Por Carlos Manuel Estefanía..
Queridos lectores de ZoePost:
Cada semana, desde esta esquina septentrional de Europa en la que resido desde hace más de tres décadas, procuro compartir con mis compatriotas algo más que un resumen de noticias suecas. Me interesa contarles qué sucede en el país donde vivo, pero, sobre todo, reflexionar sobre lo que esas experiencias pueden enseñarnos a quienes soñamos con una Cuba libre, democrática y reconciliada consigo misma. No escribo desde la admiración incondicional hacia Suecia, ni desde la cómoda posición de quien cree haber encontrado una sociedad perfecta. Lo hago como cubano, con la memoria de nuestro país a cuestas y la convicción de que reconstruirlo exigirá aprender tanto de los aciertos ajenos como de sus errores.
El balance de la semana del 5 al 12 de octubre de 2026 nos ofrece una oportunidad para ese ejercicio. Mientras Estocolmo acaparaba la atención internacional con los anuncios de los premios Nobel, la política sueca seguía atrapada en negociaciones difíciles, el Gobierno afrontaba desafíos económicos y de seguridad, y distintas comunidades del país sufrían las consecuencias de fenómenos meteorológicos adversos. La imagen que emerge no es la de un paraíso escandinavo, sino la de una sociedad que intenta resolver sus contradicciones mediante instituciones, negociaciones y decisiones sometidas —al menos en principio— al escrutinio público.
Y ahí comienza nuestra primera lección cubana.
La democracia no consiste en que todos estén de acuerdo
Las negociaciones para formar gobierno en Suecia han vuelto a demostrar que la democracia no elimina los conflictos políticos. Los obliga a desenvolverse dentro de unas reglas compartidas. El 9 de octubre, representantes de los socialdemócratas, el Partido del Centro, el Partido de la Izquierda y los Verdes se reunieron en Högberga gård, en Lidingö. La conversación fue descrita como constructiva, pero no produjo un acuerdo gubernamental.
El desacuerdo tiene nombres y apellidos. Elisabeth Thand Ringqvist, líder del Partido del Centro, mantiene su rechazo a que el Partido de la Izquierda participe directamente en el gabinete. Nooshi Dadgostar, por su parte, insiste en que su formación debe tener representación ministerial. Entre ambas posiciones se encuentra Magdalena Andersson, la dirigente socialdemócrata que intenta construir una fórmula capaz de sostener un nuevo Ejecutivo.
La comparecencia de Andersson ante el presidente del Parlamento, Andreas Norlén, quedó fijada para el martes 13 de octubre, después de que solicitara un día adicional para continuar sus consultas. Una eventual votación de investidura podría celebrarse a partir del miércoles 14.
El sistema sueco permite que un candidato a primer ministro sea elegido sin contar con una mayoría afirmativa, siempre que no reúna en su contra una mayoría absoluta de los 349 diputados. En otras palabras, basta con evitar 175 votos negativos. Las abstenciones pueden facilitar la formación de un Gobierno minoritario, aunque no resuelvan necesariamente los problemas que surgirán después al intentar aprobar presupuestos y leyes.
Esta particularidad merece atención en Cuba, donde el poder revolucionario convirtió durante décadas la unanimidad en una representación obligatoria de la vida política. Allí donde se proclama que el pueblo tiene una sola voluntad, las discrepancias dejan de ser una parte normal de la convivencia y pasan a considerarse síntomas de deslealtad. La experiencia sueca muestra otra posibilidad: los partidos pueden discrepar profundamente, negociar, negarse a aceptar determinadas condiciones y, aun así, reconocer la legitimidad de sus adversarios.
Naturalmente, el modelo no es infalible. La fragmentación puede producir parálisis, las negociaciones pueden prolongarse y los gobiernos minoritarios pueden tener dificultades para cumplir sus programas. Si fracasan cuatro propuestas consecutivas de primer ministro, la normativa sueca prevé elecciones extraordinarias. La democracia no garantiza que todos los problemas tengan una solución inmediata; ofrece procedimientos para afrontarlos sin convertir cada desacuerdo en una guerra existencial.
