De filias y fobias

Imagen Lucy Prior

Por Rosalba Atilana Guerrero Sánchez.

La ausencia de pensamiento abstracto es una de las corrupciones más alarmantes que sufren hoy en día las llamadas “democracias de mercado”.

Y acaso la razón por la que esto ocurre está en la misma esencia de este tipo de sociedades, como es la “extensión de las formas mercantiles al conjunto de las relaciones sociales”, en palabras de Maxime Ouellet.

Ahora, en lugar de ciudadanos, somos consumidores, y en lugar de argumentar en el debate público sobre asuntos comunes, satisfacemos nuestras “necesidades políticas” en el mercado de las ideologías. Consumimos consignas ya elaboradas en los medios de comunicación, especialmente en las redes sociales, como un prêt-à-porter democrático en el que las opiniones nos las llevamos puestas. Las ideas, como las cosas, nos gustan o no nos gustan; no hace falta más que un “click”: somos “haters” o “followers”.

Esta sustitución del pensamiento por el sentimiento ha llegado hasta tal punto que ahora mismo el poder judicial persigue el llamado “delito de odio”, como si fuera el propio delincuente el que sufre un malestar anímico que debiera corregirse con la dosis correspondiente, imaginamos, de amor. Porque esa es otra: se ha olvidado, si es que alguna vez se supo, que los valores son polares, y que el odio implica al amor, de modo que sólo literalmente un pánfilo -el que lo ama todo-, o sea, lo que viene a ser en el idioma español, un ingenuo, un cándido, sería un hombre “sano”.

Pero la cara de la abundancia tiene su cruz, y este aparente paternalismo del Estado, que cuida de mantener la salud emocional democrática en perfecto orden -cada consumidor tiene derecho a consumir su propia ideología sin que nadie le moleste- esconde algo difícil de reconocer y es la paulatina eliminación de la acción política del ciudadano vulgar. Si ya no hay un bien común que compartir, sino que cada uno se encuentra encerrado en su propia burbuja, la de su potencialmente agraviado “colectivo”, la política real desaparece. Y he aquí la razón de la ausencia del pensamiento abstracto que motiva nuestro artículo. La abstracción requiere trascender lo que cada uno de nosotros somos en particular (nuestro sexo, nuestra raza, nuestra religión, etc.) y para ello es necesario situarse en otro plano distinto al de nuestra individualidad, el que propiamente exige la razón política, que no es otra cosa que la operación de comparar, contrastar, intentando buscar el ajuste entre las “piezas” del todo del que formamos parte. Un “todo”, por cierto, al que llamamos nación.

Frente a esto, la agenda que nuestras élites nos ofrecen es el shopping de la identidad personalizada. Cuanto más selecta y amenazada, mejor.

Rosalba Atilana Guerrero Sánchez es filósofa española, miembro de la Escuela de Oviedo.

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