Cultura/Educación

La leyenda del judío errante

Por Gloria Chávez Vásquez.

En el año 1228, un obispo armenio visitó Inglaterra para entrevistarse con dos religiosos en el monasterio de St. Albans. Por medio de un intérprete, el prelado oriental dijo conocer a un hombre que decía mantenerse vivo desde la época de la crucifixión de Cristo. Su detallado testimonio está recogido en la Historia Mayor, iniciada por Roger de Wendover y completada (1259) por Matthæus Parisius. El escrito aparece también en el Anecdotario de Étienne de Bourbon y se menciona en forma de balada en las Reliquias de Percy.

Los orígenes 

Con los siglos, el cuento popular pasó del mito a la leyenda, reinterpretado por diferentes culturas, con variaciones en el nombre y el carácter del personaje. Un médico y prelado de nombre Paulus de Eizen (1522-1598) abrió las puertas del misterio con el seudónimo Crisóstomo Duduläus Westphalus: Lo que ahora los hombres sensatos pensarán de todo esto, se lo dejo a sí mismos. La providencia de Dios es maravillosa, inescrutable, inexplicable; Con el tiempo, lo será más; y solo se nos revelará en el último día.

La leyenda cobró fuerza en 1547, cuando un individuo, que decía ser contemporáneo del Salvador, apareció en Europa. Tenía la apariencia de un hebreo llegado de Jerusalén, reverente y atento a la palabra de Dios, vistiendo humildemente, que hablaba el idioma de los lugares por donde pasaba. Mucha gente acudió para verlo y escucharlo, en la creencia de que era la señal de algo maravilloso.

En 1575 dos embajadores alemanes que fueron enviados a la Corte Real de España y a los Países Bajos, para pagar a los soldados que servían en el ejército real, aseguraron haber dialogado con el vagabundo. En la semana santa de 1599, se reportó que el “sabio peregrino” estaba en Viena, camino a Moscú. Dos años más tarde muchas personas lo vieron y hablaron con él en Polonia. Por esa misma época aparece una crónica con el título de La maravillosa historia del judío errante, que ha vagado solo desde el año 33.

Nicolas Heldvaler reportaba que, un personaje de nombre Asuero había sido visto por esos días en Beauvais, rodeado de un grupo de niños, hablando de la Pasión de Cristo. En Burdeos, Francia (1609), aparece publicada La verdadera historia del judío errante sacada de sus propios labios. En 1645 se publica en Augsburgo, la versión en alemán de El extraño informe de un judío que afirma haber estado presente en la crucifixión y haber sido mantenido con vida desde entonces.               

         ¿Verdad o mito?

Corría el año 33 AD. Un judío de 30 años, cuyo nombre romano era Cartáfilo trabajaba como zapatero y aparte era el portero o Ujier del Tribunal de Juicio donde se juzgaban todas las causas criminales. Jesús de Nazareth acababa de ser condenado por Poncio Pilatos.

En el momento de la crucifixión, Cartáfilo residía en Jerusalén y, como otros judíos, consideraba que Cristo era un hereje. Poco después de que Pilatos pronunciara la sentencia y sabiendo que Jesús sería guiado por ese camino, Cartáfilo, volvió a su casa y dijo a todos que podrían ver pasar a Jesús y saber qué clase de hombre era. Justo cuando Jesús pasaba por su calle, Cartáfilo tomó a su hijo en brazos y se plantó ante su propia puerta.

Cristo, que llevaba una cruz muy pesada sobre sus hombros, se detuvo, fatigado, para apoyarse en la pared y pedir agua. Lleno de ira, Cartáfilo lo golpeó, lo insultó y le gritó que siguiera su destino. Cristo le cuestionó débilmente con los ojos. Pero antes de seguir arrastrando la cruz le predijo a su abusador: Yo estaré allí y pronto descansaré, ¡pero tú erraras hasta el último día! Al escuchar estas palabras, el hombre dejó al niño en el suelo y fue tras Jesús para verlo morir en la cruz. Lo que vio lo dejó muy arrepentido y lleno de culpa. Tanto así que no regresó más a su casa. Jamás volvió a ver a su esposa e hijo. Desde entonces, se dedicó a vagar por el mundo.

El judío “inmortal”

Aquel hombre conocía todos los hechos ocurridos desde entonces. Contaba aún más de lo que se sabía a través de evangelistas e historiadores y luego narraba con lujo de detalles la vida, sufrimiento y muerte de los Apóstoles. Bautizado por Ananías (quien bautizó a Pablo) había adoptado el nombre cristiano de José.

