EDITO

A propósito del XXII Domingo del Tiempo Ordinario. Evangelio: Mateo 16, 21 – 27

Por Padre Alberto Reyes.

Hay frases que son capaces de resumir, en pocas palabras, todo un proyecto de vida, e incluso, el sentido profundo del Evangelio.

Cuando era sacerdote en Maisí, había un pequeño grupo de personas que, dos veces por semana, el domingo en la mañana y el miércoles en la noche, caminaban cinco kilómetros para estar en la misa.

Llegaban serenos, sin aspavientos, como si esos cinco kilómetros fueran algo irrelevante. Yo no podía garantizar el ir a buscarlos, pero siempre le pedía al chofer que los regresara.

Una noche de miércoles, el carro no arrancó, lo intentamos, empujamos, pero todo fue en vano. En ese momento, uno de los jóvenes, en tono de broma, le dijo a la líder del grupo:

-Enilda, va a tener que caminar cinco kilómetros otra vez.

La Enilda se encogió de hombros, y hablando en su modo maisiense, sin pronunciar las eses y arrastrando las erres, dijo:

-Jesucrrrrito caminó má que yo.

La frase se hizo viral. Cada vez que había que hacer algo difícil, o hacer un esfuerzo extra, y alguno se quejaba, siempre se escuchaba la voz de alguien que decía: “Vamos, que Jesucrrrrito caminó má que yo”.

Siempre que estábamos cansados, o el día se hacía largo, pero necesitábamos continuar, alguien repetía la misma frase: “Vamos, que Jesucrrrrito caminó má que yo”.

Esta frase es para mí un resumen perfecto del Evangelio de hoy, en el cual Cristo nos dice: “Si quieres ser mi discípulo, niégate a ti mismo, carga tu cruz y sígueme”.

Nadie está obligado a hacerse discípulo, nadie está obligado a hacer el bien, pero si aceptamos ser discípulos y vivir abiertos al bien, tenemos, inevitablemente, que pagar los precios de esa elección.

Hacer el bien implica parar, dejar a un lado nuestro trabajo, o nuestros intereses del momento para atender al otro; implica echarse a la espalda la tristeza, el agobio, la preocupación, el desánimo que estamos atravesando, para centrarnos en la necesidad de aquel que ahora tenemos delante; hacer el bien implica, muchas veces, asumir un malestar que nos podríamos haber evitado, o emplear en otros recursos propios que no teníamos previsto entregar. Y hacer el bien implica seguir, cuando las fuerzas fallan e incluso cuando la esperanza no acompaña.

En estos momentos, surge frente a nosotros el Cristo que, por salvarnos, abrazó la cruz, no porque la deseara, no porque no le doliera, sino porque era el único modo de rescatarnos del mal. Por ser discípulo del Padre, se negó a sí mismo, se negó incluso el don de la vida, y abrazó la cruz. Sufrió más que nosotros, se entregó más que nosotros, fue mucho más fiel que nosotros, caminó en la voluntad del Padre más que nosotros.

Por eso, cinco kilómetros para celebrar la fe, y otros cinco por el gozo de haberla celebrado, se empequeñecen cuando el que va delante del grupo es aquel del cual puedo decir: “Caminó má que yo”.

 

***

 

Padre Alberto Reyes Pías nació en Florida, Camagüey. Estudió Psicología Pura en España, antes de entrar al Seminario estudió 3 años de Medicina (en Cuba), lo dejó para entrar en el Seminario. Párroco en Esmeralda, Camagüey.

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