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De los habitantes de mi barrio: liebres, gaviotas, cisnes y cubanos

Por Carlos M. Estefanía.

Botkyrka, Suecia, 14 de junio de 2026

Queridos compatriotas:

Esta mañana amaneció lloviznando sobre Botkyrka, en abierta contradicción con el sábado luminoso que habíamos disfrutado apenas unas horas antes. Era una de esas lluvias discretas que parecen más una conversación en voz baja que una tormenta. Mientras observaba desde la ventana los árboles movidos por el viento pensé en ustedes, en los amigos que me leen desde Cuba, Miami, Madrid, Ciudad de México o cualquier otro rincón donde la diáspora cubana ha echado raíces.

Poco después escampó y aproveché para ir al gimnasio, reabierto recientemente a apenas diez minutos de casa. Como suelo hacer cuando camino por estos barrios, llevé la cámara conmigo. Por el camino me dediqué a darles caza fotográfica a unas liebrecillas que viven entre los edificios de la zona y que ya forman parte del paisaje cotidiano de mis paseos.

Mientras las retrataba confirmé algo que había notado el día anterior. Varias gaviotas parecían empeñadas en protegerlas. Chillaban desde el aire y realizaban vuelos rasantes sobre mi cabeza con evidente intención intimidatoria. Me recordaron aquellos tiempos en que fotografiaba sus polluelos y me convertía automáticamente en enemigo público de toda la comunidad alada. Esta vez, sin embargo, decidí mantener la posición. Les planté cara con toda la dignidad que puede exhibir un fotógrafo aficionado frente a una patrulla de gaviotas escandinavas. Tras varios intentos de intimidación desistieron y me dejaron continuar mi labor.

Después del entrenamiento pasé junto al lago Alby. Allí me encontré con uno de esos pequeños espectáculos que la naturaleza ofrece gratuitamente a quien todavía conserva la costumbre de detenerse a mirar. Decenas de aves acuáticas revoloteaban alrededor de una pareja que les lanzaba comida desde la orilla. Entre todas destacaban dos hermosos cisnes acompañados de sus crías.

Como comprenderán, no pude resistirme a filmarlos.

Todo marchaba perfectamente hasta que uno de los cisnes decidió prestarme más atención de la que yo deseaba. El hombre que les daba de comer me advirtió que acababa de ser mordido por el ave. No parecía especialmente preocupado, pero la noticia bastó para que yo observara al animal con otros ojos.

Y efectivamente, pocos segundos después el cisne emprendió una marcha decidida en mi dirección.

Sospecho que era el padre de la familia. La hembra permanecía detrás de mí junto a los polluelos, aceptando tranquilamente la comida que le ofrecía el matrimonio, que por cierto conversaba en lo que me pareció ruso o ucraniano. El macho, en cambio, había decidido que mi presencia constituía una amenaza.

Intenté mantener la compostura y sostener mi posición con la misma firmeza que había mostrado frente a las gaviotas. Fue inútil. El cisne avanzaba con esa mezcla de elegancia y determinación que solo poseen ciertos animales cuando consideran que alguien se ha acercado demasiado a sus hijos. A diferencia de mi reciente victoria diplomática frente a las gaviotas, consideré prudente retirarme antes de sufrir las consecuencias. Hay batallas que vale la pena librar y otras que conviene abandonar antes de que el adversario tenga oportunidad de redactar el parte de victoria.

De regreso a casa me reencontré con las simpáticas liebrecillas y volví a fotografiarlas. Mientras lo hacía, algo llamó mi atención. En uno de los edificios cercanos había una única ventana abierta. Una sola. En todo el conjunto de edificios que alcanzaba mi vista era la única ventana abierta aquella tarde. Y precisamente desde allí salían unas voces que, sin proponérselo, estaban poniendo al corriente al vecindario entero sobre algún asunto relacionado con la policía y un aeropuerto.

No tuve que esforzarme demasiado para reconocer el acento. Eran cubanos.

Confieso que sonreí. Entre suecos, árabes, kurdos, africanos, balcánicos y europeos de medio continente, los únicos que tenían la ventana abierta y estaban compartiendo involuntariamente sus asuntos con todo el barrio éramos nosotros. Hay costumbres nacionales que sobreviven a cualquier proceso de integración. Lo curioso es que durante el trayecto al gimnasio ya me había cruzado con otras dos personas hablando español por teléfono. El castellano no es precisamente una lengua que se escuche con frecuencia por estos lados, por lo que la coincidencia me llamó la atención. A veces uno tiene la impresión de que Cuba aparece donde menos se la espera.

