Ani Kinor

La violinista. Ramón Unzueta. Cortesía Enaida Unzueta

Por Ulises Fidalgo.

 

En el abrevadero que se ha convertido ZoePost, acabo de leer la historia “La Lira de David” de la autora Gloria Chávez Vázquez. La imagen del conquistador amorreo David apaciguando con una lira a la hitita Betsabé, recrea el mito de Orfeo y Eurídice. O tal vez es al revés. Quizás todos nuestros rituales actuales, esos que ahora llamamos de modo aséptico Filosofía, Matemáticas, o Ciencia, no sean más que degradaciones de los mitos órficos. Orfeo nos espera al final de cada dimensión. Fue tan lírica la conquista de Jerusalén como el incendio de Roma. Alguna vez vi tocar a una joven el arpa desde muy lejos. Parecía que ella acariciaba al aire, y que el aire entonces suspiraba música.

 

Tengo algunos amigos escritores, si es que a los escritores se les dio esa virtud de tener amigos. Alguna vez escuché de uno de ellos que su oficio es la manipulación, pero a la misma vez ese mismo escritor suele contarme que en los días previos a que alguna historia le cuaje, siente como todo lo que pasa a su alrededor puja por aparecer en el texto. Le asiste una extraña distancia que le hace preguntarse por lo que guarda esa joven que baila inocentemente a su alrededor, por las mezquindades ocultas en aquella tranquila familia de niños rubios, que parecen que nunca han sufrido el ataque de algún carterista. Los desnuda a todos en silencio y a la vez. Así es el oficio de escritor. Se siente un mero cincel sacando la escultura que siempre estuvo en la piedra.

 

En uno de mis veranos pegajosos en el norte de Mississippi (Oxford, MS), vino a visitarme un amigo escritor.  Abandonaba una ciudad del este, e iba a hacer suya otra del oeste. Tenía que pasar por Mississippi. Es más, tendría que atravesar el Mississippi. En la tarde del 4th of July fuimos a ver una orquesta que venía de Clarkdales. Clarkdale es una ciudad musical del Delta. Tiene que serlo. Allí se encuentran las highways 6 y 61. Era un trío, se llamaba Blackwater. Dos guitarras y un violín. Claro, nos fijamos más en la joven violinista. Para hacerme el interesante (siempre me hago el interesante ante los escritores, soy de esos que puja por aparecer en los textos) le conté que hay una canción a Jerusalén en hebreo que su estribillo dice «para todas tus canciones yo seré tu violín». Mi amigo no contestó. Nada me contó de los recuerdos que les estaban trayendo aquella mujer. Sólo escuchaba. ¡Un escritor cubano escuchando! Sólo se explica por la música.

 

Ella bailaba descalza. El vestido y la sonrisa eran frescos. El pelo era rizado y los desplegaba con la alegría agridulce que el blues deja intuir. No me dijo nada, pero imagino que mi amigo ya se adelantaba al momento en que el concierto terminaría. Tendría que ser poco antes de oscurecer, para que no los interrumpieran los fuegos artificiales. Recogería los instrumentos en silencio. Evitarían hablar del éxito de aquella tarde. En la música americana siempre hay un tiempo para demostrar tu talento al margen del grupo, y eso ya es un enfrentamiento. Tomarían la highway 6, y en poco tiempo estarían atravesando los campos de algodón. Quizás escucharían su propia música mientras tanto, y verían la caída del Sol en aquel prolongado horizonte (prolongado hasta ser redondo, completo), y todo como si fuera un paisaje ordinario.

 

Tantas veces habrían visto el contraste de la tierra negra del Delta con los colores del ocaso. Como si la noche empezase por debajo en vez de caer. A mí amigo le resultaría extraño comprobar que la música rock, que tanto relacionaba con paisajes citadinos, con recuerdos de luces de carros y semáforos, gente caminado, adolescentes urdiendo slangs en las esquinas, era realmente una música que surge en el campo, y quiere reflejar la inmensidad de los surcos.

 

Mi amigo, había visitado la Alhambra después de haber leído a Washington Irving, y ahora estaba en el Sur después de otras tantas películas y lecturas. Los de Blackwater, ahora cantaban donde había pisado Faulkner y se dirigían hacía donde vivió Tennessee Williams. En el mundo moderno la leyenda lo inunda todo, y nada podemos pisar por primera vez porque todo nos fue antes legendario. Hay algo parecido en eso de entrar a Madrid desde Ciudad Real y viajar desde Oxford a Clarkdales. Una moto o un caballo en la amplitud. Al final del ocaso poco importa si la tierra es negra o blanca, si cultiva algodón o trigo.

 

Mi amigo sólo hizo un comentario:

 

– ¿Te has fijado que la chica está un poco cargada de espalda?

– Todas las violinistas se cargan de espalda.

– ¿Y eso? – Preguntó sorprendido de que supiera algo sobre violinistas.

– Cuando son niñas y van al conservatorio, tocan el piano. Es muy difícil que salga la primera nota de un violín. El violín al principio suena horrible. El piano evita que se desanimen.

 

Él me miró reticente. De dónde me había sacado yo esa información sobre aprender a tocar el violín. Tal vez me la había inventado sólo para aparecer en algún texto. Seguramente mi amigo pensará en mis comentarios mientras conduce atravesando el Estado de Louisiana. Algún día sabré cómo se llamará el personaje que esa violinista le sugerirá a mi amigo. Podría ser Luisa quizás. ¿Mi Iodea? Tal vez él nunca escriba sobre ella, pero será por pereza. Desde el regreso de Eurídice las almas ya no se desvanecen. Tampoco la música. Ya no hay olvidos.

 

Ulises Fidalgo es Profesor de Matemáticas de Case Western Reserve University.

La violinista. Obra de Ramón Unzueta. Cortesía Enaida Unzueta. Obra en venta, contacto: [email protected]

3 Comments

  1. Sólo escuchaba. ¡Un escritor cubano escuchando! Sólo se explica por la música.
    Que placer leer a Ulises Fidalgo.
    Gracias.

  2. Jago Molinete

    Excelente Maestro… Un gustazo leerle…

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