Cultura/Educación

LONDRES – Moderna y tradicional          

Por Manuel C. Díaz.

La ciudad de Londres nos recibió, como en las películas, nublada y lluviosa. Pero no nos amilanamos. La misma tarde de nuestra llegada, todavía con el jet lag a cuestas, comenzamos nuestro recorrido. Estábamos hospedados en el Millennium Gloucester Hotel, no muy lejos del Palacio Kensington y de sus jardines, que están abiertos al público y se extienden, alrededor de un lago, hasta el Hyde Park.

Hacia allí fuimos. Los apartamentos estatales del Palacio pueden ser visitados, pero previendo que el día no nos alcanzaría, decidimos no entrar. Lo que hicimos fue almorzar en The Orangery, un restaurante con terraza al aire libre que se encuentra situado entre el Palacio y el lago. Después, caminamos un poco por los jardines y salimos por la puerta donde se halla el Albert Memorial, un extravagante monumento erigido en honor del Príncipe Alberto, esposo de la Reina Victoria.

Antes de regresar al hotel decidimos visitar la famosa tienda Harrods, a la que, desde el parque, podíamos llegar caminando. Subimos por toda la calle Cromwell Road, que pasa frente al Museo de Historia Natural y llega hasta la misma tienda. Pensábamos estar sólo un momento, pero estuvimos casi tres horas. Es un edificio de varios pisos, color terracota, que ocupa más de quince acres. Uno entra y sale de los distintos salones sin saber hacia dónde mirar. Harrods no es una tienda por departamentos; es una ciudad en ella misma. Creo que es la única tienda en el mundo en la que, al lado de una carnicería repleta de jamones serranos, se venden joyas de cien mil libras esterlinas. Nosotros no compramos ningún diamante, pero terminamos –no sé de qué manera- comiendo tapas en un restaurante español del primer piso.

Al otro día tomamos el metro –al que los londinenses llaman the tube– en la estación de Gloucester Road, y nos bajamos en la de Westminster, en la orilla norte del Támesis. Fue una decisión acertada, pues desde allí pudimos acceder a las principales atracciones de Londres: el Parlamento; el Big Ben; la Abadía de Westminster; el St. James’s Park; el cambio de guardia en el Palacio de Buckingham; la Rueda del Milenio –Eye of London-; la Plaza Trafalgar y Picadilly Circle.

El Parlamento visto desde uno de los puentes del Támesis

Lo primero que hicimos, claro, fue retratarnos frente al Big Ben, el famoso reloj que le ha dado la hora a Londres, ininterrumpidamente, desde que echó a andar en mayo de l859. Después le dimos la vuelta al edificio del Parlamento, que alberga la Cámara de los Lores y la de los Comunes y donde la Reina, al comienzo de las sesiones, da a conocer en un discurso los principales planes del gobierno.

El Big Ben, el famoso reloj que le ha dado la hora a Londres durante casi dos siglos

Del Parlamento, con sólo cruzar una calle, se puede llegar a la Abadía de Westminster. Aquí tuvimos que cambiar los planes. Eran casi las once de la mañana, y si entrábamos a la Abadía, nos perdíamos el cambio de guardia en el Palacio de Buckingham. Así que, aunque después tuviésemos que desandar el camino, decidimos ir a ver el cambio de guardia. Tomamos el Birdcage Walk, un camino que bordea el St. James’s Park, y en menos de quince minutos llegamos al Palacio. Ya los turistas comenzaban a llenar la plaza. Como todavía faltaba media hora, pudimos pararnos en la base del monumento a la Reina Victoria y logramos ver con comodidad toda la ceremonia. Cuando terminó el cambio de guardia, regresamos a la Abadía. Lo hicimos atravesando el hermoso St. James’s Park y salimos a la plaza donde está la llamada Horse House de la Reina. Un poco más adelante, por la misma calle Whitehall por la que veníamos bajando, pasamos frente a Downing Street, donde en el número 10 se encuentra la residencia del primer ministro. Y aunque la calle está cerrada al público, nos sorprendió la falta de seguridad; sólo un par de policías custodian la entrada y permiten tomar películas y tirar fotos.

