Por Carlos M. Estefanía.

Queridos paisanos:
Les escribo una vez más desde Botkyrka, este rincón de Suecia donde la vida me ha colocado como maestro, observador y aprendiz de una realidad muy distinta a la nuestra. Les confieso, con plena convicción, que estas cartas —escritas semana tras semana desde el exilio— podrían algún día servir como pequeñas piezas de un rompecabezas mayor: el de la reconstrucción de una Cuba democrática.
Esta vez les escribo con el corazón particularmente contento. Tras un curso largo e intenso en el instituto donde trabajo, llegó el momento de la tradicional cena de fin de curso con todos los profesores del centro. Para quienes nos dedicamos a la enseñanza, estos encuentros tienen algo de celebración y algo de supervivencia: después de meses corrigiendo exámenes, preparando clases, atendiendo alumnos y lidiando con padres que a veces son buenos y colaborativos, pero otras superan en majadería a sus propios hijos, uno termina necesitando ese instante sencillo de sentarse a la mesa y compartir, sin más, con los colegas.
La actividad tuvo lugar el miércoles 3 de junio en Farsta Gård (Finca de Farsta), una antigua propiedad señorial a las afueras de Estocolmo que me dejó una impresión difícil de olvidar. Como suele pasarme, fue mi sección la encargada de organizarlo todo, lo que me obligó a llegar al mediodía. Sin embargo, ese contratiempo se convirtió en un regalo inesperado: pude conocer el lugar con calma, tomar algunas fotos y almorzar en el restaurante instalado en la casa principal, o más bien en una de las mesas al aire libre junto a su entrada.
El edificio data de finales del siglo XVII, y entrar allí fue como cruzar una puerta hacia otro tiempo. No es solo la arquitectura o los muebles antiguos, sino esa sensación de que las paredes han escuchado demasiadas vidas como para ser simples paredes. Mientras comía algo sencillo pero muy bien preparado —con productos locales— me sorprendía otra vez esa manera sueca de cuidar su historia sin convertirla en propaganda: sin adornarla con discursos grandilocuentes, sin apropiaciones políticas. Aquí el pasado no se usa: se respeta.
La cena estaba programada para las seis de la tarde, una hora que, para cualquier cubano, suena casi como un almuerzo tardío más que como una cena. Llegué con esa mezcla de curiosidad y entusiasmo que uno siente cuando sabe que compartirá con su gente de trabajo en un ambiente distinto. Y debo confesar algo con toda sinceridad: estaba tan deseoso de que comenzara el encuentro que fui de los primeros en sentarme a la mesa.
Esta es la mesa lista en Farsta Gård para la actividad de los maestros del miércoles 3 de junio (unnamed.webp). Lo que ven era un antiguo granero: hoy, transformado en un salón impecable, cálido y acogedor. Comparto esta imagen con mis lectores cubanos como un doble contraste: el de un patrimonio rural que aquí se rescata y dignifica, y el de un respeto social que los educadores merecen. Que esto sea un estándar de libertad, bienestar y derecho: ojalá pronto sea una realidad para nuestros colegas en la Isla.
Bajo aquellas vigas de madera —que parecen sostener más historia que techo— compartimos anécdotas del curso, bromas internas del trabajo y esa complicidad que solo se construye después de un año entero de convivencia profesional. Fue uno de esos momentos sencillos que, sin ser extraordinarios, se quedan en la memoria porque uno siente que pertenece, aunque sea temporalmente, a un lugar.
Así transcurrió la velada entre conversaciones, bebidas y platos generosos que los comensales se servían ellos mismos. Sin darme mucha cuenta, terminé completamente satisfecho: esa sensación tranquila de quien comió bien y compartió mejor. Y como no soy amigo de prolongar demasiado las celebraciones, me retiré relativamente temprano, con la barriga llena y el corazón contento.
Guardo para el recuerdo esta imagen de la increíble cena de fin de curso con mis compañeros de trabajo, donde disfrutamos de un delicioso festín oriental. ¡Que algún día, además de sus derechos humanos, cada uno de mis colegas cubanos pueda disfrutar también de una mesa así de abundante!
Cuando salí aún brillaba el sol sobre los campos que rodean la Finca de Farsta. En esta época del año, eso no dice demasiado: el verano sueco tiene esa peculiaridad casi engañosa de estirar la luz hasta límites difíciles de creer para quien viene del Caribe. A veces uno mira el reloj y no entiende cómo pueden ser las diez u once de la noche mientras el cielo sigue iluminado, como si el día se resistiera a terminar. Es una luz extraña y persistente que obliga a reorganizar el cuerpo y la mente. Y uno acaba entendiendo que los suecos, después de tantos meses de oscuridad, viven el verano como si fuera un regalo que no se puede desperdiciar. Pensándolo bien, los cubanos de a pie entendemos esa urgencia de aprovechar la luz cuando aparece: también nosotros hemos vivido demasiados periodos de espera.
Pero mientras nosotros celebrábamos, la semana en Botkyrka seguía moviéndose con su propia intensidad.
El municipio ha estado en el centro de la atención por un escándalo revelado en el libro Eldsjälarna (Las Almas de Fuego). Allí se denuncia que varios altos funcionarios habrían utilizado alrededor de diez millones de coronas destinadas a programas de prevención de la delincuencia juvenil para financiar actividades completamente ajenas a ese objetivo, incluyendo viajes a Nueva York. La reacción fue inmediata: tres directivos perdieron sus cargos, el municipio tuvo que devolver los fondos al Estado y los medios no dejaron el tema descansar.
