección atlántica.

Europa occidental queda integrada de facto en la esfera americana. No hay anexión formal inmediata, pero sí subordinación total: moneda, defensa, energía y comercio pasan a ser gestionados desde el otro lado del océano. La soberanía se conserva como símbolo; el poder real cambia de manos.

 

VII. África y Asia:  el eje olvidado que sostiene el nuevo orden

 

Si Europa es el escenario visible del colapso y América el músculo que lo reorganiza, África y Asia constituyen el basamento silencioso del nuevo orden continental. Durante el periodo prebélico, ambos espacios fueron gestionados como periferias: África como cantera de recursos sin industrialización; Asia como fábrica subordinada a cadenas financieras ajenas. La guerra pone fin a ese esquema.

En África, la retirada forzada de la influencia anglo-francesa abre una etapa inédita. Por primera vez desde el siglo XIX, el continente deja de ser administrado desde fuera bajo fórmulas humanitarias o crediticias. El nuevo vínculo afro-asiático no se basa en deuda, sino en intercambio directo: energía, minerales estratégicos y alimentos a cambio de infraestructura, tecnología y formación técnica.

Etiopía, el Magreb y África occidental se transforman en polos manufactureros regionales. No se trata de reproducir el viejo modelo extractivo, sino de fijar población, crear industria ligera y pesada, y articular mercados internos. El crecimiento africano ya no es estadístico, sino material: carreteras, puertos, fábricas, viviendas. El continente deja de exportar pobreza y comienza a absorberla.

Asia, por su parte, abandona la ficción de la globalización neutral. China, contenida por la presión combinada de Rusia, India, Japón y el bloque americano, se ve obligada a replegarse hacia un modelo más autocentrado. India emerge como socio clave del eje euroasiático, no como heredera de la Commonwealth, sino como potencia continental autónoma.

Japón rompe definitivamente con el pacifismo de posguerra y asume un papel militar y tecnológico activo como dique frente a China. Corea se reunifica bajo tutela euroasiática, convertida en plataforma industrial y naval. Asia deja de ser el taller del mundo global para convertirse en un conjunto de polos regionales soberanos.

Este eje afro-asiático sostiene el nuevo equilibrio mundial. Mientras Occidente se recompone sobre bases industriales y morales, África y Asia garantizan recursos, demografía y expansión productiva. No hay universalismo ideológico: hay complementariedad civilizatoria.

 

VIII. El fin del espejismo económico

 

El verdadero derrotado de la guerra no es un país, sino un modelo. El capitalismo financiero especulativo, basado en deuda infinita y crecimiento ficticio, colapsa.

El dinero vuelve a significar algo. Se ancla a energía, recursos y trabajo. El crédito deja de ser un instrumento de dominación para convertirse en herramienta de desarrollo. La banca estará subordinada al Estado y al interés colectivo no al contrario como ya hemos visto.

En África y Asia, liberadas de la tutela anglo-francesa, se activa un proceso de industrialización tardía pero acelerada. Por primera vez en siglos, el desarrollo no pasa por la extracción, sino por la transformación local.

 

  1. El retorno de la forma: moral y comunidad

 

El cambio decisivo no es económico, sino antropológico. El individuo deja de ser el centro absoluto. La familia, la comunidad y la nación recuperan su función estructurante.

La educación abandona la deconstrucción permanente y vuelve a formar para la vida productiva y la continuidad cultural. El trabajo recupera dignidad. El arte vuelve a representar algo. La religión deja de ser opinión privada para convertirse en horizonte compartido.

No es una era de libertad ilimitada, sino de pertenencia. Se sacrifica autonomía a cambio de estabilidad, sentido y continuidad.

La Tercera Guerra Mundial no concluye con un hongo nuclear, sino con un mapa. El mundo emerge dividido en grandes bloques continentales, ásperos pero estables.

Muere el globalismo. Regresa la historia. La geografía vuelve a mandar. Y el hombre, después de décadas de disolución, vuelve a reconocerse no como individuo soberano aislado, sino como parte de una civilización concreta, heredada y limitada. No es un final feliz. Es un final real.

 

Epílogo: El mapa que regresa

 

El mundo que emerge de este interregno no es nuevo: es antiguo. No inventa formas, las recupera. Tras la caída del universalismo liberal, los continentes vuelven a reconocerse como espacios históricos, no como mercados abstractos.

Europa deja de fingir soberanía y acepta su condición de territorio disputado. América se recompone como bloque continental. África y Asia abandonan la periferia y se convierten en pilares materiales del sistema. Nadie gobierna el mundo; todos lo sostienen desde posiciones desiguales.

Este orden no promete justicia ni redención. Promete estabilidad. No se funda en derechos universales, sino en límites. No aspira a convencer, sino a durar. La historia, una vez más, no pide permiso.

Este texto no es una profecía ni un ejercicio de futurología. No anticipa acontecimientos específicos ni fechas precisas. Es, sencillamente, una lectura histórica de procesos ya visibles, una interpretación del presente desde la larga duración.

La historia no avanza por iluminaciones repentinas, sino por acumulación de tensiones, errores y decisiones tardías. Lo que aquí se describe no es lo que debería ocurrir, sino lo que ocurre cuando los pueblos confunden deseos con fuerzas reales. El mapa que se dibuja no es el del futuro imaginado, sino el del pasado que regresa.

 

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Carlos M. Estefanía es un disidente cubano radicado en Suecia.

”La vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan”

Redacción de Cuba Nuestra
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