Por Minervo L. Chil Siret.
En los últimos tres años, el hemisferio occidental ha experimentado una serie de cambios políticos significativos que, en conjunto, están reconfigurando el equilibrio ideológico y geopolítico de la región,marcando un viraje significativo hacia la derecha, con una ola de gobiernos conservadores que han tomado las riendas de varios países de las Américas. Este giro, impulsado por procesos eleccionarios, ha alterado el equilibrio geopolítico regional, favoreciendo gobiernos alineados con políticas económicas liberales, mayor cooperación con Estados Unidos, rechazo a las ideologías de izquierda radical, posturas más firmes frente a las violaciones de derechos humanos y que priorizan la institucionalidad democrática como eje de su política exterior.
A esto se suman los dramáticos eventos del 3 de enero de 2026 en Venezuela, donde una intervención militar estadounidense resultó en la captura del narcodictador Nicolás Maduro y la instauración de un gobierno interino encargado de administrar el país siguiendo las directrices emanadas desde Washington, abriendo un nuevo capítulo de incertidumbre y potencial transformación, hasta una eventual transición democrática, limitando además su capacidad de influencia regional.
En este contexto, la dictadura comunista de Cuba, un régimen totalitario que para su supervivencia ha dependido históricamente de alianzas políticas, económicas y simbólicas con gobiernos de izquierda y antiestadounidenses, se verá obligada a recalibrar sus alianzas, tanto regionales como extrarregionales, en un momento en que su margen de maniobra se estrecha y varios de sus aliados tradicionales atraviesan crisis o redefiniciones estratégicas.
En la primera parte de este artículo, que por su extensión hemos dividido en dos, exploraremos estos cambios, que junto a las decisiones recientes del Presidente estadounidense Donald Trump y las últimas declaraciones del Secretario de Estado Marco Rubio sobre Cuba, configuran un escenario inédito para la Isla y la región. Y en la segunda parte analizaremos cómo esta nueva realidad geopolítica podría tener efectos relevantes sobre las posibilidades de una transición pacífica a la democracia.
VIENTO DE CAMBIO CONSERVADOR EN LAS AMÉRICAS
Los últimos tres años han sido electoralmente intensos en el hemisferio occidental, con comicios en 18 naciones de la región, que reflejaron una tendencia mayoritaria hacia el conservadurismo.
Con la elección de Javier Milei en Argentina, José Raúl Mulino en Panamá, Donald Trump en Estados Unidos, Rodrigo Paz en Bolivia, Goodwin Friday en San Vicente y las Granadinas, José Antonio Kast en Chile y Nasry Asfura en Honduras, hubo un giro en esos países hacia gobiernos de tendencia más conservadora. Estos procesos no solo respondieron a descontentos locales con la inflación, la inseguridad y la corrupción, sino que también se alinearon con un contexto global de repliegue de la izquierda populista.
Aquí merece una mención especial el caso de Venezuela, donde Edmundo González logró imponerse abrumadoramente en la elección presidencial del 2024, impulsado por una coalición encabezada por la hoy Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado. A pesar de que la mayoría de los gobiernos democráticos del mundo reconocieron la victoria electoral de la oposición, el narcodictador Nicolás Maduro decidió desconocer los resultados y aferrarse el poder apoyado por el ejército y los cuerpos de seguridad, quienes desataron una feroz represión contra la ciudadanía que exigía se respetase su voluntad soberana.
A este bloque conservador se sumaron también Santiago Peña en Paraguay, Jennifer Geerlings-Simons en Surinam y hace apenas unos días resultó electa Laura Fernández en Costa Rica, quienes dan continuidad a gobiernos de derecha o centro-derecha en sus respectivos países. Por su parte Nayib Bukele en El Salvador, Luis Abinader en República Dominicana y Daniel Noboa en Ecuador fueron reelectos para otro período de gobierno.
