Relato Político

CO. La malignidad del gen comunista

Por Omar Sixto/Cuba Olvidada.

Hay personas en la vida que son admirables, dignas, merecedoras de respeto, excelentes en lo suyo, incluso patriotas. Para mí, un patriota, en el tema de la libertad de Cuba, es mi hermano o mi hermana de lucha.

Eso cree uno: que por la Cuba libre se es un libro abierto, que incluso te doblegas por respeto a la edad y a la trayectoria. Nunca he sido un héroe y no lo pienso ser. Nada más lejos de mi esencia. Yo trabajo bajo la sombra de los flamboyanes que extraño.

Pero, coño, ya llevo casi seis décadas en esta dimensión. Nací en un tablero de ajedrez en el que Frank Domínguez —cubano sin igual— me dijo que somos caballos sin tablero en que saltar. Y ese tablero, a Frank (cubano como nadie) y a mí, nos lo metieron con tan pocos cuadros que no pudimos jugar bajo esas reglas: las reglas de una dictadura que nos impusieron.

Yo nací en 1969, bajo el cepo totalitario de un Orador Orate que me hizo creer —encantador de serpientes— que yo y mis amigos éramos unos niños privilegiados de un magnífico proyecto. Éramos los elegidos frente a tanto sufrimiento de los niños —como nosotros— de lo que llamaban Tercer Mundo.

Yo nací en un país esclavo que fue un país libre —en el que incluso los comunistas proscritos operaban como Blas por su casa— hasta que entregó su libertad a ese Orador Orate de la mano de esos comunistas que florecieron en una democracia permisiva.

Yo nací bajo una dictadura; me inocularon el germen de ese totalitarismo energúmeno. Inoculado, pero rechazado por mis genes libres. Dios me dotó de libertad desde niño. Me dotó también de bondad, de hombría, de decencia, de humanidad.

Le doy gracias; como le doy más a quien me lo regresó como avalancha consecuencia del mal: gracias a quien es mi vida, que me acercó de nuevo a Dios, a Martí, a la Cuba limpia, la soñada, por la que vivo y la que lograré sin dudas…

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