Política

Cuando la libertad echa raíces. Los indicadores ocultos de la transición en la vida cotidiana

Por Minervo L. Chil Siret.

Este artículo forma parte de una serie de reflexiones sobre la transición cubana. En la entrega anterior preguntábamos cómo prepararnos para el cambio y cómo evitar que una transición termine reducida a una democracia meramente electoral. Aquí damos un paso más: ¿cómo sabremos si la libertad realmente echó raíces? La respuesta quizá esté también en señales menos visibles —la manera de discrepar, la relación con el funcionario, el deseo de quedarse, la posibilidad de emprender y construir futuro— que revelan cuándo la libertad deja de ser solo una nueva arquitectura institucional y empieza a convertirse en una forma de vida.
La pregunta que quedó sin responder
Al terminar el artículo anterior dejé abierta una pregunta que no quise responder de prisa. Dije que algún día podríamos comprobar si habíamos construido «solamente una democracia electoral o algo más resistente». Era una frase cómoda: anunciaba una verificación sin explicar cómo hacerla.
Ha llegado el momento de intentarlo.
Porque si una transición democrática debe juzgarse también por lo que consigue arraigar, conviene preguntarnos desde ahora qué deberíamos mirar.
No solamente quién gobierna.
No solamente qué leyes se aprueban.
No solamente si se celebran elecciones libres.
También qué empieza a cambiar en la vida de las personas cuando la libertad deja de ser una promesa y empieza a convertirse en experiencia.
Lo que sabemos medir
La ciencia política lleva décadas intentando medir la democracia. Robert Dahl mostró que la democratización no era una sola cosa y distinguió dos dimensiones centrales: la posibilidad real de contestar públicamente al poder y la amplitud de la participación. Guillermo O’Donnell llamó después la atención sobre democracias en las que existen elecciones, pero los controles sobre quienes gobiernan siguen siendo débiles: elegir un gobernante no significa entregarle un poder sin límites.
Hoy existen instrumentos mucho más sofisticados. V-Dem examina aspectos de la democracia que no siempre son observables a simple vista. Freedom House estudia no solo procesos electorales, sino también pluralismo, funcionamiento del gobierno, libertad de expresión y asociación, Estado de derecho y autonomía personal.
Todo eso importa. No se trata de sustituir esas mediciones ni de desconfiar de ellas.
Pero hay transformaciones que las estadísticas solo pueden captar de manera indirecta, incompleta o tardía. Porque una transición puede empezar a cambiar las instituciones, los despachos y los textos legales antes de haber cambiado suficientemente la manera en que las personas viven su relación con el poder, con los demás y con su propio futuro.
Y es ahí donde aparecen otros indicios.
Lo que ocurre cuando nadie está midiendo
Hay una pregunta que ningún índice puede responder por sí mismo: ¿cómo está aprendiendo a vivir el ciudadano?
No porque sea imposible aproximarse a esa respuesta mediante encuestas, estudios o investigación social, sino porque algunas de sus señales más profundas aparecen primero en lugares mucho más pequeños.
En una conversación.
En una decisión familiar.
En una ventanilla pública.
En el lugar de trabajo.
En algo que alguien se atreve a decir.
O en algo que, por primera vez, deja de sentir la necesidad de callar por temor.
Son indicios. No constituyen una escala científica ni pretenden sustituirla. Pero pueden ayudarnos a reconocer cuándo la libertad empieza a echar raíces.
La pregunta de la mañana
Bajo regímenes totalitarios prolongados la persona puede acostumbrarse a afrontar cualquier decisión con una cautela instintiva, preguntándose: ¿esto me lo permiten?
Existe otra manera de situarse frente al poder: ¿esto me corresponde como derecho?
El paso de una pregunta a la otra puede parecer pequeño. No lo es.
Un país puede tener nuevas leyes e instituciones y conservar todavía ciudadanos acostumbrados a pensar su libertad como una concesión del Estado. La transición empieza a hacerse más profunda cuando la persona deja de verse como alguien a quien el poder autoriza y empieza a reconocerse como alguien cuyos derechos también ponen límites al poder.