Según su relato, estuvo en Roma cuando Nerón prendió fuego a la ciudad. Muchos años después, fue testigo del regreso de Saladino de sus conquistas en Oriente. Recordaba pasajes de la vida de Solimán el Magnífico, de los que no habla la historia tradicional y contaba que estaba en Constantinopla cuando Solimán construyó la mezquita real que lleva su nombre. Tenía memorias de los antiguos califas de Babilonia y Egipto, del imperio de los sarracenos y las guerras en Tierra Santa. Exaltaba, además, el valor y la conducta del célebre Godfrey de Bouillon, durante las cruzadas.

Añadía el viajero, que en la Edad Media había vivido entre eminentes cristianos en Armenia como un hombre santo. Los que le habían visto en persona decían que nunca sonreía, y a veces lloraba. “Espera el perdón final, y está muy arrepentido”.

A mediados del s. XVII se le vio en Hamburgo, en una iglesia, colocado cerca del presbiterio. “Era un hombre de unos 50 años, muy alto, de pelo largo, descalzo que vestía pantalones raídos, y un abrigo atado con un cordón que caía hasta sus pies. Escuchaba el sermón con gran atención; y cuando se mencionaba el nombre de Jesús, se golpeaba el pecho y suspiraba. La gente de la nobleza vio maravillada a este hombre en Inglaterra, Francia, Italia, Hungría, Persia, España, Polonia, Moscú, Suecia, Dinamarca, Escocia, y otras regiones.

Un invierno, un doctor le preguntó de dónde venía y cuánto tiempo llevaba allí. El errante contestó humildemente que era judío, nacido en Jerusalén. Durante la destrucción de Jerusalén, se encontraba en la corte de Vespasiano en Roma. Cuando el emperador supo que el Templo de Salomón había sido reducido a cenizas, le escuchó decir: “mejor hubieran incendiado a toda Roma”. Pasaron muchos años antes de que regresara a Jerusalén. No reconoció la ciudad. No quedaba ni rastro de su antigua magnificencia.

En su Historiarium sui Temporis Libri, Leiden (1619) Julius Cæsar Bulenger anotó:  Dice llamarse Michob Ader y haber vivido más de mil seiscientos años. Le llaman el Judío Errante. Su vida es muy tranquila y reservada. No habla mucho, y solo cuando le hacen una pregunta. Cuando le invitan a una casa, come y bebe muy poco. No permanece mucho tiempo en un mismo sitio. No acepta limosna pues dice que como penitente, Dios le provee.

Eizen (alias Duduläus) corroboró en detalle cada acontecimiento ocurrido en los países orientales tras el nacimiento y crucifixión de Cristo. “Un día conversamos en varios idiomas; y era fluente en todos ellos. Conversábamos en árabe cuando le pregunté qué pensaba de Mahoma, el Profeta y Legislador de los musulmanes. Respondió que conocía muy bien a su padre y que había estado en su compañía en Ormus, en Persia; que Maomet era un hombre espiritual, pero cometía errores como todos los mortales, porque su idea era negar la crucifixión del Mesías. Pero, dijo él, “Yo estaba presente y le vi clavado en la cruz”.

Quienes vieron al Judío Errante durante las diferentes épocas, afirmaban haberle visto curar enfermos. “Cada vez que cumple cien años, el judío se desmaya. Cuando se recupera, se encuentra tan joven como cuando ofendió a Cristo”. Al parecer asumía otro nombre y nueva identidad. O se habla de sus reencarnaciones. “Ha escapado a la vista de los Inquisidores en Roma, España y Portugal, lo cual no deja de ser un milagro. Por su aspecto”, decía Eizen, “uno pensaría que es una reliquia del Viejo Mundo, o uno de los padres longevos antes del Diluvio”. Muchos otros lo veían como un impostor o como loco.

El errante moderno

Muchas versiones o análisis del mito del Judío Errante se han publicado periódicamente desde entonces. Nadie lo ve, pero lo imaginan. El tema no deja de seducir a un mundo obsesionado con los misterios. El continuo resurgimiento de la leyenda revela la animadversión al pueblo judío que desemboca en las diásporas y holocaustos en las que los aposentos judíos son invadidos bajo rumores de que ocultan a su liberador, sea el Mesias o el Judío Errante.

La leyenda del Judío Errante se ha convertido en una alegoría de la culpa colectiva del pueblo judío por la muerte de Cristo y, paradójicamente, como una manera de justificar el antisemitismo.

Gloria Chávez Vásquez escritora, periodista y educadora reside en Estados Unidos.

 

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