Casi millonario

Por Denis Fortun.

 

Daniel es un viejo robusto, de baja estatura, pichón de gallegos que llegó de Cuba cuando la primera gran oleada, la de Camarioca; un guajiro que de tanto bregar con la vida ha perdido hasta las huellas dactilares. Daniel, aún a sus 79 años, trabaja en el Aeropuerto Internacional de Miami cargando equipajes para ponerlos en las esteras que revisan con rayos X todo lo que trae quien pasa por esta ciudad chata, asegurándole a sus compañeros de faena que, “cualquier pasajero que tenga una maleta con más de cuarenta libras, se le debería procesar legalmente…; con la excepción de los cubanos, claro está”.

 

El domingo pasado Daniel se levantó temprano para comprar el Nuevo Herald. Cumpliendo con su vieja rutina, más que noticias, procuraba averiguar si su billetito de la lotto fue el ganador, y por esas cosas de la vida -o de la vista a su edad-, creyó descubrir que sí. Luego de tantos años jugando los mismos números, por fin se llevaba el premio gordo, y su primera reacción, aseguran, fue de sospecha. La buena estrella nunca le brilló así de hermosa, al menos no todo lo impúdica y desfachatada que él hubiese querido. Sin embargo, Daniel regresó a su casa sin articular palabra, nervioso, además, y allí confrontó por segunda vez su billete contra lo que publicaba el periódico, y no tuvo dudas. Daniel ya se imaginaba yendo a Tallahassee para cobrar los tres millones que anunciaban, sin sospechar que estaba subordinado a una suerte de entelequia, un espejismo cruel si se quiere, sin percatarse en su delirio y dislexia que de los seis numeritos a adivinar únicamente cinco eran los buenos.

 

Daniel comenzó a gritar y corrió a abrazar a su mujer, quien no entendía nada. Súbitamente se separó de ella, buscó su celular para llamar a su jefe, y cuando este respondió le dijo con sobrado cinismo, muy flemático, al amparo de la más sabrosa satisfacción que nos ofrece el acto de sabernos independientes:

 

– Hijo de la gran puta, me acabo de enterar que anoche me gané la lotería. No voy a cargarte una maleta más.  Te vas a meter el aeropuerto por el culo y a besarme los cojones cuando me vaya a la Riviera francesa.

 

Daniel cortó la comunicación agitado, pero orgulloso. Por un instante se sintió realmente libre, tal vez esa la libertad que representa una jugosa cuenta bancaria, pensando que ya no habría de soportar más aquel sujeto que durante mucho le hizo la vida casi imposible y que, por disciplina, por las cuentas a pagar, hubo veces se quedó mudo y no le cantó aquello que realmente se merecía; o le metió una trompada entre ceja y ceja.

 

Daniel después de cerrar su teléfono apretó a su esposa contra su pecho, lo hizo fuerte, y comenzó a llorar, inmediatamente a reírse, incluso a dar uno que otro salto, no sin cierta dificultad, y otra vez abrió la tapa de su celular, pretendía compartir con sus hijos el recién estrenado estatus social del que iría complacerse de manera obscena, hasta su perentoria partida. Ya a punto de comunicarse, su mujer le quitó el teléfono:

 

-Viejo, no hables con más nadie –y agregó mostrándole el periódico-. Te falta un numerito. Que no pellizcaste los benditos millones por uno. Mira, lee bien…

 

Daniel, confuso, observaba su ticket y al periódico que ella sujetaba con pena. Por varios segundos mi viejo amigo de faena quedose como congelado, con sus ojos encima de los guarismos que le negaban la dicha apetecida, necesaria para una vejez sin sobresaltos. Finalmente, Daniel miró al celular, recordó a su jefe, y por tercera vez abrió la tapa de su celular:

 

-Compadre, me vas a disculpar… Mira tú, que por un puto número no eres nada de eso que te acabo de decir. Si, sólo me gané unos cuantos quilos para resolver una que otra cosita, y si me das vacaciones tal vez pueda pasarme una semana en Punta Cana. Por supuesto, el lunes voy a trabajar. Dispénsame por insultarte. Que en el fondo eres un buen tipo y yo estoy medio loco creo. Sin rencor, viejo. Claro, te llevo una botellita de whisky y conversamos. ¿Johnny Walker? ¡¿Etiqueta azul?! ¡Coño! No, está bien. OK…

 

Denis Fortun es escritor.

3 Comments

  1. Ulises Fidalgo

    Jajaja. Pobre gallego.

  2. Me encanto, pobre hombre y asi les pasa a muchos

  3. Me he read un montón, excelente.

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