Adios al ‘enfant terrible’ de los ’80: Arturo Cuenca

Zoé Valdés, Arturo Cuenca y Enaida Unzueta. 6 de noviembre del 2008, Casa Bacardi, Miami

Por Zoé Valdés.

Duele despedir a un amigo lejano. Arturo Cuenca se ha ido para siempre, según leo en las redes sociales. Llevaba tiempo sin saber de él, porque él lo quiso así. Aparecía, desaparecía, esos golpes de varita mágica eran parte de su misterio, medio mago medio hada madrina. Nos conocimos a finales del año 1979, en la calle Tejadillo, yo vivía en Empedrado; allí tenía él a una musa o a una novia, modelo de Contex, era la época en la que Cuenca se autonegaba como pintor y quería ser diseñador de moda, y diseñaba y cosía atuendos como barcos. Era la época en que despuntaba un genio. Me atrajo todo a él como un imán, lo mismo le sucedió a él conmigo, según me confesó. De ahí aquel piropo que nos unió como amigos. Pero siempre como amigos. Sus novias ocultas eran mis amigas, sus ídolos también lo fueron. Cuando nadie escribía sobre él, cuando se sentía muy solo y hasta olvidado, escribí en mi columna de El Economista ‘Zoé en el metro‘ (a él le gustaba mucho ese título mío porque fue de los pocos en darse cuenta en que yo hacía referencia a la película francesa ‘Zazie en el Métro‘ (1960) de mi cineasta francés preferido, Louis Malle) acerca de lo que él representaba para mi.

Retrato Zoé Valdés en japonesa (acrílico sobre lienzo). Arturo Cuenca, 2007

Me pidió pintarme como una de sus japonesas, acepté gustosa; sucedió en otro tiempo distante del que todos aquellos que lo admiraron y adularon en La Habana de los ’80 le daban la espalda en el Miami de los 2000, aunque también recibió el apoyo de amistades perdurables. Cuenca ha sido uno de mis amigos más cultos y distinguidos. Desde Tejadillo hasta las largas horas de madrugadas en la que sentados y consolándonos en la Plaza de la Catedral nos inventábamos el mundo, un universo posible; desde la buhardilla en el Manhattan dorado hasta un concierto de la mano de Pancho Céspedes en Miami en el que ya yo suponía, podía vaticinar, que este momento de despedirlo llegaría, hasta una foto imborrable de él y yo enlazados en un tango, él con mis espejuelos años ’50 bordados en Swarovsky, que me arrebató de los ojos para la foto (por cierto, han publicado la foto tomada de mi blog, en periódicos, blogs de Miami, en las redes sociales, y me han recortado, los envidiosos de toda la vida, tan iguales a los soviéticos y castristas borradores de fotos intolerantes de los totalitarismos). Cuenca no iba bien ya desde entonces, aunque su genio seguía vibrante, su malabarismo con las palabras intacto. Por ejemplo, el ser ‘humalo’ es de su invento, siempre lo cité, hasta que me lo regaló definitivamente en un ataque de ira para que no lo citara más, ¡que no me viera obligada! ‘FeteKhun’ le llamó a los fetecunes en la residencia del embajador Khun holandés en La Habana.

El desamparo y el desconcierto frente a la muerte es sólo esta tristeza honda, sentida tantas veces, de las desventajas irreparables del exilio. Ve en paz, querido niño terrible y eterno gigante nuestro. ‘Cuéncame’ desde allá, cómo es la cosa…

Pulse aquí para ver Revival de los ’80 en Miami con Cuenca. Vídeos tomados por mi para mi blog.

En El Clique, en un concierto de Pancho Céspedes al que me llevó Arturo Cuenca. Vídeos míos.

Debajo el escrito que hice sobre él en El Economista publicado el 20 de noviembre del 2008:

«En Miami sigue siendo el mismo que en Cuba, que en New York, que en cualquier parte, para bien del arte, de la cultura, de la polémica, de la política. Sigue siendo el mismo enfant terrible, e igual que en La Habana intimida a los que no entienden la febrilidad del artista, su fragilidad. Sigue siendo el mismo muchacho de pelo alborotado, de espejuelos redondos, de manos enredadas con ideas. Su atelier de pintor está en su cabeza, pinta dentro de su mente, y los colores se le desbordan por los ojos.

Arturo Cuenca es un artista exclusivo, reflexivo, y ya sabemos que la exclusividad no es cómoda para nadie, muy pocos la acogen afablemente. Vi un retrato de la actriz Lili Rentería que es una obra maestra, porque la sencillez es el canto más elevado de la perfección. No voy a decir mucho sobre ese cuadro, porque sobre el blanco nada se debe añadir. Sólo que, ahí está la actriz, está Mariana, está Lorca, y está el No del Kabuki. Arturo Cuenca es así, cuando pinta un cuadro es porque lo ha pensado medio siglo. El resto es puro cerebro. Y yo siempre apostaré por los artistas cerebrales.

Es un niño que salta la cuerda, se tira en el piso, patalea, y jamás está de acuerdo. Es un emblema raro, un paraíso perdido en la penumbra de un Miami ofuscado. En ese Miami recalentón encontré gente muy buena, muy verdadera, muy dulce, muy rebelde, indomables, certeros artistas, y también gente sencilla, de la fina raza de los nobles de corazón. Pero hallé también a los tracatanes de toda la vida, los que se debaten entre la mierda y el cielo, para citar a Arrabal. Fernando Arrabal prefiere la mierda, como yo, al lujo con mierda.

Arturo Cuenca es un país él solo, un país desbocado en el vórtice de una mano, aciclonada en sus líneas del destino. Me gustaría verlo pintar, pero sé que no lo hará nunca para un documental. Ni para los seres solitarios.

Habrá que filmarlo hablando, expandiéndose como miel, o como hiel, con ese gusto del rinoceronte de Durero. Habrá que filmarlo sacudiendo los brazos, bailando, y entonces tendremos la película de los años ochenta, con sus artistas auténticos y falsos, sus fantoches. Arturo Cuenca es un ser poético, filosófico, un ser cuyo rumbo se estompa en la punta de su zapato derecho.

Discute, se emborracha, se duerme en medio de un concierto, es bueno, natural, demasiado natural, y por eso parece malo. No es dichoso, porque dice la verdad, y los que decimos la verdad debemos apartar la dicha. No existe la felicidad, ya lo adivinamos. Arturo Cuenca jamás será un resentido.

Arturo Cuenca es un ser eterno, un Basquiat con otro estilo. Debería cagarse encima de un cake enmerengado y seguir adelante, con su obra, con sus sueños, con sus gritos, y su desgano. Arturo Cuenca no come, le asquea la comida, le asquea todo lo que la carencia toca. Menosprecio de la saturación, menosprecio de la comodidad.

Arturo Cuenca es el genio de los ochenta. No le hagamos daño. Querámoslo con él o sin él. Arturo Cuenca, sigue pintando, y dejando tus huellas, en nuestros abismos.»

Fuente Zoé en el Metro, de El Economista.

Zoé Valdés es escritora y artista. Fundadora y Directora general de ZoePost y Libertad Prensa Found. Fundadora del Movimiento Republicano Libertario Martiano. Exiliada en París desde hace más de treinta años.


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Cortesía de Michel Blázquez:

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