El regreso del futuro
En el artículo anterior hablábamos del padre que deja de reparar la casa porque piensa que ya no vale la pena y de la madre que evita hablar con sus hijos del futuro porque ha dejado de creer que exista uno posible allí.
La desesperanza tampoco aparece fácilmente en un organigrama. Pero su desaparición deja rastros.
Una familia vuelve a reparar la casa y a cuidar su patrimonio porque piensa seguir habitándola y sabe que seguirá perteneciendo a los suyos.
Alguien empieza a hacer planes a varios años.
Un joven contempla la posibilidad de construir su vida en su propio país sin que la primera alternativa imaginable sea la balsa o el avión.
Una pareja puede pensar en tener un hijo sin sentir que para ofrecerle un futuro tendrá que enviarlo algún día fuera.
Nada de eso significa que todos deban quedarse ni que emigrar deje de ser una decisión legítima. Significa algo mucho más sencillo: que quedarse vuelve a ser también un proyecto de vida viable.
El motivo de la partida
Las estadísticas pueden contar cuántos se fueron. Mucho más difícil es saber qué ocurrió dentro de cada persona antes de tomar esa decisión.
Alguien puede marcharse porque las condiciones materiales hicieron imposible sostener su vida. Otro porque dejó de creer que su país pudiera ofrecerle un futuro. Otro porque la represión o el hostigamiento hicieron imposible permanecer. Y esas razones pueden mezclarse en una misma persona.
Por eso el cambio no podrá medirse solamente por el número de quienes se van o regresan. Habrá que mirar también por qué pueden quedarse quienes deciden quedarse y por qué pueden volver quienes desean volver.
Aquí empieza a aparecer algo que tendremos que explorar con mayor profundidad: una transición no transforma solamente las instituciones. También tiene que devolver futuro.
El precio de discrepar
Otro indicio puede observarse en una pregunta muy sencilla: ¿qué le ocurre a quien dice públicamente algo que incomoda al poder o a la mayoría?
No importa solamente que existan periódicos, partidos o asociaciones. Importa si una persona puede discrepar sin perder el empleo, sin tener que dar explicaciones después, sin descubrir que alguna puerta dejó de abrirse y sin mirar alrededor antes de hablar.
Una democracia empieza a arraigar cuando disentir deja de sentirse como una conducta peligrosa y empieza a vivirse como un ejercicio normal de convivencia cívica.
A quién sirve el funcionario
También podemos mirar una ventanilla administrativa. Hay una diferencia enorme entre un ciudadano que llega cabizbajo a pedir un favor y uno que reclama un servicio que le corresponde. Y hay una diferencia igualmente grande entre el funcionario que siente que distribuye concesiones y el que entiende que ejerce una función pública.
Cada vez que una persona resuelve un trámite sin favores, sin sobornos y sin tener que agradecer lo que ya era su derecho, algo ha cambiado. No solamente en la administración. También en la relación entre persona y Estado.
La capacidad de perder
Hay indicadores que necesitan años para revelarse. Este puede revelarse a la mañana siguiente de una elección.
¿Qué ocurre con quien perdió? ¿Sigue teniendo la misma voz, los mismos derechos y la misma posibilidad de organizarse para intentar ganar la próxima vez?
¿Y qué ocurre con quien ganó? ¿Comprende que una mayoría le entregó el gobierno como mandato temporal de servicio o interpreta que le entregó el país como botín?
La madurez democrática se revela tanto en la dignidad con que se acepta una derrota como en la contención con que se administra una victoria.
El silencio que desaparece
En las sociedades sometidas al miedo coexisten dos conversaciones paralelas. La que ocurre públicamente, en la calle. Y la que se murmura en la cocina, después de comprobar quién puede estar escuchando.
Uno de los indicios más profundos de libertad llegará cuando esas dos conversaciones empiecen a parecerse.
Cuando hablar normalmente deje de exigir calcular consecuencias.
Cuando el ciudadano no tenga que editarse antes de pronunciarse.
La desaparición de ese silencio probablemente nunca podrá fecharse con exactitud. Pero quienes lo hayan vivido sabrán reconocerla.
