Por Padre Alberto Reyes.
Cuando de niño escuchaba esta parábola, siempre cometía dos errores: pensaba que una persona sólo podía estar en una de las cuatro categorías de las que describe el Señor, y pensaba también que había que llegar a ser “tierra buena” porque cuando se llegaba allí, ya nunca más se volvía a otro estado. La ingenuidad tiene su encanto.
Luego la vida me enseñó que las cosas no eran tan matemáticas, y que el hecho de querer dar fruto, el hecho de querer ser fiel a los valores del Reino, implica tener que lidiar continuamente con todos los escenarios donde cae la semilla, escenarios que están dentro de nosotros y en contacto con nosotros.
Queremos dar fruto, queremos amar, compartir, perdonar, ser generosos, serviciales, pacientes, transmitir alegría, paz, ánimo… pero…
A veces estamos tan ocupados, tan agobiados, tan apurados, que ni vemos ni escuchamos al otro que está triste, cansado, necesitado, y esa Palabra de Dios que nos dice: “Atiende, cuida, ayuda, comprométete…” ni siquiera la percibimos, por el “ruido interior” o por la aceleración con que estamos viviendo.
A veces nos cuesta la constancia. Queremos ser fieles a la Misa, respetar los momentos de oración,leernos la Biblia, implicarnos en un voluntariado, o en un equipo de misión… pero no terminamos de organizarnos, no acabamos de lograr meter esas cosas en un tiempo concreto, y en cuanto nos surge una complicación, dejamos todo en el baúl de las buenas intenciones o de los “yo hubiese querido…”
Por otra parte, los agobios de la vida se reproducen más que los conejos. Hay tantas cosas que resolver, tantos imprevistos que ni siquiera vimos venir, tantos proyectos que queremos lograr, tantos planesque nos parecen importantes, tantas cosas que compiten con los valores del Evangelio, que, si nos descuidamos un poco, terminan absorbiéndonos la vida y convirtiéndola en una interminable carrera de obstáculos de cosas por lograr o resolver.
Este es el contexto en el cual nos toca “dar fruto”. Por eso necesitamos tomar conciencia de cuánto de camino, de piedra y de espinos nos rondan la existencia, para aprender a lidiar con ellos y no dejarlos tomar el protagonismo de nuestras vidas, porque estar, siempre estarán.
Padre Alberto Reyes Pías nació en Florida, Camagüey. Estudió Psicología Pura en España, antes de entrar al Seminario estudió 3 años de Medicina (en Cuba), lo dejó para entrar en el Seminario. Párroco en Esmeralda, Camagüey.