¿Qué debería significar esto para una Cuba democrática? Que ninguna fuerza política, por importante que haya sido su papel histórico, debería apropiarse del Estado ni reclamar un derecho perpetuo a gobernar. Que las elecciones deben permitir la alternancia. Que la oposición no puede ser tratada como una enfermedad nacional. Y que una mayoría parlamentaria no equivale a una autorización ilimitada para atropellar los derechos de las minorías.
La reconstrucción cubana necesitará partidos capaces de negociar, dirigentes dispuestos a ceder y ciudadanos que comprendan que perder una votación no significa perder la patria. También necesitará límites constitucionales que impidan que una victoria electoral se transforme en una nueva dictadura. No se trata de importar mecánicamente el sistema sueco, sino de comprender el principio que lo sostiene: el poder debe estar sujeto a reglas y ninguna facción puede confundirse con la nación entera.
Del prestigio internacional a la libertad de pensar
Durante esta semana, Suecia ha vuelto a ocupar un lugar destacado en la conversación mundial gracias a los premios Nobel. Mientras los políticos discutían la composición del próximo Gobierno, científicos, escritores y juristas recibían reconocimiento por sus contribuciones al conocimiento y a la cultura.
En Medicina o Fisiología, el premio anunciado el 5 de octubre distinguió a Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel por sus descubrimientos relacionados con los canales iónicos activados por la luz y el desarrollo de la optogenética, una técnica que permite estudiar y controlar con gran precisión la actividad de determinadas células, incluidas las neuronas. En Física, el reconocimiento recayó en Francis Halzen por sus contribuciones fundamentales al observatorio de neutrinos IceCube y al estudio de estas partículas procedentes del cosmos. En Química, fueron distinguidos Henri B. Kagan y Kenso Soai por sus investigaciones sobre fenómenos relacionados con la síntesis orgánica asimétrica.
La literatura también tuvo su protagonista. La canadiense Anne Carson fue anunciada como ganadora del Nobel de Literatura el 8 de octubre por una obra innovadora que dialoga con la tradición clásica y desdibuja las fronteras entre poesía, ensayo, traducción y crítica. En Oslo, el Nobel de la Paz distinguió el 9 de octubre a la jurista sudafricana Navanethem «Navi» Pillay por su trayectoria en la lucha contra la impunidad por crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y genocidio. El calendario culmina el 12 de octubre con el anuncio previsto del premio de Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel.
No pretendo convertir esta carta en una relación de galardones. Lo interesante es preguntarnos qué condiciones permiten que una sociedad participe de una cultura científica e intelectual de alcance universal. El prestigio de los Nobel no es una prueba de que Suecia haya alcanzado la perfección moral ni de que todas sus instituciones funcionen sin defectos. Sí nos invita a reflexionar sobre la importancia de sostener comunidades científicas, editoriales, educativas y culturales capaces de reconocer el mérito y estimular el debate.
En Cuba, la ciencia y la cultura han contado con profesionales de enorme talento, incluso bajo condiciones políticas adversas. Nuestro problema no puede reducirse a una supuesta falta de capacidad intelectual de los cubanos. Debemos examinar las consecuencias de un sistema que subordinó buena parte de la vida cultural y académica a criterios ideológicos, limitó la autonomía institucional y convirtió la lealtad política en una prueba de legitimidad profesional.
La Cuba democrática del futuro necesitará universidades donde no se exija adhesión a una doctrina oficial, centros de investigación con autonomía, bibliotecas abiertas, editoriales libres y medios de comunicación que no dependan de la autorización del partido gobernante. Necesitará reconocer a los investigadores que trabajan dentro de la isla, a los que emigraron y a los que fueron excluidos por disentir. La reconstrucción intelectual no debería convertirse en una purga de signo contrario, sino en una recuperación del talento nacional allí donde se encuentre.
Anne Carson, al dialogar con los clásicos para crear formas literarias contemporáneas, nos recuerda que la tradición puede servir para pensar el presente sin quedar prisionera de él. Cuba también necesita recuperar críticamente su patrimonio cultural: español, africano, criollo, republicano, revolucionario, religioso y laico. Ninguna corriente debería tener el monopolio de la identidad nacional. Una cultura libre no exige que todos compartan una misma interpretación del pasado; necesita que puedan confrontarse interpretaciones diferentes sin censura ni miedo.
