EDITO

El ‘atleto’ empapado

Por Zoé Valdés/El Debate.

Oh, esos errores que pasan y estos otros errores que hacen época. El primero se olvida antes del siguiente bloque de publicidad; el segundo inaugura una grieta por la que asoma, como un decorado mal sujeto, toda una concepción del mundo. Así ocurrió aquella tarde luminosa – espero que la ironía no les sorprenda– en la que una periodista deportiva —correcta, sonriente, convenientemente maquillada para la pantalla HD— pronunció con aplomo profesional una palabra inexistente: ‘atleto’.

No fue un tropiezo tímido ni una sílaba resbalada. Fue un atleto dicho con convicción, con esa seguridad que poseen quienes confían ciegamente en el teleprónter metido en su cerebro ignorante o en la piedad ‘wokista’ del directo. Atleto. Masculino. Singular. Un ser nuevo. Tal vez una subespecie. Quizás un concepto refinado del totalitarismo sanchista.

El silencio posterior duró exactamente medio segundo, que en televisión equivale a una confesión completa. Después, supongamos, imaginemos, que el programa siguió adelante, arrastrando el cadáver lingüístico como si nada. El ‘atleto’ quedó allí, respirando en solitario, convertido en meme muermo antes de tocar el suelo.

Pero no nos engañemos: el atleto no nació aquel día. Aquel día fue simplemente su bautismo televisado.

En paralelo –porque siempre hay un paralelo– el país asistía a otra escena digna de diccionario propio. El presidente, quizás debiera escribir el presidento, figura proclive a la solemnidad de manual, decidió comparecer no desde un atril seco, no desde la comodidad ornamental de un despacho nacional, sino empapado, en medio de un bosque, tipo Alicio en el país de las Mierdavilias. Literalmente empapado. Bajo la lluvia. En el barro. Con minuciosas gotas resbalando por el contorno del traje como si la meteorología hubiera sido convocada por su gabinete de imagen.

El plano elegido no fue casual. Nada lo es nunca. Un plano contrapicado, rotundo, heroico, de esos que convierten cualquier charco en destino histórico. La cámara, obediente, miraba hacia arriba; el ‘presidento’, obediente a la cámara, miraba hacia el horizonte impreciso donde suelen habitar las metáforas. La lluvia, profesional, caía con convicción épica. Orson Welles lloraba desde el cielo, tantos contrapicados inventados por él para que lo redujeran a este esperpento.

Orson Welles –ese nombre que siempre aparece cuando el ególatra Ciudadano Kane entra en escena– habría sonreído con una ceja alzada. Ciudadano Kane empieza así: un hombre elevado por el ángulo, reducido por el sentido. Pero aquí no había trineos Rosebud ni bolas de cristal. Había barro. Y barro del bueno, del butin, del presidencial fraudulento.

El ‘atleto presidento’ empapado no se conocían, pero eran familia. Ambos pertenecían a la misma tradición: la del gesto sobredimensionado que confía en la forma porque el fondo llega cansado. Dos cabezas en un mismo cuerpo, enlodado…

Pulse aquí para acceder al sitio y terminar de leer el artículo.

Compartir

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*