Y fue entonces cuando volví a pensar en lo curioso que resulta vivir entre dos mundos. Porque uno nunca deja de ser cubano.

Uno puede aprender sueco, celebrar el midsommar (fiesta tradicional sueca del solsticio de verano), acostumbrarse al salmón, a las largas noches de invierno y hasta entender las complejas normas de reciclaje de este país. Pero basta escuchar una canción de Benny Moré, recordar una sobremesa familiar o imaginar el aroma de un café recién colado para que la isla reaparezca en la memoria como si nunca nos hubiéramos marchado.

Quizás por eso me interesa tanto observar lo que ocurre en este municipio donde vivo. Botkyrka no suele aparecer en las portadas internacionales, pero constituye una especie de laboratorio donde se reflejan muchas de las transformaciones que vive la Suecia contemporánea.

La semana comenzó con la celebración del Día Nacional de Suecia en Hågelbyparken (Parque Hågelby). Allí el municipio dio la bienvenida oficial a más de seiscientos nuevos ciudadanos suecos. Personas llegadas de muy diversos países recibieron sus diplomas y participaron en una ceremonia que buscaba simbolizar su incorporación plena a la sociedad sueca.

Confieso que siempre observo estos actos con cierta emoción. Tal vez porque quienes venimos de sociedades donde la ciudadanía estuvo durante décadas condicionada por la obediencia política apreciamos especialmente los lugares donde se entiende como un vínculo de derechos y deberes y no como una declaración de fidelidad ideológica.

También fue reconocida Samira Lahdou con el Premio Adriana 2026 por su trabajo en favor de los niños y jóvenes del municipio. Son noticias que rara vez llegan a la prensa internacional, pero que ayudan a comprender cómo funciona una sociedad que todavía concede valor al trabajo comunitario y al compromiso cívico.

Sin embargo, bajo la superficie tranquila aparecen preocupaciones reales. El municipio y la policía pusieron en marcha una nueva cooperación conocida como SSPF (modelo de colaboración entre escuela, servicios sociales, policía y actividades de tiempo libre), que reúne a escuelas, servicios sociales, cuerpos policiales y actividades juveniles con el objetivo de detectar tempranamente a menores en riesgo de caer en la delincuencia o en el consumo de drogas. Quienes llevamos años viviendo en Suecia sabemos que este problema existe y que sería absurdo negarlo. Durante demasiado tiempo hubo políticos que prefirieron minimizar determinadas realidades. Hoy las cifras obligan a actuar.

Precisamente esta semana se informó de un aumento significativo en los casos relacionados con menores en situación de riesgo, así como de problemas de salud mental y adicciones entre adultos. Son fenómenos que afectan tanto a suecos como a inmigrantes y que nos recuerdan que la prosperidad económica, por sí sola, no resuelve todos los problemas humanos.

También concluyó el proceso para transferir la gestión de varios centros juveniles a organizaciones externas como Fryshuset (fundación sueca dedicada al trabajo con jóvenes) y Rädda Barnen (Save the Children, organización de protección a la infancia). La decisión responde al deseo de mejorar la calidad y la seguridad de estos espacios en un momento en que el trabajo preventivo con los jóvenes se ha convertido en una prioridad.

En el ámbito educativo hubo una noticia que me pareció especialmente positiva. Por sexto año consecutivo todos los alumnos de primer grado recibieron un libro para leer durante las vacaciones de verano. Pertenezco a una generación de cubanos que descubrió buena parte del mundo a través de los libros. Antes de internet, antes de los teléfonos inteligentes y antes de los algoritmos, estaban las bibliotecas. Quizás por eso me alegra que todavía existan sociedades que sigan apostando por algo tan sencillo y renovador como poner un libro en manos de un niño.

También se anunciaron nuevos programas que combinan el aprendizaje del idioma sueco con formación profesional en construcción y mecánica, buscando facilitar la incorporación de los recién llegados al mercado laboral.

No faltaron las noticias menos agradables. En Alby (localidad del municipio de Botkyrka) aparecieron dos conejos abandonados con signos de maltrato y quemaduras. El caso provocó indignación entre los vecinos y ya fue denunciado a la policía. Algunos dirán que son solo animales. Yo sigo pensando que la forma en que una sociedad trata a los seres más indefensos revela mucho sobre su estado moral.

Mientras tanto, las pruebas de calidad del agua mostraron que cinco de las seis zonas de baño del municipio mantienen niveles excelentes, una buena noticia justo cuando comienzan las actividades estivales y miles de familias se preparan para disfrutar del breve verano sueco.