Una economía que crece, pero no resuelve todos sus problemas
En el terreno económico, el balance semanal recoge una revisión al alza de la previsión de crecimiento sueca para 2026, del 2,5 % al 3 %. También señala un aumento mensual del PIB del 1,1 % en agosto. Al mismo tiempo, las previsiones de desempleo continúan siendo preocupantes: alrededor del 8,5 % para este año, con una posible reducción al 7,7 % en 2027. La inflación subyacente se mantiene moderada y el tipo de interés de referencia del Riksbank figura en el 1,75 % en la información recopilada.
Conviene detenerse en esa combinación. Una economía puede recuperar el crecimiento y mantener, sin embargo, dificultades laborales importantes. Un indicador nacional favorable no significa que todos los hogares experimenten una mejoría inmediata. Por eso resulta tan equivocado anunciar el desastre cuando los indicadores empeoran como proclamar una prosperidad general cada vez que el PIB aumenta.
Para Cuba, la comparación debe hacerse con cuidado. Suecia dispone de una economía, unas instituciones y unas condiciones de partida muy diferentes de las cubanas. No sería serio presentar sus cifras como una receta trasladable de manera automática a una isla que ha padecido décadas de centralización, deterioro productivo, escasez, emigración y restricciones a la iniciativa privada.
Pero hay principios que sí merecen consideración. La recuperación requiere instituciones previsibles, reglas comprensibles, seguridad jurídica, inversión, formación profesional y oportunidades para crear empresas. También necesita estadísticas fiables y una administración que explique sus decisiones. Sin información transparente, los ciudadanos no pueden evaluar adecuadamente las políticas públicas; sin seguridad jurídica, los emprendedores no pueden planificar a largo plazo.
La reconstrucción económica cubana no debería consistir en sustituir un monopolio estatal por el privilegio de unos pocos empresarios cercanos al poder. Tampoco en imaginar que la simple liberalización de los precios resolverá automáticamente todos los problemas sociales. Harán falta competencia, protección de la propiedad legítima, apertura a la inversión, recuperación de infraestructuras, acceso al crédito y mecanismos que impidan que la corrupción capture las nuevas oportunidades.
Y habrá que prestar atención a quienes suelen quedar fuera de los discursos triunfalistas: trabajadores con salarios insuficientes, pensionistas, familias vulnerables y jóvenes que no encuentran perspectivas. El crecimiento es un medio, no una finalidad sagrada. Su valor se mide también por las posibilidades que abre para vivir con dignidad.
La seguridad nacional no termina en las fronteras
Suecia está reforzando su cooperación militar con otros países europeos. Según el material reunido para este informe, el Gobierno en funciones de Ulf Kristersson anunció el despliegue de una batería Patriot, misiles interceptores y aproximadamente un centenar de militares suecos en la base de Rzeszów, en Polonia, para contribuir a proteger un centro logístico esencial para el envío de ayuda militar a Ucrania. La misión estaba prevista para diciembre. A ello se suma la participación de cazas Gripen en tareas de protección del espacio aéreo polaco y la cooperación industrial entre Saab y GKN Aerospace para reforzar las capacidades suecas vinculadas a los motores del Gripen E/F.
La policía financiera sueca también ha denunciado una red de blanqueo de capitales de origen ruso que, según las investigaciones descritas, habría utilizado servicios financieros digitales para canalizar fondos. Las autoridades han expresado preocupación por las amenazas híbridas, los ciberataques y los posibles sabotajes en el norte de Europa.
Estos asuntos exigen distinguir cuidadosamente entre hechos confirmados, acusaciones en investigación y evaluaciones de seguridad. Pero el cuadro general plantea una cuestión relevante para cualquier Estado: la defensa contemporánea requiere mucho más que soldados y armamento. Incluye infraestructuras resistentes, capacidad tecnológica, cooperación internacional, protección de los sistemas financieros y confianza pública.
Una Cuba democrática tendrá que pensar igualmente en su seguridad nacional, pero desde sus propias circunstancias. Necesitará fuerzas armadas subordinadas al poder civil y a la Constitución, servicios de inteligencia sometidos a controles legales, protección de infraestructuras esenciales y mecanismos contra la corrupción y el lavado de dinero. No deberá convertir la seguridad en una excusa para vigilar indiscriminadamente a la población o perseguir a quienes critican al Gobierno.