Llegamos a la Abadía de Westminster casi sin tiempo para entrar pues, como era sábado, cerraban a las dos de la tarde. Estuvimos de suerte. La Abadía es la iglesia más antigua –y más importante- de Londres. Es aquí donde han sido coronados todos lo monarcas ingleses; es también donde casi todos están enterrados. Aquí también yacen otros insignes ingleses, sobre todo en la llamada Esquina de los Poetas, donde están enterrados Shakespeare, Dickens y Byron. A un costado de la capilla de San Juan Bautista, es posible ver la silla de las coronaciones, construida en 1301 y usada por última vez en 1953 cuando Elizabeth II ascendió al trono.

La Abadía de Westminster, la iglesia más antigua\s y más importante de Londres

Al salir de Westminster cruzamos el puente y fuimos hasta la Rueda del Milenio. La cola para subir a ella parece interminable, pero avanza con rapidez. Es algo que uno no debe perderse. Desde lo alto de ella, las vistas de Londres son totalizadoras. No en balde la llaman el Ojo de Londres.

De la rueda volvimos a caminar hasta la calle Whitehall y allí tomamos un ómnibus que nos llevó directo a la Plaza Trafalgar, uno de los lugares más visitados de Londres, y donde se alza la famosa columna del Almirante Nelson. Detrás de la fuente que se halla en el centro de la plaza, está la Galería Nacional, en cuyas salas se encuentran obras de Raphael, Rembrandt y Velásquez.

La Plaza Trafalgar donde se alza la Columna del Almirante Nelson

De la Plaza Trafalgar nos fuimos caminando hasta Picadilly Circle, uno de los lugares más in de Londres. Sus luces de neón y las multitudes que caminan por sus calles lo han convertido en el corazón del llamado west end. Es aquí donde se encuentra la mayoría de los cines, teatros, clubes nocturnos, restaurantes y pubs. Como ya estaba oscureciendo decidimos quedarnos a cenar allí. Las opciones son múltiples, pero es aconsejable no internarse demasiado en el área de Soho, pues, aunque no es lo que era hace unos diez años, todavía la industria del sexo es visible. Escogimos un restaurante que estaba casi frente a la Plaza Leicester, cerca de los teatros.

Al otro día, temprano en la mañana salimos rumbo a la Torre de Londres, una de las principales atracciones turísticas de la ciudad. Si usted planea visitar la Torre, piense que hay que dedicarle varias horas. No se pierda la exposición de las Joyas de la Corona, un impresionante despliegue de la riqueza y el poder de la realeza. Y también de su crueldad. La Torre ha sido, a través de sus novecientos años de historia, sinónimo de terror. Era aquí donde encarcelaban a los que ofendían al monarca. Aquí también encerraron a los dos hijos menores de Eduardo IV, y jamás se supo de ellos.

El Tower Bridge, otro de los símbolos de Londres

De la Torre salimos por la parte que da al río y llegamos hasta el Tower Bridge, otro de los símbolos de Londres. No subimos a sus miradores, pero lo recorrimos de una punta a la otra. Después bajamos hasta los embarcaderos que están en la orilla y tomamos un bote que nos llevó hasta el Westminster Bridge. Al otro día nos embarcábamos en el Golden Princess rumbo a Irlanda. Así que ese viaje por el Támesis era nuestra despedida. Una despedida que nos permitió ver a Londres desde dos perspectivas diferentes: la moderna y la tradicional. En una orilla, los rascacielos del corazón financiero de la ciudad; en la otra, los edificios históricos de la nación. A lo lejos, el vetusto Big Ben parecía competir en altura con la futurista Rueda del Milenio. Les dijimos adiós con la certeza de que regresaremos.

La familia del autor frente a St. Paul Church

Manuel C. Díaz es escritor, crítico de arte y literatura y cronista de viajes.

Fotos Archivos del Autor.

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