Por Grethel Delgado/Diario Las Américas.
A la Caracas de Zoé. A mi Catia, La Hoyada y Sabana Grande. A la abuela irlandesa de Zoé. A mi tatarabuela irlandesa. A nuestra Dulce María Loynaz y a la poesía.
MIAMI.- ¿Qué puedo decir que no haya escrito magistralmente Dulce María Loynaz al describir la poesía de Zoé Valdés? “En el poema alcanza Ud. eso que llaman levitación, extraña facultad solo dispensada a los místicos y a los poetas, y acaso a los epilépticos que son seres fuera de serie, con un pie aquí y otro acá…”, escribió Loynaz.
Y dijo más: “Ya ve Zoé, como Ud. y yo, partiendo de tan distintos puntos, hemos enderezado el rumbo hacia la misma meta: la muerte, la misteriosa y fascinadora muerte que tanto se parece al amor”.
El poemario de Valdés, Las niñas duermen del otro lado, acaba de salir de imprenta y llega a mis manos desde París, con un precioso “merci” en el recibo de compra. Es una edición bilingüe (español y francés), de la Editorial ZV Lunáticas. En la contraportada, Gilles Jacob dice tan bellamente sobre ella: “Habiendo vivido la vida que describes y atravesado acontecimientos tan dramáticos, tu mirada refleja una profunda humanidad”.
Lo primero que hago es poner el libro en mi mesa de noche, porque la obra de Ramón Unzueta que adorna la portada bien vale un pequeño pedestal nocturno. La pieza se titula Levitando. Sobre un fondo azul, azul inmensidad, de mar, de cielo limpio, una muchacha leve y con flores en el pelo, pero de mirada brutalmente inquieta, no puede esconder el caos que guarda ese pequeño pecho. Viste de blanco, como si fuera a casarse, como si lo deseara o como si regresara de una blanca prisión; feliz, o acaso más triste que sus pies descalzos. Unzueta tenía el don de las ubicuidades y de la polisemia. Zoé eligió una pieza que es, en su color y gesto, el primer poema del libro.
El libro va de mi mesa de noche a la cama, al lado izquierdo de una cama invadida por gatos. Zoé me clava los ojos desde este libro, con su mirada vikinga, su salvaje libertad que hiere a los débiles y alimenta a quienes llevan luz, como Martí, y a veces se quedan plácidamente solos. Aquí está, viva, muy viva, la poeta, la hembra de piernas fuertes que susurra versos, la pitonisa, la belleza.
Las niñas duermen del otro lado es un poemario viajero, escrito con trozos de memoria y heridas entre Cuba, Haití, Venezuela y Francia; un libro que aterriza en Miami con recados de otros tiempos, que, ahora, ahora mismo, terminado de leer en el último día del primer mes del año, cuando se espera más frío del que ha habido en 15 años, me trae secretos y hallazgos.
En Caracas ama y se deja amar. Caracas “es una ciudad que cabe en un pétalo” y en un poema tan redondo como el infinito. En Haití encuentra lo vivo. En Francia comienza a entender mejor lo cubano desde lo extranjero. Y en Cuba, bueno, en la isla “se acabaron las flores en 1959”.
Pero más allá de la trashumancia, el poemario es un bestiario de amores, de hombres que parecen puestos en el camino solo para escribirles un poema y partir, “porque ella ha creído siempre / en la pureza de las despedidas”. Cazadora de imágenes, Zoé nos revela en sus poemas su instinto de seducción. “De noche en verdad yo buscaba a alguien / que estuviera dispuesto”, escribe, como reflejo de su intensa vida, hurgando en el “azogue desleído”.
La poeta nos enseña a vivir, a tener hambre, a clavarle las uñas al tiempo para que aminore el paso. Aprendemos, también, que “a los poetas serios les corre / un hilillo de sangre del hueco que les dejó / una bala en la sien”.
Después de tantos viajes, de tantos cuerpos y tantos poemas, la niña que es Zoé llega siempre a su propio puerto “nutrida de soledades”. En esa compañía de silencios, como un centenar de almohadas en la habitación, la poeta mide travesías y recoge en su diario las conquistas de una cazadora voraz: imágenes urgentes, vitales.
Antes dije niña, y Unzueta pintó muchas: mágicas, de ojos tristísimos, brujos también, como la niña de la portada de este libro, donde Zoé le escribe a la niña que fue. Escribe desde el asombro de ser niña, esa que llega sola a lo desconocido, curtida de exilios, y que duerme apretando su corazón. “Desde niña me trepo a los árboles / y raspo mi sexo con sus cortezas”, escribe en uno de sus poemas.
La mujer “que duerme del lado contrario al que duermen las niñas buenas” sigue siendo esa niña indócil. “Mi abuela me regañaba / ‘no vayas por esa acera / es la del sol’ / Pero yo iba buscando el sol”, recuerda, con agudeza en el hecho, que no en el tiempo en sí: “Hoy creo que cumplo 33 años / y se me ha muerto el hombre de mi vida”.
Este libro es como toparse con un tesoro, uno inesperado, pero necesario, como la mejor respuesta. Sabe muy bien la escritora que hay almas atribuladas que solo en el lenguaje encuentran sosiego. Aquí, si se busca bien, pueden estar todas las respuestas, todas las memorias: “Existe un parque infinito / donde se juega a memorizar / la infancia / Es el parque del exilio”.