El principio es sencillo, aunque su aplicación nunca lo sea: proteger al Estado no significa proteger a quienes lo gobiernan de la crítica ciudadana. La seguridad de una nación democrática descansa tanto en su capacidad para defenderse de amenazas externas como en la confianza de sus habitantes en las instituciones.
El Estado ante las inundaciones y los problemas cotidianos
Las inundaciones registradas en Bohuslän, en la costa occidental sueca, después de intensas lluvias y alertas meteorológicas, nos llevan de las grandes estrategias a una cuestión mucho más cercana: la capacidad de respuesta de los servicios públicos. Las operaciones de emergencia y el uso de vehículos especializados recuerdan que la preparación ante fenómenos extremos no puede improvisarse cuando el agua ya ha entrado en las viviendas.
La eficacia de un Estado no se demuestra solamente mediante discursos, grandes obras o ceremonias internacionales. Se manifiesta cuando una familia recibe información fiable, cuando los servicios de emergencia actúan a tiempo, cuando las autoridades coordinan sus recursos y cuando la población sabe dónde encontrar ayuda.
Para una futura Cuba democrática, la protección civil tendrá una importancia extraordinaria. La isla está expuesta a huracanes, inundaciones, sequías y otros fenómenos que pueden causar daños graves. Será indispensable invertir en infraestructuras, mantenimiento, sistemas de alerta, planificación urbana y preparación comunitaria. Y habrá que establecer mecanismos transparentes para que la ayuda llegue a quienes la necesitan, sin discriminación política ni favoritismos.
El informe de esta semana también recoge nuevas restricciones territoriales aplicables desde el 1 de octubre a determinados solicitantes de asilo y personas sujetas a órdenes de expulsión, obligados, según la información recopilada, a permanecer en el condado donde tienen registrado su alojamiento. La medida plantea preguntas sobre la relación entre control administrativo, garantías jurídicas e integración.
No hace falta idealizar las políticas migratorias suecas para reconocer que una democracia debe debatirlas públicamente y evaluar sus consecuencias. El Estado tiene competencias para establecer normas, pero su aplicación debe respetar la legalidad y la dignidad de las personas. La misma exigencia deberá orientar a una Cuba democrática cuando tenga que afrontar sus propias políticas migratorias, el retorno de ciudadanos y la reintegración de quienes hoy viven en el exilio.
En la información de la semana aparecen asimismo investigaciones por presuntos abusos durante actividades de iniciación en la escuela SSHL de Sigtuna y detenciones relacionadas con una protesta climática que interrumpió las operaciones en el aeropuerto de Bromma. Son episodios distintos, pero invitan a una reflexión común: las instituciones educativas, las organizaciones sociales y las autoridades deben responder por sus actos dentro de un marco de normas y derechos.
Reconstruir Cuba también significa recuperar la confianza
El deporte y la cultura popular ofrecen otra ventana a la vida sueca. La selección femenina de fútbol consiguió una victoria por 0-5 frente a Lituania en la ida de su eliminatoria clasificatoria para el Mundial de Brasil de 2027, con tres goles de Felicia Schröder. En la liga masculina, el AIK cayó por 5-6 ante el Brommapojkarna en un encuentro de once goles. Y en Bohuslän se presentó el documental Åke från Ramsön, resultado de casi dos décadas de filmación sobre la vida tradicional del archipiélago.
Podrían parecer noticias menores frente a los debates sobre gobierno, economía o defensa. No lo son del todo. Una sociedad también se reconoce en sus clubes deportivos, sus comunidades locales, sus historias familiares y sus expresiones culturales. La vida colectiva no puede reducirse a las instituciones del Estado ni a las estadísticas de producción.
Cuba conserva una riqueza semejante: barrios, asociaciones, clubes, tradiciones musicales, iniciativas religiosas, proyectos comunitarios y redes familiares que han sobrevivido a las dificultades. Una reconstrucción nacional inteligente no debería aplastar esas iniciativas bajo una nueva burocracia ni utilizarlas como instrumentos de propaganda. Debería crear condiciones para que los ciudadanos se organicen libremente, cooperen y resuelvan problemas comunes.