La otra cara de la moneda fueron los triunfos electorales de Bernardo Arévalo en Guatemala y Yamandú Orsi en Uruguay, donde hubo un giro a la izquierda, mientras que Claudia Cheinbaum en México y Mark Carney en Canadá daban continuidad a gobiernos de izquierda o centro-izquierda.
En este año se definirán también las elecciones presidenciales en Perú, país con una gran inestabilidad institucional y democrática (8 presidentes en 10 años); en Colombia, donde la izquierda buscará darle continuidad al gobierno de Petro; en Haití, país con una gran inestabilidad, en un contexto de crisis humanitaria y violencia de pandillas criminales, que realizará sus primeras elecciones en diez años; y en Brasil, donde el izquierdista Lula intentará reelegirse a su cuarto mandato.
Aunque la izquierda sigue gobernando en algunos países del hemisferio, es una izquierda en general más pragmática y menos dispuesta a pagar costos internacionales por defender a la dictadura cubana.
ESTADOS UNIDOS: DOCTRINA MONROE 2.O
Más allá de los cambios internos en América Latina, Estados Unidos sigue siendo el actor determinante en el hemisferio. Tras el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025, con una renovación de la Doctrina Monroe, la región de las Américas vuelve a tener una gran importancia estratégica y prioritaria para los Estados Unidos.
Su política hacia el hemisferio ha puesto mayor énfasis en la seguridad nacional y regional; la crisis migratoria como fenómeno estructural; la lucha contra los cartelestransnacionales que se dedican al tráfico de drogas, armas y personas; la influencia de potencias extrahemisféricas como China, Rusia e Irán, así como la relación entre autoritarismo, inestabilidad y sufrimiento social. Lo que trae aparejado menos tolerancia hacia regímenes que generan inestabilidad en la región, como los de Cuba, Venezuela y Nicaragua; así como una reactivación del lenguaje democrático en política exterior, incluso si no siempre se traduce en acciones inmediatas.
La administración de Trump ha adoptado una política de endurecimiento significativo hacia Cuba, enfocándose en aislar y presionar económicamente al régimen para promover democracia, derechos humanos y contrarrestar su influencia maligna. Desde el primer momento, se reinstauró a Cuba en la lista de Estados patrocinadores del terrorismo (revocando su remoción por Biden), y se restableció y actualizó la Lista Restringida de Cuba (prohibiendo transacciones con entidades militares). En junio de 2025 se firmó un Memorando Presidencial de Seguridad Nacional por el que se impusieron restricciones parciales de viaje a nacionales cubanos, se endurecieron regulaciones sobre transacciones, viajes y remesas, se sancionaron funcionarios involucrados en programas de exportación laboral (considerados tráfico de personas), y se sancionó directamente a Miguel Díaz-Canel (mandatario impuesto en la Isla por la cúpula del Partido Comunista de Cuba) por violaciones a los derechos humanos. Además, en enero de 2026 se declaró una emergencia nacional mediante orden ejecutiva que autoriza aranceles adicionales a países que suministren petróleo a Cuba (tras cortar envíos venezolanos y presionar a otros como México), con el objetivo de forzar un cambio o negociación.
VENEZUELA: FIN DE UNA ERA
El clímax de esta transformación regional ocurrió en enero de 2026 en Venezuela, donde eventos dramáticos aceleraron el declive de uno de los bastiones de la izquierda latinoamericana. El pasado 3 de enero, fuerzas especiales estadounidenses lanzaron una operación militar en Caracas, enmarcada en la lucha contra el narcoterrorismo, capturando a Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, y trasladándolos bajo custodia a Nueva York.
Tras la intervención estadounidense, se instauró un gobierno interino encabezado por Delcy Rodríguez, que ha mantenido inicialmente la estructura de poder chavista. Estas autoridades interinas, más allá de la retórica de sus discursos, están encargadas de administrar el país siguiendo las directrices emanadas desde Washington, para mantener la estabilidad y evitar el caos social, mientras dan pasos para recuperar la economía, en especial la producción petrolera, al tiempo que abren espacios para un proceso de reconciliación nacional y de transición democrática.
