Cuartelazo del 10 de marzo de 1952 en Cuba

Por Zoé Valdés.

No, hoy NO «se cumplen 70 años de golpismo» en Cuba como he leído por ahí escrito tan a la ligera. El Cuartelazo del 10 de marzo de 1952, iniciado por militares del entorno del presidente Fulgencio Batista y Zaldívar tuvo su devenir histórico -importante señalarlo- que algunos todavía se empeñan en ignorar: en 1953 y en 1958 hubo elecciones libres en la isla. Batista devolvió el derecho constitucional mediante esas elecciones, pero quienes no quisieron reconocerlo y lo negaron siempre fueron Fidel Castro y sus adláteres. Adláteres que todavía tiene, inclusive empotrado como está en su sombría posteridad. Hacer la amalgama entre los dos regímenes políticos sólo beneficia a la tiranía que mantiene el férreo y opresivo poder desde 1959 y a los responsables en haberla puesto al mando. En enero de 1959 ya se iba Batista, pues el 3 de noviembre de 1958 ganó las elecciones el candidato de su partido Andrés Rivero Agüero bajo la Constitución de 1940, que todavía está en vigor.

El Cuartelazo del 10 de marzo fue inclusive anhelado por el pueblo cubano, y hasta el corresponsal allí presente de la televisión francesa así lo vio, in situ.

Traduzco sus palabras, y vean las imágenes a continuación tomadas de los Archivos de la INA en Francia:

Palabras del locutor de La Semaine, sobre las imágenes de la época del noticiero francés, aunque lo llama «golpe» fue un cuartelazo:

«En La Habanacapital de Cuba, el General Batista, apoyado por la Armada, acaba de tomar el poder con un golpe militar relámpago. En menos de una hora, y sin derramar una gota de sangre, tuvo en efecto en sus manos los principales comandos del gobierno, mientras que el presidente Prío se refugiaba en la Embajada de México. Ya, líder del país, desde 1933 hasta 1944, el General Batista motiva su revolución con la necesidad de poner punto final al gangsterismo político y de hacer reinar el orden en la isla».

Lean también el libro de Rafael Díaz-Balart, que tuve el honor de presentar en Miami: ‘Intrahistoria. Una lucha sin tregua‘. Para que conozcan la anécdota de primera mano de cuando Fidel Castro le pidió a Rafael Díaz-Balart que lo llevara a conocer a Batista a la Finca Kuquine, y cómo se interesó en conocer si Batista daría un golpe de estado, a lo que el presidente respondió que de ninguna manera; al salir de allí Fidel Castro le comentó a Rafael Díaz-Balart, ministro entonces de Batista y cuñado de Castro, que ese hombre no le sería útil porque «no está dispuesto a dar el golpe de estado» que él necesitaba.

José Díaz-Balart, Lincoln Díaz-Balart, Armando Pérez-Roura, Orlando Fondevila, Zoé Valdés, Rafael Díaz-Balart (hijo), Mario Díaz-Balart. Miami, 2006

PALABRAS DE PRESENTACIÓN DEL LIBRO CUBA: INTRAHISTORIA. UNA LUCHA SIN TREGUA, DEL DOCTOR RAFAEL DÍAZ-BALART.

Zoé Valdés.

Buenas tardes. Agradezco al señor Orlando Fondevila que me haya enviado el manuscrito de este libro y que haya servido de amistoso puente entre el señor Lincoln Díaz-Balart y yo. Agradezco que, además, me regale un poco de su tiempo, porque, con perdón, no seré breve. Agradezco también la presencia de todos ustedes.
Debo confesar que en cuanto el manuscrito cayó en mis manos lo leí de un tirón, no lo leí, lo devoré. Porque, queridos amigos, estamos ante un libro que constituye las memorias de un hombre culto, pero sin trasfondos herméticos gratuitos. Rafael Díaz-Balart, todos los que lo conocieron coinciden en ello –desdichadamente yo no tuve esa suerte- fue un hombre claro, transparente como el misterio cursivo del agua, un hombre sabio y tierno. Un hombre que vivió de darse, y escribió José Martí, “el hombre vive de darse”.
Rafael Díaz-Balart puso –pocos son los que lo logran- su talento en las manos de la humildad. En las suaves manos de la humildad que auxilia y sostiene, y sobre todo puso sus esperanzas en la sencillez que promete el futuro sin demagogias, y que no se anda por los recovecos con lamentos rinconeros. Este es el libro de recuerdos vívidos con fuerza, nítidos, de un hombre de palabras como árboles, de ideas maduras como frutas jugosas. Estas son las memorias de un país, porque Rafael Díaz-Balart fue uno de sus intensos protagonistas.
Estas son las palabras de un hombre generoso y visionario, y permítanme que evoque la célebre carta de un día de mayo de 1955, ante la Cámara de representantes. Otro documento escamoteado por la dictadura, desconocido por generaciones de cubanos:

La Amnistía (1955).

Señor Presidente y Señores Representantes:

He pedido la palabra para explicar mi voto, porque deseo hacer constar ante mis compañeros legisladores, ante el pueblo de Cuba y ante la historia, mi opinión y mi actitud en relación con la amnistía que esta Cámara acaba de aprobar y contra la cual me he manifestado tan reiterada y enérgicamente.

No me han convencido en lo más mínimo los argumentos de la casi totalidad de esta Cámara a favor de esa amnistía.

Que quede bien claro que soy partidario decidido de toda medida a favor de la paz y la fraternidad entre todos los cubanos, de cualquier partido político o de ningún partido, partidarios o adversarios del gobierno. Y en ese espíritu sería igualmente partidario de esta amnistía o de cualquier otra amnistía. Pero una amnistía debe ser un instrumento de pacificación y de fraternidad, debe formar parte de un proceso de desarme moral de las pasiones y de los odios, debe ser una pieza en el engranaje de unas reglas de juego bien definidas, aceptadas directa o indirectamente por los distintos protagonistas del proceso que se esté viviendo en una nación.

Y esta amnistía que acabamos de votar desgraciadamente es todo lo contrario. Fidel Castro y su grupo han declarado reiterada y airadamente, desde la cómoda cárcel en que se encuentran, que solamente saldrán de esa cárcel para continuar preparando nuevos hechos violentos, para continuar utilizando todos los medios en la búsqueda del poder total a que aspiran. Se han negado a participar en todo proceso de pacificación y amenazan por igual a los miembros del gobierno que a los de oposición que deseen caminos de paz, que trabajen a favor de soluciones electorales y democráticas, que pongan en manos del pueblo cubano la solución del actual drama que vive nuestra patria.

Ellos no quieren paz. No quieren solución nacional de tipo alguno, no quieren democracia ni elecciones ni confraternidad. Fidel Castro y su grupo solamente quieren una cosa: el poder, pero el poder total, que les permita destruir definitivamente todo vestigio de Constitución y de ley en Cuba, para instaurar la más cruel, la más bárbara tiranía, una tiranía que enseñaría al pueblo el verdadero significado de lo que es tiranía, un régimen totalitario, inescrupuloso, ladrón y asesino que sería muy difícil de derrocar por lo menos en veinte años. Porque Fidel Castro no es más que un psicópata fascista, que solamente podría pactar desde el poder con las fuerzas del Comunismo Internacional, porque ya el fascismo fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial, y solamente el comunismo le daría a Fidel el ropaje pseudo-ideológico para asesinar, robar, violar impunemente todos los derechos y para destruir en forma definitiva todo el acervo espiritual, histórico, moral y jurídico de nuestra República.

Desgraciadamente hay quienes, desde nuestro propio gobierno tampoco desean soluciones democráticas y electorales, porque saben que no pueden ser electos ni concejales en el más pequeño de nuestros municipios.

Pero no quiero cansar más a mis compañeros representantes. La opinión pública del país ha sido movilizada a favor de esta amnistía. Y los principales jerarcas de nuestro gobierno no han tenido la claridad y la firmeza necesarias para ver y decidir lo más conveniente al Presidente, al Gobierno y, sobre todo, a Cuba. Creo que están haciéndole un flaco servicio al Presidente Batista, sus Ministros y consejeros que no han sabido mantenerse firmes frente a las presiones de la prensa, la radio y la televisión.

