Por CubaNuestra.
El reciente anuncio de la joven exiliada cubana Amelia Calzadilla sobre la creación de un supuesto Partido “Liberal Ortodoxo” ha abierto un debate que va mucho más allá de su figura personal. No se trata solo de una iniciativa política más, sino de un síntoma preocupante: la ligereza con la que algunos pretenden reinventar tradiciones políticas sin comprenderlas.
Conviene, sin embargo, partir de los hechos. Amelia Calzadilla Hernández, nacida en 1991, irrumpió en la escena pública en junio de 2022 con un video viral en el que denunciaba las condiciones de vida en Cuba. Hoy vive exiliada en Madrid junto a su familia. Su formación es clara y respetable: licenciada en Lengua Inglesa, con dominio del inglés, el español y conocimientos de francés; su trayectoria laboral en la isla estuvo vinculada al sector estatal, especialmente en áreas de recreación y turismo, y orientada a la traducción. Todo ello configura una base profesional sólida.
A ello se suma su vinculación con jóvenes creadores de iniciativas como Ciudadanía y Libertad, un colectivo de exiliados y activistas dentro de Cuba cuya identidad se protege por razones de seguridad. Se trata, sin duda, de un proyecto noble. Pero una cosa es el activismo —necesario y valiente— y otra muy distinta es la dirección de una estructura partidista, que exige programa, estrategia y organización.
De ahí a liderar un partido político hay un trecho que no se cruza ni con visibilidad mediática ni con indignación legítima. Y esa es la pregunta que no se puede esquivar: ¿en qué momento una experiencia profesional ajena a la gestión política, sin recorrido organizativo conocido ni formación doctrinal acreditada, se convierte en aval suficiente para fundar y dirigir un partido?
Ahí es donde el llamado “Partido Liberal Ortodoxo” empieza a hacer agua incluso antes de zarpar.
Porque conviene empezar por lo esencial: en Cuba, el término “ortodoxo” no es neutro. Remite directamente al legado del Partido Ortodoxo fundado por Eduardo Chibás, una organización con un programa nacionalista, antimperialista y con marcados rasgos sociales. No es casual que de sus filas saliera Fidel Castro. Pretender ahora hibridar esa herencia con el liberalismo sin una explicación doctrinal seria no es una síntesis audaz: es una contradicción sin resolver, una confusión envuelta en etiqueta.
Pero el problema no se queda en el nombre. Es más profundo. ¿Dónde está el programa? ¿Dónde están las propuestas concretas sobre cómo desmontar un sistema totalitario y construir instituciones democráticas? ¿Cuál es la hoja de ruta económica, jurídica, social? Más allá del impulso emocional que la catapultó a la notoriedad, no hay —al menos hasta ahora— un cuerpo de ideas que sostenga el proyecto. La política, por incómodo que resulte decirlo, no se hace a golpe de directo ni se consolida con seguidores.
A esto se añade un elemento particularmente preocupante: la impresión de que buena parte de sus referentes provienen casi exclusivamente del ecosistema de las redes sociales. En sus entrevistas no se percibe un conocimiento profundo del liberalismo, ni de su evolución histórica en Cuba ni en el exilio. Y el liberalismo, conviene recordarlo, no es un hashtag: es una tradición intelectual con raíces, debates y matices que no se improvisan.
Luego está el personalismo, ese viejo vicio que Cuba conoce demasiado bien. El proyecto, tal como se presenta, gira en torno a una figura única. Y eso, en un contexto marcado por décadas de caudillismo, no es una anécdota: es una señal de alerta. Cuando la estructura depende de una persona, no hay partido: hay plataforma personal.
La desconexión con la tradición liberal existente agrava aún más el cuadro. Resulta revelador que, en una entrevista con Juan Manuel Cao, Calzadilla admitiera desconocer la existencia de la Unión Liberal Cubana, impulsada en su momento por Carlos Alberto Montaner. Si ya existe un liberalismo cubano articulado, con años de trayectoria y conexiones internacionales, la pregunta es inevitable: ¿esto busca fortalecerlo o fragmentarlo aún más?
Y aquí conviene detenerse en un punto más profundo. Porque el problema ya no es solo la iniciativa en sí, sino el contexto en el que surge. Introducir lógicas partidistas en un escenario donde no existe un terreno político libre no es prematuro: es potencialmente destructivo. En un sistema que ha sobrevivido precisamente fomentando la división y la confrontación ideológica, replicar ese esquema desde la oposición es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, funcional al poder.
Antes de que exista libertad política, el énfasis debería estar en la construcción de consensos básicos, no en la competencia entre siglas. La proliferación de partidos en el exilio, cada uno con su etiqueta, su liderazgo y su narrativa, corre el riesgo de convertir la lucha por la democracia en un mosaico de proyectos inconexos. Y en ese escenario, el resultado no es pluralismo: es fragmentación.
El riesgo es claro: pasar de una oposición al totalitarismo a múltiples oposiciones entre sí, cada una convencida de su propia superioridad ideológica. Y cuando eso ocurre, el poder no necesita reprimir tanto: la división hace el trabajo por él.
Al final, lo que queda es una sensación difícil de disipar: estamos ante un proyecto que confunde notoriedad con liderazgo, activismo con estrategia y etiquetas con ideas. El llamado “Partido Liberal Ortodoxo” parece, por ahora, un experimento mediático con aspiraciones desmedidas.
Y en política, los experimentos de visibilidad rara vez terminan bien. Terminan en fragmentación, frustración y titulares que, tan rápido como llegaron, se olvidan.
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