Paralelamente, la administración estadounidense ha anunciado medidas para cortar el flujo de petróleo venezolano hacia Cuba, un golpe devastador para la logística del régimen cubano. Venezuela no era solo un socio político clave, sino además el pulmón energético y financiero que permitía la supervivencia del castrismo.
Tras la retirada forzosa de los asesores militares y de inteligencia cubanos que sostenían el aparato represivo venezolano, la capacidad de La Habana para proyectar influencia regional se debilita, lo que la obliga a enfrentar un entorno más adverso, sin la red de apoyo que durante años le ha permitido evitar reformas estructurales.
MÉXICO: ¿NUEVO SALVAVIDAS?
Desde 2023, mucho antes de la captura de Maduro, producto de la propia crisis venezolana, Cuba se vio forzada a buscar alternativas que complementaran el cada vez más deficiente suministro petrolero proveniente de Caracas. México comenzó entonces a llenar el vacío, cada vez mayor, que iba dejando el gran aliado chavista, enviando petróleo y manteniendo contratos para médicos cubanos bajo una retórica de «humanismo soberano». La nación azteca se convertía así en el nuevo salvavidas de la dictadura cubana.
Ya durante 2025, bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum, México pasó a ser el principal proveedor de crudo a la Isla, desplazando a Venezuela con envíos que representaron hasta el 44% de las importaciones cubanas de petróleo, combinando donaciones y contratos comerciales, frente a un 34% proveniente de Caracas. Este suministro ha sido defendido por Sheinbaum como una “decisión soberana” y “apoyo histórico humanitario”.
Pero Trump ve estos convenios como financiamiento a un régimen hostil al que califica de “nación fallida” y lo usa como palanca. Con la relación bilateral entre México y Estados Unidos en tensión máxima por el tema de la migración ilegal y de los carteles de tráfico de drogas, y con la renegociación del Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) programada para este 2026, Washington ha advertido que oxigenar a la dictadura cubana tendrá consecuencias directas en los términos comerciales de la nación azteca. De manera que el gobierno mexicano enfrenta un dilema: priorizar solidaridad ideológica o pragmatismo económico. Por lo pronto, la propia presidente Claudia Sheinbaum ha confirmado la suspensión del suministro de petróleo a Cuba debido «a decisiones contractuales y soberanas» y ha manifestado que su reanudación dependerá del alcance de la orden ejecutiva de Trump.
ALIADOS EXTRAHEMISFÉRICOS: SÍ PERO NO
Mientras tanto, la capacidad de auxilio de los socios tradicionales de la dictadura cubana fuera del continente se encuentra en su nivel más bajo. Los sospechosos habituales, China, Rusia e Irán, están lidiando con sus propios desafíos internos y presiones externas, lo que les podría hacer menos propensos a involucrarse en Cuba con los recursos que quizás anteriormente pudieron ofrecer, priorizando cada uno sus propios intereses sobre un compromiso heroico con La Habana.
Rusia, el aliado más fiel en términos militares y energéticos, ha sido un pilar para Cuba desde la era soviética. Moscú ha enviado petróleo y equipo militar en los últimos años, desafiando sanciones occidentales. El régimen de Putin ha reiterado su solidaridad “inquebrantable” con la dictadura de Cuba y ha condenado las acciones de Washington, acusándolas de coercitivas y contrarias al derecho internacional, defendiendo su soberanía y recordando una alianza «probada por el tiempo». Pero Rusia, empantanada en Ucrania y enfrentando sanciones propias, tiene poco margen para ayuda concreta más allá de la retórica. La presión estadounidense podría disuadir envíos de petróleo o armas. Su apoyo al totalitarismo cubano se expresa en gestos simbólicos, como visitas diplomáticas o acuerdos políticos en foros internacionales, antes que un rescate económico masivo que exponga su vulnerabilidad, pero difícilmente podrá convertirse en un pilar económico o en apoyo militar.