La confianza social no se decreta. Se construye cuando las normas se aplican con justicia, cuando los funcionarios responden por sus decisiones y cuando las personas comprueban que pueden participar sin tener que demostrar fidelidad a una ideología. Se fortalece cuando los ciudadanos saben que sus derechos no dependen de pertenecer al partido correcto, mantener las relaciones adecuadas o guardar silencio ante los abusos.
Lo que Suecia puede enseñarnos, y lo que no debemos copiar
Queridos compatriotas, vivir en Suecia me ha permitido observar una sociedad que no está libre de conflictos ni de errores, pero donde las diferencias políticas pueden discutirse dentro de un marco institucional que reconoce la pluralidad. Eso no significa que debamos copiar cada una de sus políticas ni ignorar sus problemas. Las soluciones deben responder a la historia, los recursos y las necesidades concretas de cada país.
La lección más valiosa es otra: una democracia no se construye buscando un nuevo grupo de iluminados que prometa resolverlo todo en nombre del pueblo. Se construye limitando el poder, garantizando derechos, permitiendo la alternancia y aceptando que ningún gobernante posee el monopolio de la verdad ni de la patria.
Cuando llegue el momento de reconstruir Cuba, no bastará con cambiar los nombres de los ministerios, convocar elecciones o sustituir una bandera partidista por otra. Habrá que recuperar la independencia de los tribunales, garantizar la libertad de prensa y asociación, asegurar elecciones competitivas, profesionalizar la administración pública y establecer controles efectivos sobre los recursos del Estado. Habrá que proteger a las minorías, respetar a quienes piensen diferente y evitar que la revancha sustituya a la justicia.
También será imprescindible contar con los cubanos del exilio. Quienes hemos vivido en otras sociedades podemos compartir experiencias, conocimientos profesionales y observaciones útiles, pero no debemos presentarnos como propietarios de la solución. La reconstrucción será legítima si incorpora a los ciudadanos que permanecen en la isla, a quienes emigraron y a quienes fueron expulsados de la vida pública por sus ideas. El exilio no puede convertirse en una nueva élite que dicte desde fuera el destino nacional, del mismo modo que quienes permanecen en Cuba no deberían ser considerados responsables colectivos de un sistema que muchos han padecido.
La experiencia sueca nos enseña que la libertad necesita instituciones, pero también hábitos cívicos. Las leyes importan, aunque no bastan si los ciudadanos aceptan que el adversario sea tratado como enemigo. La prosperidad importa, aunque no basta si sus beneficios quedan concentrados. La seguridad importa, aunque no basta si se utiliza para restringir derechos. Y la cultura importa, porque sin libertad intelectual una nación corre el riesgo de sustituir el pensamiento por consignas.
Desde esta Suecia que observo cada semana, quiero compartir con mis compatriotas precisamente eso: no un modelo perfecto que debamos imitar, sino un conjunto de experiencias que merecen ser examinadas con espíritu crítico. Aprender del extranjero no significa renunciar a nuestra identidad; significa ampliar los instrumentos con los que pensamos nuestro propio destino.
Cuba no necesita convertirse en Suecia. Necesita convertirse en un país donde un cubano pueda discrepar del Gobierno sin miedo, fundar una empresa sin pedir permiso político, investigar sin censura, votar libremente, acceder a la justicia y regresar a su patria sin ser tratado como un extraño. Un país donde la nación sea de todos y donde ningún partido pueda declararse dueño de su historia.
Esa sería, a mi juicio, la verdadera medida de la reconstrucción democrática: no la reproducción de un modelo extranjero, sino la creación de instituciones que permitan a los cubanos vivir como ciudadanos libres, responsables y diferentes entre sí, unidos no por la obediencia obligatoria, sino por el respeto a unas reglas comunes.
Desde el norte de Europa, seguiré contando lo que veo, con sus luces y sus sombras, para que esas experiencias puedan alimentar una conversación que considero indispensable: la de cómo devolver a Cuba la libertad, la prosperidad y la dignidad cívica que merece.
Un abrazo a los lectores de ZoePost.
Carlos Manuel Estefanía.