Y entonces aparece otra pregunta
Hasta aquí podríamos pensar que todos estos indicios pertenecen solamente a la cultura política. Pero la pregunta empieza a ensancharse:
¿puede considerarse plenamente libre una persona cuya posibilidad material de construir su vida continúa dependiendo del permiso o de la proximidad al poder?
Volvamos entonces a algunas de las escenas anteriores. Una familia repara una vivienda. Alguien abre un negocio. Una persona hace planes a largo plazo. Un joven decide que quedarse en su país también puede ser una opción.
Todas esas decisiones expresan algo más que confianza política. También expresan confianza económica.
Para invertir tiempo, esfuerzo o dinero hace falta creer que aquello que construimos podrá seguir siendo nuestro.
Que las reglas no cambiarán arbitrariamente.
Que no será necesario un favor o un soborno para avanzar.
Que construir una vida propia no dependerá de mantenerse en buenos términos con quien manda.
Una economía puede abrirse sin que esa relación desaparezca.
Puede haber empresas privadas y seguir existiendo una economía de permisos.
Puede haber inversión y continuar siendo decisivas las conexiones.
Puede crecer la propiedad privada mientras sobreviven privilegios nacidos de la cercanía al poder.
Por eso tendremos que aprender a observar también otros indicios.
No solamente cuántos negocios existen, sino qué necesita una persona para abrir uno.
No solamente cuánto capital circula, sino si las oportunidades dependen de reglas o de conexiones.
No solamente cuántas propiedades pasan a manos privadas, sino si todos pueden competir bajo reglas comparables o algunos llegan al nuevo escenario con antiguos privilegios convertidos en ventajas permanentes.
Una transición económica no puede reducirse a que haya más mercado.
Y aparece entonces una señal especialmente reveladora:
La transición económica empieza a sentirse cuando prosperar ya no depende de obedecer.
Algo más que una transición institucional
Imaginemos algo mucho menos solemne que una sesión parlamentaria.
Un hombre conversa tranquilamente con su vecino sobre el gobierno y después entra en su pequeño negocio. Sabe que puede criticar a quien gobierna sin perderlo, que ningún funcionario puede cerrárselo porque piensa distinto y que, si mañana tiene un conflicto con la administración, podrá acudir a un tribunal que no necesita preguntar a qué partido pertenece.
Esa escena aparentemente ordinaria contiene mucho de lo que una transición debería conseguir. Hay libertad política. Hay seguridad jurídica. Hay autonomía económica. Y, sobre todo, hay una persona que ya no organiza su vida alrededor del miedo al poder.
La transición democrática necesita elecciones libres, pluralismo, jueces independientes, derechos protegidos y límites al poder. Pero esas instituciones abren un espacio. Después hay que mirar qué ocurre dentro de él.
¿La persona empieza a vivir como sujeto de derechos?
¿Aprende a convivir con el desacuerdo?
¿Recupera la confianza en otros ciudadanos?
¿Puede imaginar futuro?
¿Puede trabajar, crear, emprender y construir su vida sin quedar subordinada otra vez al poder?
Empiezan entonces a revelarse dos dimensiones distintas de una misma transformación. Una dimensión humana, que afecta la relación de la persona consigo misma, con los demás y con la libertad. Y una dimensión económica, que alcanza las condiciones materiales que le permiten construir su vida con autonomía.
Juan Linz y Alfred Stepan hablaron de consolidación democrática para describir el momento en que la democracia se convierte en “la única alternativa posible”: no solo porque existan instituciones democráticas, sino porque sus reglas han sido asumidas en la conducta, las actitudes y la vida constitucional de una sociedad.
Pero precisamente ahí empiezan nuestras próximas preguntas. ¿Qué ocurre dentro de la persona cuando la libertad deja de ser solamente una regla externa y empieza a convertirse en una forma de vivir? ¿Y qué condiciones materiales necesita para poder construir su vida sin depender otra vez del permiso, el privilegio o la proximidad al poder?
No necesitamos responderlas todavía. Pero sí reconocer que existen y dejar señalados sus cimientos. Esas dos dimensiones de la transición —la humana y la económica— merecen un examen propio más profundo.
Porque quizá uno de los errores más fáciles sería pensar que una transición se completa cuando cambia el sistema político y que después todo lo demás simplemente ocurre.
