Sociedad

A propósito de la Asunción de la Virgen María. Texto: Lucas 1, 39-56.

Por Padre Alberto Reyes.

La fiesta de la Asunción es la visualización del final querido por Dios para todos sus hijos: la victoria sobre la muerte (el último de los males), y la entrada en la plenitud de la comunión con Dios.

Es el final del camino querido para nuestra vida, pero ¿en qué consiste ese camino?, ¿cómo quiere Dios que transcurra toda vida humana?

Dos son los rieles de este camino: la comunión con Dios, la vida en clave de amistad con Dios, la cotidianidad que se desenvuelve contando con Dios, buscando su voluntad; y la realización del mayor bien posible, la existencia en clave de bendición, de bondad, de solidaridad con el otro.

Escoger estos dos rieles y el modo en que los escogemos depende mucho de la mirada que tengamos sobre Dios y sobre los demás.

María es el modelo de esas dos miradas. María mira a Dios como aquel que ama sin condiciones, por eso “exulta” en Dios, su salvador. Y como mira a Dios así, comprende que la salvación no depende de sus habilidades y buenas obras sino que está anclada en la fidelidad de Dios a su amor por ella, por todos. Cuando se tiene la certeza de un Dios que nos ama sin condiciones, cesan las angustias y se abre la vida a la serenidad interior, a la alegría y a la paz.

Y María ve al otro como alguien a servir, a ayudar, a comprender, a acompañar. Es lo que la vemos hacer en cada fragmento de la Biblia que habla de ella. Es la fe en que lo que transforma la humanidad es el servicio y el amor.

Esto es muy hermoso, pero a nosotros a veces nos cuesta mantener esas miradas. Pasamos por pruebas, sufrimientos, inseguridades, sequedades interiores, y nos cuesta confiar en que, en medio de todo eso, Dios está presente y tejiendo nuestra historia. Además, muchas veces arrastramos defectos, errores, pecados, que parecen pegados a nuestra piel, y nos cuesta sentirnos amados por Dios. Nos es más fácil fijarnos en nuestra indignidad y no en la mirada de misericordia del Padre.

Por otro lado, por muy buenos que seamos con los demás, no siempre vamos a recibir de los otros amor, comprensión y misericordia. Tenemos que lidiar con ingratitudes, mezquindades, miserias humanas, y esto muchas veces nos hace dudar de si en verdad el amor y el bien son el camino. A veces perdemos la fe en lo mejor de la humanidad y nos es más fácil vernos como tontos que como aquellos que han elegido el mejor modo de vivir.

Todo esto lo podemos entender, pero es diferente a la hora de sentirlo. ¿Cómo hacer cuando desconfiamos del amor y de la misericordia de Dios?, ¿cómo hacer para continuar haciendo el bien cuando desconfiamos de su real eficacia?

He aquí una sugerencia: vivir “como si lo sintiera”.

No olvidemos que nosotros no tenemos ningún poder sobre lo que sentimos, y que si nos dejamos llevar por lo que viene a nuestro corazón, puede que terminemos hundidos en la desesperanza y en la apatía. Pero partiendo de lo que sabemos, de lo que nos dice el Evangelio, tenemos pleno poder para actuar “como si” lo sintiéramos, y esto hará que vayamos descubriendo que nuestra mirada se transforma y nuestra vida se encamina cada vez más hacia Dios.

¿Siento que no vale la pena rezar, ir a Misa, confesarme, pedirle a Dios…? Pues bien, no intento sentirlo, pero aún creyendo que no vale la pena, voy a rezar, a ir a Misa, a confesarme, a contarle a Dios todo lo que tengo por dentro.

¿Siento que no vale la pena hacer el bien, ayudar a alguna persona, escucharla, aconsejarla, incluso regañarla…? Pues aunque sienta que estoy arando en el mar, aunque sienta que no vale la pena, lo haré, insistiré, sembraré, porque eso sí lo puedo hacer.

Hay cosas que la Biblia no dice, pero podríamos preguntarnos: ¿fue fácil para María confiar en un Dios que después del nacimiento de su hijo no hizo otra cosa que guardar silencio?, ¿fue fácil para María escuchar que su hijo “estaba loco”?, ¿fue fácil para María mantener la fe cuando vio a su hijo traicionado, torturado y muerto en una cruz?
¿Tenía sentido para María ir a cuidar a su prima Isabel, que llevaba seis meses de embarazo y no había tenido la delicadeza de decírselo, cuando ella misma estaba empezando su embarazo?, ¿tenía María algún compromiso con los novios de Caná para insistir en que su hijo los salvara de la burla y las críticas de los demás por no haber previsto más vino?, ¿estaba María tan segura de que los discípulos que abandonaron a su hijo estarían ahora a la altura de las circunstancias mientras ella los acompañaba en la oración?

No lo sabemos, pero lo que sí sabemos es que María fue fiel a su Dios hasta el final, que lo siguió considerando “su salvador”, que se fue “presurosa” a ayudar a Isabel y se quedó con ella hasta que dio a luz, que salvó la reputación de los novios en Caná, que acompañaba a los discípulos en la oración. No sabemos lo que María sentía, pero sí que permaneció fiel y que hizo lo que tenía que hacer.

Si Dios nos hace sentir su presencia y la urgencia de hacer el bien, acojamos ese don con toda el alma; pero si Dios no nos da ese don (y siempre, en algún momento de nuestra vida, esas certezas sensibles no estarán), miremos a la Madre que hoy celebramos y, como ella, aprendamos que ser fieles a Cristo y su Evangelio no está sujeto a lo que podamos sentir. Y así, al igual que ella, llegaremos al final de nuestra vida seguros de que hemos sabido vivir y que ahora se abre ante nosotros la plenitud de la comunión con el Dios de nuestra historia.

Padre Alberto Reyes Pías nació en Florida, Camagüey. Estudió Psicología Pura en España, antes de entrar al Seminario estudió 3 años de Medicina (en Cuba), lo dejó para entrar en el Seminario. Párroco en Esmeralda, Camagüey.

Tomado de su Facebook.

 

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*