Por Zoé Valdés/El Debate.
Recientes declaraciones del secretario de Estado norteamericano Marco Rubio sobre Cuba han vuelto a colocar a la isla en el centro de la política exterior de Washington. Su lenguaje mezcla diagnóstico ideológico, advertencia estratégica y una sensibilidad personal marcada por la historia familiar del exilio. Esa combinación explica por qué sus palabras han tenido un impacto inmediato tanto en Miami como en La Habana y en las cancillerías del Caribe.
En los últimos días, Rubio ha insistido en que el gobierno cubano no encontrará «válvulas de escape» frente a la presión estadounidense. La frase, pronunciada durante entrevistas y comentarios sobre la estrategia de la Administración de Donald Trump, resume una política de cerco: bloquear mecanismos financieros, comerciales o diplomáticos que permitan al régimen ganar tiempo, amortiguar sanciones o encontrar nuevos patrocinadores externos. Cada intento de La Habana por abrir una vía alternativa será respondido con nuevas medidas. No se trata de castigar, sino de convencer al poder cubano de que la espera ya no funciona como estrategia. En la idea del convencimiento es donde siempre ha fallado el Gobierno norteamericano. A ningún comunista se le convence de nada.
El secretario de Estado también ha presentado a Cuba como una amenaza de seguridad nacional. En sus mensajes más recientes, ha acusado al régimen cubano de espiar a Estados Unidos, de servir de plataforma para Rusia, China e Irán y de sostener redes de influencia ideológica y política en la región. Las acusaciones no son nuevas, pero adquieren otro peso cuando provienen del jefe de la diplomacia estadounidense. Rubio busca desplazar el debate de la esfera humanitaria e inmigratoria hacia una dimensión geopolítica: Cuba no sería únicamente un país empobrecido y autoritario, sino un punto de apoyo de adversarios estratégicos a noventa millas de la Florida.
Otro eje de sus declaraciones es la crítica frontal a Gaesa, el conglomerado empresarial controlado por las Fuerzas Armadas cubanas. Lo describe como el verdadero centro económico de la isla y lo acusa de absorber recursos que deberían destinarse a alimentos, combustible, electricidad y servicios públicos. En su mensaje al pueblo cubano con motivo del 20 de mayo, sostuvo que los apagones, la escasez y el deterioro de la vida cotidiana no se explican por un «bloqueo» petrolero estadounidense, sino por décadas de saqueo interno, mala administración y prioridad militar sobre las necesidades civiles. Busca lo obvio, persistir en que el pueblo cubano se separe de sus dirigentes y presentar a Washington como aliado potencial de la sociedad, no como responsable central de sus penurias.
Para Rubio y sus aliados, levantar la presión permitiría al régimen recomponerse sin cambiar su naturaleza política. En el choque de interpretaciones, la vida diaria del cubano común queda atrapada entre dos discursos: el de La Habana, que atribuye el colapso al enemigo externo, y el de Washington, que atribuye el desastre a la estructura interna de poder. La realidad combina responsabilidades, aunque en proporciones que cada parte disputa con intensidad.
La novedad es que Rubio denuncia y promete continuidad. Al afirmar que la presión no desaparecerá durante el resto del mandato de Trump, intenta cerrar la posibilidad de que La Habana espere un cambio político en Washington, como hizo en el pasado. Durante décadas, el Gobierno cubano administró los ciclos electorales estadounidenses con paciencia: resistir a una administración hostil, apostar por una más flexible, buscar subsidios externos y vender resistencia como legitimidad interna. Rubio sostiene que esa fórmula se agotó porque Cuba perdió el respaldo venezolano, enfrenta una crisis energética severa y vuelve a ser una prioridad de la Casa Blanca.
Esta estrategia también tiene una dimensión simbólica para el exilio cubano. Para muchos cubanoamericanos, especialmente en el sur de la Florida, Rubio encarna una promesa largamente postergada: que Estados Unidos no normalice relaciones con una élite que consideran represiva y corrupta. La pregunta de fondo es si el cerco puede producir apertura o si, por el contrario, consolidará una lógica de plaza sitiada. De intervención, nada de nada.
Rubio ha intentado compensar esa crítica insistiendo en la ayuda humanitaria canalizada por iglesias y organizaciones no gubernamentales, sin pasar por las estructuras estatales cubanas –lo que es imposible. El mensaje es claro: Estados Unidos está dispuesto a ayudar al pueblo, pero no a financiar al aparato que considera responsable del colapso –inocentada. Esa distinción sería políticamente eficaz, aunque operativamente difícil. En un país donde el Estado controla puertos, permisos, distribución y vigilancia, ninguna ayuda externa puede circular completamente al margen del poder. Rubio apuesta por abrir una grieta entre sociedad y régimen, entre necesidades urgentes y control político…
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