Por Zoé Valdés/El Debate.
Ese detalle provoca polémica porque no se trata de un caso aislado. Para muchos familiares de presos políticos, opositores y organizaciones de derechos humanos, la fórmula de «cárcel o destierro» se ha convertido en una herramienta de presión, también ocurrió con José Daniel Ferrer, líder de Unpacu. El régimen cubano vacía parcialmente sus prisiones, reduce el costo diplomático de mantener encarceladas a figuras creadas y expulsa del territorio nacional a los que puede negociar; en cuanto la colaboradora prensa internacional, destaca a los que menos sirven, pero que han adquirido notoriedad gracias a su publicidad. La excarcelación se transforma en una operación política: el preso sale, la causa de su encarcelamiento ni siquiera sirve al exilio, constantemente denigrado por estos mismos disidentes.
Otero Alcántara, detenido el 11 de julio de 2021, cuando intentaba sumarse a las manifestaciones –nunca se lo permitieron–, se convirtió en símbolo woke. Su condena posterior, por delitos como desacato, desórdenes públicos y ultraje a los símbolos nacionales, es otro tema. Su llegada al exilio fue recibida con alivio, aunque con una rara sensación: el verbo, la lengua, no coincidían con el cerebro.
La controversia se agrava cuando se observa la reacción de otros presos políticos del 11J. Yosvany Rosell García Caso, condenado a 15 años por su participación en las protestas de Holguín, rechazó de manera tajante la posibilidad de salir de prisión a cambio de abandonar Cuba. Según denunció su esposa, Mailín Rodríguez Sánchez, las autoridades penitenciarias le comunicaron que sería desterrado; él respondió que no aceptaría irse. Su postura resume una idea que atraviesa a muchas familias represaliadas: el derecho a la libertad no puede depender de renunciar al país. La prensa y las instituciones de DDHH lo ignoran. Es blanco y del Partido Republicano de Cuba. Desde Barack Obama se está intentando racializar a la oposición cubana: un disidente negro valdría más que un opositor blanco.
El caso de Yosvany Rosell –él sí se manifestó– encarna el drama de quienes continúan presos mientras otros son excarcelados bajo presumible chantaje. Su negativa al destierro constituye una denuncia política. Reivindica que el 11J no salieron a la calle para pedir permiso de emigrar, sino para reclamar un país distinto. Al negarse a partir, Rosell convierte su celda en una forma de resistencia cívica y obliga a mirar la dimensión moral del problema: nadie debería escoger entre prisión y patria.
José Gabriel Barrenechea, escritor y periodista independiente, representa el coste humano del encarcelamiento político. Arrestado tras participar en una protesta pacífica en Villa Clara, Barrenechea vivió desde prisión la enfermedad y muerte de su madre, Zoila Esther Chávez Pérez. Durante meses, Zoila, familiares y activistas pidieron que pudiera verla antes del final. No se le concedió. Fue conducido bajo vigilancia unos minutos al velorio. La muerte de la madre de Barrenechea reveló una dimensión de la represión que suele quedar fuera de las estadísticas: el castigo se extiende a las familias, a los ancianos, a los hijos, a los vínculos esenciales. En una carta, el escritor lamentó no haber podido recibir su bendición.
María Cristina Garrido Rodríguez, poeta, y dirigente nacional del Partido Republicano de Cuba, representa otro ángulo de esta realidad. Detenida tras las protestas de julio de 2021 en Quivicán, fue condenada a 7 años de prisión. Desde la cárcel ha escrito poesía, ha denunciado abusos y se ha convertido en símbolo de la palabra prohibida. Su obra circula como testimonio de una resistencia que no depende de micrófonos ni tribunas: basta una hoja y una voluntad que se niega a obedecer.
Garrido es madre de dos adolescentes, líder política en un país donde el pluralismo partidista es perseguido. Su caso reafirma que el 11J no fue una explosión espontánea de malestar económico. Fue una afirmación de ciudadanía, reclamo derechos que el Estado comunista niega de manera estructural: libertad de expresión, libertad de asociación, participación política y respeto a la dignidad humana.
Es curioso que Alcántara afirme en entrevista con CiberCuba que Marco Rubio reparó en el espectáculo montado en San Isidro y no en las demás causas, que sería solamente gracias a él que el Gobierno norteamericano reconoce que «Cuba es un desastre», como repite ridículamente Trump, sin hacer nada…