China se ha convertido en el principal socio comercial de Cuba en bienes y tecnología, donando generadores, invirtiendo en infraestructuras y otorgando créditos. El gigante asiático ha rechazado públicamente los aranceles de Trump y reafirmado su apoyo a La Habana, denunciando la medida como “inhumana” y contraria al derecho de desarrollo cubano. No obstante, Pekín mantiene con Cuba una relación pragmática más que ideológica. Su ayuda no es gratuita ni incondicional. Su enfoque es el beneficio mutuo, no la caridad, y actúa bajo una lógica de mercado y control estratégico. Pero Trump busca limitar la influencia china en el hemisferio, y tras la captura de Maduro en Venezuela, Pekín es cauto, mide el costo de desafiar abiertamente una estrategia estadounidense que ha declarado al hemisferio prioridad de seguridad nacional y evitará una confrontación directa con EEUU, su principal mercado. China, que enfrenta su propia desaceleración económica y desafíos globales, dice que apoyará al régimen cubano –préstamos o intercambios comerciales– pero «dentro de nuestras capacidades». Un apoyo político y diplomático firme y simbólico, como declaraciones en la ONU contra el «bloqueo», es más factible que envíos de petróleo que provoquen retaliaciones.
Irán ha reforzado sus lazos antiestadounidenses con Cuba y Venezuela, basando su relación en una solidaridad ideológica antimperialista más que en intereses económicos de envergadura. No obstante, ha colaborado con el régimen cubano en áreas como biotecnología y energía. Teherán ha traficado petróleo con Caracas en el pasado, desafiando sanciones, y podría intentar rutas similares hacia La Habana. No obstante, con su propia economía bajo presión por su crisis interna, conflictos en Oriente Medio, sanciones internacionales y la amenaza de un enfrentamiento militar con EEUU, intentarlo ahora significaría el riesgo de nuevas sanciones aún más severas por parte de Washington e incluso de la Unión Europea. Su apoyo es más retórico que material, sirviendo para propaganda interna.
Finalmente, la Unión Europea –que a menudo no es vista como aliada de la dictadura cubana debido a sus ocasionales y tímidas declaraciones públicas de condena a La Habana por sus continuas violaciones de derechos humanos, pero que mantiene una postura dual e hipócrita, con una cooperación económica y financiera activa, incluyendo acuerdos multilaterales y bilaterales, entre ellos la venta de equipos y material represivo, lo que evidencia la distancia entre el discurso oficial y la práctica comercial– dista mucho de ser un salvavidas para el totalitarismo castrista. Con la crisis energética europea tras la guerra entre Ucrania y Rusia, y la dependencia del apoyo de EEUU en la OTAN, Bruselas podría abogar por ayuda humanitaria en foros internacionales —como ha hecho en la ONU advirtiendo de un «colapso humanitario» en Cuba—, pero no desafiará abiertamente a Trump con envíos de petróleo, priorizando su propia estabilidad, relaciones transatlánticas y seguridad hemisférica.
¿EL PRINCIPIO DEL FIN?
Al final, la crisis energética y política que enfrenta Cuba no solo es un desafío externo, sino también un síntoma de su dependencia estructural del apoyo extranjero. En este sentido, la política de presión máxima de Trump, potenciada por la ola de gobiernos conservadores aliados en el hemisferio y el control sobre Venezuela, está desmantelando las redes de supervivencia de la dictadura cubana, incluyendo México, su nuevo salvavidas. Los aliados extrarregionales del totalitarismo castrista pueden pronunciar lealtades, pero difícilmente cambiarán el curso de los hechos si Estados Unidos persiste en su estrategia. Sin estos soportes externos, Cuba podría enfrentar larguísimos apagones, parálisis económica e institucional, protestas populares y éxodo masivo, lo que podría desembocar en el colapso del régimen comunista. Ya el debate fundamental no es «si» terminará la dictadura totalitaria, sino «cuándo» y sobre todo, «cómo».
Minervo L Chil Siret.
Miembro de Secretariado Ejecutivo MCL.















