AMALFI Y POSITANO  -Dos perlas marinas-

Manuel C. Díaz con su esposa en Amalfi – Positano. Archivo del autor

Por Manuel C. Díaz.

 

En mi bucket list (lugares que uno quisiera conocer antes de morir) Amalfi y Positano siempre estuvieron -gracias a las películas Under the Tuscan Sun y Only You– entre los primeros puestos. Sin embargo, cada vez que mi esposa y yo estábamos a punto de poder visitarlos, por una razón u otra, teníamos que desistir de hacerlo. Con el tiempo nuestra lista fue disminuyendo, pero Amalfi y Positano seguían estando en ella. No fue hasta junio del año 2019 cuando al fin pudimos tacharlos. Y es que, planeando un viaje a Italia, descubrimos que desde Roma partían excursiones diarias hacia ambos lugares. Todo lo que teníamos que hacer era agregar un día más de estadía en la Ciudad Eterna. En lugar de dos, estaríamos tres. Y así fue. Al segundo día de estar en Roma partimos (habíamos hecho las reservaciones desde Miami) hacia la Costa Amalfi.

 

La «costiera amalfitana«, como se llama en italiano, está en la parte sur de la península de Sorrento y se extiende desde Positano, en el oeste, hasta Vietri sul Mare, en el este. Nuestra primera parada fue en Amalfi. Habíamos salido temprano en la mañana (nos recogieron en nuestro hotel) y en apenas dos horas, después de una breve parada para tomar un café, llegamos a Amalfi. Ya desde que iniciamos el ascenso del Monte Cerreto (sí, hay que subir primero y descender después), la geografía comenzó a cambiar. A medida que avanzábamos, la carretera se hacia más estrecha y sus curvas más peligrosas. En una de ellas, el chofer logró aparcar en un pequeño promontorio y desde allí pudimos ver, a lo lejos, en la boca de un profundo desfiladero, cómo las casas de Amalfi literalmente trepaban por las rocosas laderas de sus dramáticos acantilados.

Foto Manuel C. Díaz – Archivo del autor

En la bajada, antes de parar en otros dos miradores, el camino fue descendiendo en una sucesión de calas, playas y terrazas cultivadas de cítricos, vides y olivos. Ya cerca del centro del pueblo, las vistas eran todavía más hermosas. Entre la pétrea oquedad de sus riscos y el verde de su vegetación, el azul profundo de las aguas parecía competir con la limpidez de su cielo. En cada recodo surgían nuevos y luminosos escenarios que, por su belleza, semejaban postales turísticas.

 

Nuestro chofer-guía nos dejó en la Plaza de Flavio Gioia, frente a la calle que da acceso a la Catedral de San Andrés, el principal punto de interés de Amalfi. El Duomo, como también se le conoce, es una impresionante edificación (quizás demasiado grande para los apenas siete mil habitantes de Amalfi) construida en una mezcla de estilo árabe con influencias góticas. Su hermosa fachada, de estilo bizantino y que data del siglo XIX, está precedida de una amplia escalera donde los turistas acostumbran a retratarse. Su interior, con una nave grande y dos pasillos divididos por 20 columnas, está decorado al estilo barroco. Desde la nave izquierda se accede, bajando por una escalera, a la cripta donde se encuentran los restos -traídos en 1206 desde Constantinopla- del Apóstol San Andrés. Detrás de la Catedral está el Claustro del Paraíso, un espacio cuadrado rodeado de muros y repleto de flores y palmas, que fue construido en 1266 como cementerio de la nobleza de la ciudad.

 

Cuando salimos de la Catedral ya no disponíamos (como siempre ocurre en las excursiones) de mucho tiempo. Así que subimos por la Via Lorenzo, una calle repleta de pequeñas tiendas y restaurantes y llegamos hasta la Plaza del Espíritu Santo, desde donde retomamos el camino de regreso. Ya nuestro grupo se había reunido en el parqueo donde el guía esperaba por nosotros.

 

Archivo del autor

 

De Amalfi salimos hacia Positano, pero ahora viajábamos hacia el oeste. Las vistas seguían siendo igualmente hermosas, sobre todo cuando comenzamos a descender hacia el pueblo. Nuestro guía había hecho arreglos para que almorzáramos en un restaurante a orillas de la playa; pero como no podíamos llegar hasta allí en el ómnibus, tuvimos que caminar desde el parqueo. Fue lo mejor que pudo ocurrirnos porque nos permitió descubrir el encanto que se oculta en cada una de sus callejuelas. En realidad, más que de calles, el centro de Positano está compuesto de escaleras de piedras. No en balde John Steinbeck, que vivió allí en 1953, escribió: «En Positano uno no camina: trepa o resbala». Y es verdad. Si uno no anda con cuidado, puede resbalar en la Plaza del Mulini y terminar con una pierna fracturada en el empedrado descanso de cualquiera de las escaleras que conducen a la bahía.

 

En el siglo X, Positano formaba parte de la República Marítima de Amalfi, que ya desde esa fecha era tan importante como Venecia. Sin embargo, a mediados del siglo XIX Positano comenzó a decaer y muchos de sus casi ocho mil habitantes emigraron a América. No fue hasta principios del siguiente siglo que se convirtió en un importante destino turístico. Con el tiempo ha llegado a ser, no sólo el lugar preferido del jet set internacional, sino también de los turistas en general. Y aunque no hay lugares históricos que visitar -aquí no hay catedrales ni coliseos- los turistas llegan por miles de todas partes del mundo. Lo que sí hay en Positano son numerosas casas -algunas parecen pequeños palacios- con hermosos jardines que pueden ser vistos desde las verjas que los circundan. Una de ellas, la más grande de todas, conocida como el Palacio Murat, está a unos pocos pasos de la playa. Era aquí donde Joaquín Murat, nombrado Rey de Nápoles por Napoleón en 1810, solía descansar de sus monárquicos deberes. A pocos pasos de ella se encuentra la iglesia de Santa María Asunta, con un domo amarillo y verde que puede verse desde cualquier lugar. En su altar hay una pintura conocida como la Virgen Negra que cada 15 de agosto es llevada en procesión hasta la playa.

 

Después del almuerzo -lo hicimos en una de las terrazas del restaurante Buca di Bacco que daba a la orilla del mar- como todavía teníamos algún tiempo libre, nos dedicamos a recorrer sus alrededores. Ese es uno de los encantos de Positano: perderse en sus floridos laberintos. Y es que, en sus calles, las casas que no tienen un pequeño jardín tienen sus ventanas cubiertas de flores. Hasta las tiendas, tanto las de objetos de artesanía como las de joyería fina y arte contemporáneo, tienen macetas en sus puertas de entrada. Cuando ya se acercaba la hora de partir, retomamos el mismo camino por el que habíamos bajado a la playa y regresamos al parqueo donde nos esperaba nuestro guía. La excursión había llegado a su fin. Salimos por la misma carretera que habíamos llegado. En una de las curvas, antes de llegar a lo alto del cerro, pudimos ver Positano por última vez. El sol comenzaba a perderse en el horizonte y las casas que trepaban por sus laderas resplandecían en el dorado atardecer de la Costa Amalfi.

 

Manuel C. Díaz es escritor y crítico literario.

 

 

3 Comments

  1. Pingback: AMALFI Y POSITANO  -Dos perlas marinas- – Zoé Valdés

  2. Heidys Yepe

    Que dicha tener al Señor Manuel C. Diaz en ZoePost. Siempre disfruto mucho sus artículos. Este no fue la excepción. Gracias.

  3. Manuel C Diaz

    Muchas gracias

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