Nada de esto significa imaginar una sociedad sin conflictos, desigualdades, frustraciones o errores. La diferencia no estará en que desaparezcan los problemas, sino en que dejen de administrarse mediante el miedo, el privilegio o la dependencia.
El indicador que avisa cuando algo se rompe
Estos indicios no sirven solamente para observar avances. Pueden ayudarnos también a reconocer retrocesos.
Y existe una señal especialmente inquietante: el día en que el ciudadano vuelve a preguntarse qué le permiten después de haber aprendido a preguntarse qué le corresponde.
El deterioro democrático no siempre comienza con tanques en una plaza.
Puede comenzar cuando una persona vuelve a bajar la voz.
Cuando reaparece la autocensura.
Cuando disentir vuelve a tener consecuencias.
Cuando un derecho empieza otra vez a presentarse como concesión.
Cuando para conseguir algo vuelve a ser más importante conocer a alguien que cumplir las reglas.
Cuando prosperar empieza nuevamente a exigir cercanía al poder.
El retroceso puede empezar a sentirse antes de que aparezca plenamente reflejado en una estadística.
Una democracia resistente no es aquella en la que nunca aparecen amenazas. Es aquella cuyas instituciones y ciudadanos son capaces de reconocerlas, enfrentarlas mediante reglas democráticas y recuperarse de ellas.
Medir sin convertir la medición en tutela
Aquí debemos detenernos ante un peligro. Si empezamos a hablar de hábitos democráticos, confianza, miedo, responsabilidad o cultura cívica, alguien puede utilizar esas mismas ideas para afirmar: «La gente todavía no está preparada».
Y de ahí a concluir que debe esperar para ejercer plenamente sus derechos hay solamente un paso. Sería una contradicción enorme.
Los indicios de los que hablamos no pueden convertirse en un examen de admisión a la libertad. No sirven para decidir quién merece tener derechos. Sirven para observar cuánto han conseguido arraigar esos derechos en la vida de una sociedad.
Lo dijimos antes y conviene repetirlo: La falta de experiencia democrática justifica más preparación y mejores garantías; no menos derechos.
Y podemos añadir ahora: Los indicadores ocultos no sirven para decidir quién está preparado para la libertad. Sirven para comprender hasta dónde la libertad ha conseguido convertirse en experiencia cotidiana.
¿Cuándo sabremos que funcionó?
Al comenzar, debía una respuesta. Probablemente nunca habrá una estadística que permita declarar: la transición ha terminado. Tampoco bastará que se adopte una nueva constitución ni que lo proclame un gobierno, una institución o un dirigente desde un balcón. Pero podremos empezar a reconocer algunas señales.
El día en que un cubano despierte sin preguntarse qué le permiten y pueda preguntarse qué quiere construir.
El día en que una familia vuelva a hablar del futuro sin que marcharse sea la única respuesta imaginable.
El día en que discrepar no tenga un precio.
El día en que quien pierda una elección continúe siendo, a la mañana siguiente, un ciudadano con los mismos derechos.
El día en que un funcionario no haga favores, sino que cumpla deberes.
El día en que trabajar, emprender, poseer o prosperar no dependa de obedecer ni de tener padrinos.
Y llegará un momento en que nadie sienta que debe dar las gracias por aquello que le pertenece como derecho. Porque los derechos no se agradecen ni se mendigan. Se ejercen con serenidad y se defienden con firmeza.
Y quizá entonces comprendamos algo más. La transición no estará ocurriendo solamente en el Parlamento, los tribunales, las elecciones o las nuevas leyes. Estará ocurriendo también en la casa que alguien decide reparar, en la conversación en la que alguien deja de bajar la voz, en el ciudadano que reclama sin miedo, en el vecino que acepta que otro piense distinto y en la persona que vuelve a construir su futuro sin pedir permiso para hacerlo.
Tal vez esos sean precisamente los indicadores más difíciles de registrar. Pero también pueden ser algunos de los que mejor nos digan si la libertad dejó de ser solamente una nueva arquitectura institucional y empezó, finalmente, a convertirse en una forma de vida.
Minervo L Chil Siret.
Miembro de Secretariado Ejecutivo MCL.
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