Pero si Botkyrka refleja los desafíos locales, Suecia entera atraviesa transformaciones todavía más profundas.

La gran discusión nacional gira en torno a la inmigración y la ciudadanía. Entraron en vigor nuevas reglas que endurecen los requisitos para obtener la nacionalidad sueca. Más años de residencia, mayores exigencias económicas y pruebas más rigurosas de idioma y conocimientos cívicos.

Hace apenas una década estas medidas habrían parecido impensables. Hoy cuentan con un respaldo considerable entre la población. Puede gustarnos o no, pero sería un error no comprender lo que está ocurriendo. Suecia está intentando redefinir el equilibrio entre solidaridad e integración después de años de tensiones sociales que muchos prefirieron ignorar.

Al mismo tiempo, el Parlamento ha aprobado medidas que eliminan la posibilidad de residencia permanente para futuros solicitantes de asilo, sustituyéndola por permisos temporales. También se han endurecido las condiciones para los permisos de trabajo.

La seguridad nacional ocupa igualmente un lugar central en el debate público. Durante la semana fueron detectados aviones militares rusos operando cerca del espacio aéreo sueco en el Mar Báltico. Paralelamente, un antiguo consultor vinculado a las Fuerzas Armadas fue acusado de intentar entregar información sensible a Rusia.

Por primera vez en generaciones, Suecia habla abiertamente de rearme, defensa territorial y amenazas militares. La incorporación a la OTAN ha cambiado profundamente la percepción de seguridad del país y las autoridades advierten que la amenaza rusa seguirá siendo un factor importante durante muchos años.

También me llamó la atención otra noticia. Las autoridades sanitarias recomendaron oficialmente que los menores de trece años no dispongan de teléfonos inteligentes propios debido a los riesgos asociados con la adicción digital, los trastornos del sueño y el deterioro de la salud mental. Paralelamente, el gobierno continúa impulsando el regreso de los libros impresos, el papel y la escritura tradicional en las escuelas.

Resulta curioso observar cómo una de las sociedades tecnológicamente más avanzadas del mundo comienza a preguntarse si algunas innovaciones no habrán llegado demasiado lejos.

En la economía, las noticias son mixtas. Aunque el país registró una ligera contracción económica durante el primer trimestre, las previsiones apuntan a una recuperación moderada para finales de año. La inflación permanece relativamente baja y el gobierno espera que el consumo se reactive gradualmente.

Mientras tanto, la selección sueca ultima los preparativos para su debut en la Copa Mundial de Fútbol y la familia real celebró el cincuenta aniversario de bodas del rey Carlos XVI Gustavo y la reina Silvia, una efeméride que recibió amplia cobertura mediática.

Queridos amigos:

Cada semana intento contarles lo que veo desde este rincón del norte de Europa. No para idealizar a Suecia ni para demonizarla. Mucho menos para compararla mecánicamente con Cuba. Las sociedades humanas son demasiado complejas para caber dentro de consignas.

Suecia tiene problemas reales. Algunos graves. Criminalidad, dificultades de integración, crisis de salud mental, incertidumbres económicas y preocupaciones geopolíticas. Pero posee algo extraordinariamente valioso: la capacidad de discutir esos problemas públicamente sin convertir la discrepancia en delito.

Tal vez por eso, cada vez que leo los periódicos suecos, asisto a una reunión municipal o escucho un debate político, recuerdo cuánto daño le hace a una nación cuando el poder pretende monopolizar la verdad.

Mientras termino estas líneas, la tarde vuelve a despejarse sobre el barrio. Las liebres probablemente continúan correteando entre los edificios, las gaviotas siguen patrullando el cielo como si fueran propietarias del barrio y el cisne del lago Alby seguramente continúa convencido de haber defendido exitosamente a su familia frente a un peligroso fotógrafo cubano.

Dentro de unos días llegará el verano sueco de verdad, breve, caliente (al menos en Estocolmo) y luminoso como un visitante que siempre se marcha demasiado pronto. Y yo seguiré aquí, observando, preguntando y escribiendo.

Porque los cubanos hemos aprendido, a veces de la manera más difícil, que comprender la realidad es el primer paso para no convertirnos en prisioneros de las ilusiones.

Un abrazo desde un municipio al sur de Estocolmo, cuando junto a la noche la lluvia vuelve a caer.

Carlos Manuel Estefanía.

Botkyrka, Suecia

14 de junio de 2026.

 

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