Por Omar Sixto/Cuba Olvidada.
Con El tren de los egos no solo fui bendecido de contar con el proemio que me obsequió Zoé Valdés. He sido también afortunado de que Miguel Muñoz Rubio otorgara el prólogo a ese tan querido libro donde ahora vive mi milagro amado.
Se los comparto, es corto, pero preciso. Me gusta mucho.
El ferrocarril La Habana-Güines ocupa, no cabe duda, un lugar destacado en la historiografía ferroviaria iberoamericana por su condición de pionero. Sin embargo, las escasas monografías existentes al respecto, a pesar de su acreditada calidad, han tratado el tema de manera en exceso genérica y, en algunos casos, con un acusado tono hagiográfico. No estaba dicho todo. Por tanto, queda más que justificada la edición de El tren de los egos de Omar Sixto, que tengo el honor de prologar con estas palabras, y, más aún, porque, entre otras virtudes, representa un notabilísimo avance cualitativo del conocimiento de su historia.
Un avance logrado, además, mediante un ejercicio paradigmático de lo que debe hacer un historiador porque, ciertamente, se sustenta en una interpretación efectuada con total libertad a partir de categorías analíticas coherentes y de una metodología clara que guarda, asimismo, un impecable respeto a la historiografía y a las fuentes documentales. Se podrá estar de acuerdo o no con lo que dice, pero nadie puede negarle que mantiene una tesis que, lejos del estéril eclecticismo académico, favorece la discusión sobre el asunto abordado, así como imprime a su narrativa un dinamismo sugerente. Huelga decir que está muy bien escrito.
El lector se encontrará con una historia cuyo origen se sitúa en la culminación de un largo proceso que, iniciado durante el último tercio del siglo XVIII, transformó el modelo colonial tradicional de la producción azucarera cubana en uno capitalista para convertirse en el principal oferente, lo cual conllevó, lógicamente, un reajuste de su tradicional organización social. La viabilidad de estos cambios dependía, empero, de que se resolviese sustantivamente el obstáculo estructural que significaba el ineficiente sistema de transporte interior existente. No era una cuestión nueva. Desde hacía décadas, no sólo venía siendo advertido por los propietarios de las plantaciones y por los emergentes y codiciosos comerciantes, sino que las propias instituciones coloniales lo tenían apuntado en sus agendas como una cuestión prioritaria. El escaso avance que se dio, hizo que la gravedad de esta carencia alcanzara tal calibre que las elites cubanas llegaron a barajar como solución la configuración de un inédito medio de transporte como era entonces el ferrocarril, el cual, a pesar del carácter que le otorgaban sus vehementes valedores, tenía todavía que demostrar su validez. Y contra la aparente «lógica histórica», habida cuenta de que sólo operaban seis en todo el mundo, se empecinaron en ello hasta poner en explotación el primer tramo de la futura red ferroviaria cubana, que era el séptimo del orbe y el primero de Iberoamérica y España…
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