Más allá del escándalo en sí, lo que me interesa como observador es lo que ocurre después. Aquí se entiende la diferencia entre una democracia y un sistema que no lo es. No es que la corrupción no exista —existe en todas partes—, sino que aquí puede salir a la luz, investigarse y tener consecuencias reales.
Como respuesta, el municipio ha creado una plataforma llamada Lantero (Linterna), que permite a cualquier ciudadano o trabajador denunciar, de forma anónima, irregularidades o abusos de poder.
Otra noticia de la semana tiene que ver con la preparación ante crisis. El municipio ha decidido invertir cinco millones de coronas en reservas estratégicas para garantizar que la comunidad pueda resistir hasta seis meses sin ayuda externa en caso de guerra o desastres.
Con la llegada del verano, también aparecieron noticias más ligeras: playas con excelente calidad de agua como Slagstabadet (Playa de Slagsta) y Lidabadet (Playa de Lida), programas de empleo juvenil como Ung Jobb (Empleo Joven) y el KAA (Kommunala aktivitetsansvaret, Responsabilidad Municipal de Activación Juvenil), destinado a jóvenes fuera del sistema escolar.
Existen además ayudas sociales como Ekonomiskt bistånd (asistencia económica), Fritidspeng (dinero para actividades infantiles), Hyresgaranti (garantía de alquiler), Bostadstillägg (complemento de vivienda) y Evenemangsbidrag (subsidios culturales). Todo un entramado de protección que intenta evitar que alguien caiga fuera del sistema.
Un ejemplo de esa visión es el campamento musical Från röst till scen (De la voz al escenario), donde la cultura se entiende como cohesión social y no como lujo.
En educación, un profesor fue retirado por malas conductas, mientras otros fueron premiados por su trabajo. En este gremio mío hay de todo. Incluso el ministro Jakob Forssmed, a quien ya he mencionado en otra nota, visitó escuelas para observar métodos basados en actividad física. A ver si un día se aparece en mi instituto y le recuerdo nuestra coparticipación en el Comité pro Premio Nobel de la Paz a Oswaldo Payá; algo de haber continuado, sin duda, le habría salvado la vida. Lamentablemente, fuerzas oscuras frenaron aquella iniciativa: algún día sabremos sus nombres.
En paralelo, el país debate cambios migratorios que endurecen requisitos de residencia, idioma y autosuficiencia. Más de 100 000 personas esperan decisiones que cambian vidas.
Como inmigrante, no puedo ignorar esa incertidumbre. Pero aquí todo se debate públicamente, y eso también es democracia.
Entre todas las noticias de la semana, hubo una que me dejó especialmente pensativo: la celebración del primer Día Nacional contra la Soledad Involuntaria en Suecia. A primera vista podría parecer un gesto simbólico más, pero en realidad revela una de las crisis más profundas del país.
La soledad aquí no es solo emocional, sino estructural. Las investigaciones muestran que afecta al sistema nervioso, al corazón, al sueño y a la memoria. Aumenta el riesgo de depresión, ansiedad, enfermedades cardiovasculares y demencia.
Lo más revelador es que no se trata solo del aislamiento objetivo, sino de la soledad subjetiva: la percepción de no tener vínculos significativos.
Y aparece entonces una paradoja inquietante: personas con redes sociales aparentemente suficientes, pero que se sienten desconectadas, muestran un deterioro cognitivo mayor que quienes viven solas pero no se sienten solas.
Los grupos más vulnerables incluyen ancianos, jóvenes, inmigrantes, personas con discapacidades, desempleados y quienes atraviesan transiciones vitales.
No quiero terminar sin contarles sobre el artículo que publiqué este 6 de junio en el periódico sueco Bulletin Debatt . Mi texto profundiza precisamente en esa tensión entre estructura social y bienestar real. En ese trabajo defendía que, en educación, el problema no es la existencia de la enseñanza de la lengua materna, sino la falsa oposición entre sueco y otras lenguas.
Expuse que la investigación del IFAU (Institutet för arbetsmarknads- och utbildningspolitisk utvärdering, Instituto de Evaluación de Políticas de Mercado Laboral y Educación) y del Skolverket (Agencia Nacional de Educación de Suecia) no muestra efectos negativos del apoyo al idioma materno. Al contrario, la teoría de la interdependencia lingüística de Jim Cummins y los trabajos de Inger Lindberg muestran que los idiomas se refuerzan mutuamente.
También señalé que los datos del SCB (Statistiska centralbyrån, Oficina de Estadística de Suecia) muestran la heterogeneidad del alumnado inmigrante y que muchas estudiantes con origen extranjero obtienen resultados sobresalientes.
Mi propuesta no era eliminar el sistema, sino reformarlo: integrarlo mejor, abrirlo a actores culturales y comunitarios y fortalecer su calidad sin sacrificar el pluralismo lingüístico.
En el fondo, el mismo principio atraviesa todo lo que observo aquí: las sociedades complejas no mejoran eliminando diferencias, sino organizándolas mejor.
Mientras leía todo esto, no pude evitar pensar en lo que sí tenemos nosotros, incluso en medio de nuestras dificultades: la cercanía humana cotidiana, el calor social espontáneo, la conversación como refugio. Esa es una riqueza que no aparece en estadísticas, pero sostiene vidas.
Así transcurre la vida por estas tierras del norte: entre historia, instituciones que funcionan, debates abiertos y una búsqueda constante de equilibrio.
Suecia no es perfecta, pero insiste en mirarse de frente. Desde aquí seguiré escribiéndoles.
Con afecto,
Carlos Manuel Estefanía.
Botkyrka, 7 de junio de 2026.