Creo que esta amnistía tan imprudentemente aprobada, traerá días, muchos días de luto, de dolor, de sangre y de miseria al pueblo cubano, aunque ese propio pueblo no lo vea así en estos momentos.

Pido a Dios que la mayoría de ese pueblo y la mayoría de mis compañeros Representantes aquí presentes, sean los que tengan la razón.

Pido a Dios que sea yo el que esté equivocado.

Por Cuba. (página 63 del libro)

El maestro Díaz-Balart, en el sentido de magister, reunión en la más honda tradición de Félix Varela, de Carlos Manuel de Céspedes, de José Martí, con la estirpe de mambí que bullía en su sangre, con la grandeza de los más encumbrados pensadores universales, sólo por el bien y la diversidad del pensamiento cubano y el amor a su tierra, reunió, dije, a varias generaciones de cubanos dentro y fuera de Cuba. Generaciones que hallarán en este libro lo que yo hallé: memoria histórica, memoria palpable.
Memoria que rechaza esquemas antepuestos, teques baratos; memoria cuyo análisis es el del político sincero, reflexión del intelectual valiente. Del político que se abre al intelectual, y del intelectual que actúa con ideas y con hechos, con una política poética, a la manera de la antigua polis.
Memorias éstas son del hombre sencillo, inmerso en los dramas de la nación cubana, los menos atendidos de nuestra historia, el de la complejidad del individuo en la vida cotidiana, sus razones de amor, su alegría, la familia, el trabajo, la muerte, y la heroicidad; y la sencillez de su visión real de ambos dramas en la historia que comparte, protagoniza, y en la que debe decidir.
Confieso que me hallaba en un momento pesimista en relación a Cuba, un poco cansada, pero con la lectura de las memorias de Rafael Díaz-Balart, poco a poco el pesimismo fue mutando, metamorfoseándose en deseos nuevos de volver a luchar sin tregua por la libertad de nuestro país.
Este libro, por encima de sus valores, que son numerosos, sobre todo enseña, y menos mal que lo hace con magisterio útil y no con aspaventoso y bambollero análisis marxista-leninista o machista-castrista que tan de moda se ha puesto en los salones europeos de la gauche caviar, de la izquierda divina, y también aquí en América, desde luego sólo cuando de Cuba se trata, o cuando viene escrito de la mano de uno de esos nuevos filósofos, estudiados y graduados en la antigua URSS, que ahora intentan patentar su exploración “científica”, con lupa marxchista-leninista, del candor y la bonhommie de las ausencias de las hilachas del guarapo, del marañón que aprieta la boca, o de la sedosidad del mamey, en el paladar castrocomunista. ¡Oh, gracias a Dios, este libro es sobre todo, nada de eso!
Me gustaría destacar antes de finalizar, aspectos que considero clave en los textos de Cuba: Intrahistoria. Una lucha sin tregua, para aquellos que deseen participar activamente en la política y en la vida de una Cuba futura. Primero, la valoración que hizo Díaz-Balart, justa, sincera, de una parte de la historia de Cuba que todavía hoy algunos consideran funesta: La época de Fulgencio Batista. Llevo cinco años y medio estudiándola, y las palabras del autor de Intrahistoria, son más que reconfortantes, por lo que iluminan ese pozo, que yo no considero ya para nada sombrío. No olvidemos que mientras Europa vivía una de las peores contiendas mundiales, la guerra contra el fascismo, y millones de personas morían en campos de exterminio, Cuba, en comparación con el resto del mundo –podemos afirmar que gozaba de una época de esplendor, me refiero a los años del 40 al 44, la época dorada del presidente Fulgencio Batista.
Por otra parte, Rafael Díaz-Balart hace un análisis profundo, implacable, como ya era hora que se hiciera, de la personalidad real de Fidel Castro. Es, aún así, una mirada humana sobre la inhumanidad de aquel joven vil, egoísta, astuto, cruel, y oportunista. Encontrarán en este libro secretos, sucesos verdaderamente sarcásticos, como el de aquella primera visita de Castro a Batista en la finca Kuquine, y el comentario posterior que le hace el monstruo de Birán a Rafael Díaz-Balart: ese hombre no le interesaba en lo más mínimo, porque según él, jamás sería capaz de dar un golpe de estado, que era lo que Castro necesitaba.
O aquella otra similitud –que hago yo- entre dos niños en la vida de Castro, su hijo Fidel, y el niño Elián, que no son más que un tercer niño, Fidel Castro en su infancia, alejado del hogar por el deseo de sus propios padres. Y todo el rencor y la venganza que fue alimentando, y que derivó en lo que fueron aquellos secuestros perpetrados por él, a su hijo, a Elián.
No puedo cerrar sin hacer alusión al proyecto de toda una vida que es el corazón de este libro: El sueño o ideal humanista, político, social, económico, que es La Rosa Blanca, y que como ningún otro proyecto nos enfrenta en el espejo y nos invita a mirarnos en la Cuba del mañana, con dignidad, sin complejos de culpa, ni de superioridad. Porque como dijo René Ariza en Conducta impropia, el documental de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, debemos cuidarnos “de ese Fidelito Castro que todos llevamos dentro”.
A eso también apunta, en palabras políticas, el texto de La Rosa Blanca, a una claridad crítica, dentro de espacios diferentes, pero comunes de libertad. ¿Quién puede argumentar que los cubanos no contamos con un proyecto político para después que Castro se haya ido? Lo tenemos en La Rosa Blanca, antecedente de La Patria es de Todos, un documento de principios, redactado por el grupo de Trabajo de la Disidencia interna, Marta Beatriz Roque, Vladimiro Roca, René Gómez Manzano y Félix Bonne Carcassés, que considero valiosísimo.
Finalmente, si El laberinto de la soledad de Octavio Paz, editado en 1951 por primera vez (qué raro que a nadie le haya extrañado hasta ahora la coincidencia de este título con otro, Cien años de soledad, por cierto publicado mucho más tarde, en 1967, después de que Reinaldo Arenas ganara un segundo premio en la UNEAC con Celestino antes del alba, la que yo considero la primera novela del realismo mágico), perdonen la digresión, si El laberinto de la soledad, decía, constituye una investigación ensayística acerca de la búsqueda de la identidad mexicana, Cuba: Intrahistoria. Una lucha sin tregua, de Rafael Díaz-Balart, representa la reconquista de nuestra dignidad, depositándola cuidadosamente, con cariño, en el pedestal que le corresponde, el de la cubanidad universal, junto a Quintín Banderas en el parque Trillo, pero también en el Olimpo de los próceres de América y del mundo. Es lo que deseo para la memoria de Rafael Díaz-Balart, para nuestra historia. Gracias a sus hijos, y a ustedes por su paciencia.
Miami, 20 de mayo del 2006.

No permitan que les engañen más y sobre todo: dejen de engañarse a sí mismos.

Zoé Valdés es escritora y artista. Autora entre otras novelas de ‘Pájaro lindo de la madrugá’, que fue como el pueblo llamó a Batista por el Cuartelazo del 52 que se dio de madrugada, la canción de José Curbelo se había hecho popular el mismo de año con ese título.

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2 Comments

  1. Félix Antonio Rojas G

    Por suerte nos quedan cubanas dignas y talentosas como Zoé Valdés que luchan a diario con la Verdadera historia de Cuba…
    General Fulgencio Batista los frikis lo extrañamos
    🤘🇨🇺🤘
    ✝️

  2. Alejandro González Acosta

    Necesarias y muy esclarecedoras precisiones. En efecto, Batista no dio un «golpe de Estado»: fue un cuartelazo, una insurrección militar incruenta con amplia participación de sectores civiles. «Golpe de Estado» sólo ocurre cuando unos de los tres poderes del Estado conspira contra los otros (según Norberto Bobbio) y en ese momento Batista sólo era un civil. Los que siguen repitiendo aquello de que el 10 de Marzo fue «el huevo de la serpiente», olvidan (o quieren ocultar, ingenua o interesadamente) el estado de caos y anarquía previo, y además buscan achacar toda la responsabilidad del castrismo a ese suceso y de paso exculparse a sí mismos. Mejor que se informen y lean de César Reynel Aguilera El Sóviet caribeño, para que dejen de repetir sandeces. El «huevo de la serpiente» venía desde mucho antes…

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