Por Carlos M. Estefanía.
Estimados lectores:
Les cuento que la nieve está desapareciendo y el lago Alby, que me brinda paz al salir al balcón, se ha convertido en un espejo. Sin embargo, eso no impide que algunos temerarios se atrevan a estar sobre sus hielos, supongo que pescando.
Vivir en Suecia siendo cubano es como habitar un ensayo permanente de un país posible. Nada es perfecto —y quien te presente a Suecia como un paraíso te está mintiendo—, pero aquí los problemas tienen una virtud rara: se expresan. No diré que siempre, pero sí con frecuencia, se comentan en voz alta. Cuando la prensa lo considera pertinente, se discuten sin miedo y, a veces, se corrigen. En Cuba, los problemas, salvo que se trate de trivialidades como la conducta del bodeguero o un bache en la esquina, no se expresan; se susurran. Y si se susurran demasiado alto, te etiquetan primero de conflictivo, luego de gusano, y te hacen la vida —como diríamos en la isla— «un queso».
Esta semana, desde Botkyrka —ese municipio al sur de Estocolmo donde vivo y del que ya les he hablado— me volvió a servir como aula práctica para observar cómo funciona una democracia local cuando no vive de la épica, sino de la gestión cotidiana.
El gobierno municipal decidió bajar ligeramente el impuesto local: 15 öre por cada 100 coronas suecas. Es una rebaja mínima, casi simbólica, pero políticamente el gesto es significativo: aquí no se reducen impuestos para quedar bien en un mitin, sino cuando las cuentas lo permiten. Al mismo tiempo, se mantuvo un presupuesto de 30 millones de coronas para seguridad: más iluminación en áreas problemáticas, cámaras en espacios públicos, programas para jóvenes en riesgo y cooperación con la policía. En Suecia, la seguridad no es solo cuestión de policía: es trabajo social, educación y prevención. En Cuba, demasiadas veces, “seguridad” equivale a vigilar al ciudadano y no a protegerlo del delito real que representa la gran corrupción y la desidia administrativa del gobierno.
El conflicto por las viviendas LSS volvió a mostrar cómo funciona la presión ciudadana. Las LSS son residencias para personas con discapacidad que no pueden vivir solas. El municipio propuso aumentar los alquileres; las familias protestaron; las asociaciones reaccionaron; los medios locales abrieron espacio al debate. Resultado: el gobierno municipal dio marcha atrás y anunció que revisará el modelo de financiación. Esto, para un cubano, es casi ciencia ficción política: aquí el poder puede equivocarse… y admitirlo en público.
Este tema de las viviendas tiene dos caras: por un lado, es beneficioso si no tienen quien les cuide; por otro, debilita la responsabilidad de sus familiares cercanos, siempre confiados en que vendrá el Papá Municipio a sacarles las castañas del fuego. Y si alguien sabe cómo la burocracia que controla lo público puede convertirse en un ente desalmado, ese es el cubano, que llega a cualquier parte del mundo como un gato escaldado, gracias a su experiencia en el estado que deja atrás.
En Tullinge se propuso cerrar una guardería por falta de niños: la mitad de las plazas estaban vacías. La decisión no se tomó a escondidas: se discutió con los padres, se explicaron los costos, se presentaron alternativas para reubicar a los pequeños y se garantizó apoyo al personal afectado. Aquí no se mantienen estructuras solo para sostener un relato triunfalista. En Cuba, en cambio, se sostiene el discurso, aunque los edificios se caigan.
Debo señalar que el cierre de guarderías responde a una crisis poblacional preocupante: no nacen suficientes niños, ni siquiera en los barrios con abundancia de extranjeros. Hasta hace poco, eran las madres de ese sector quienes frenaban la caída de la natalidad en Suecia. Y la situación no queda ahí; se cierran o unifican los institutos universitarios. Mientras unos maestros quedan sin trabajo, los que sobreviven deben enseñar en aulas con grupos de 30 alumnos o más, algo que no es lo más práctico desde la perspectiva de la enseñanza. Paradójicamente, en Cuba tenemos un problema similar de natalidad. No sé cómo estarán sus aulas desde que me fui en 1993; espero que no haya tantos alumnos como aquí. Y si los hay, tendremos que reducir sus números y no cometer el error que veo en esta parte del mundo.
La semana también tuvo su lado oscuro. En el metro de Estocolmo, se reportaron varios robos cometidos por menores de edad. No se ocultó el problema: la policía lo comunicó, los medios lo analizaron y los políticos discutieron medidas preventivas. Hubo un caso de violencia doméstica presenciado por niños que activó de inmediato a los servicios sociales. En Suecia, cuando hay menores en peligro, el Estado no mira hacia otro lado en nombre de la “familia”. A veces, esto puede llevar a excesos: un castigo físico o psicológico, algo habitual en otras culturas, aquí se considera un delito, y con gran facilidad pueden quitarte la custodia del niño. Recuerdo haber visto a una compatriota golpeando a su hijo en el metro por alguna travesura. Seguramente era una recién llegada. Le advertí sobre las consecuencias que podría traerle hacer eso en público y ella me respondió que a nadie podía quitarle su hijo. La pobre, cuánto mal informada estaba. Espero que haya tenido suerte. No estamos en Cuba, donde el maltrato, leve o exagerado, al menos en mi tiempo, quedaba sepultado bajo el silencio del hogar.
En otro orden de cosas, un incendio en un edificio, provocado por negligencia doméstica —una cocina mal apagada— terminó con varias familias evacuadas. Esto dio pie a una campaña municipal para revisar los detectores de humo en viviendas sociales. Esto es política de lo pequeño: prevenir tragedias antes de que se conviertan en épicas funerarias. Una vez ocurrió algo similar en mi edificio; fue un inconveniente por las horas que debí esperar antes de poder entrar a casa, exhausto del trabajo. Por suerte, fue en otro piso y no me afectó en lo material. En otra ocasión, sonó la alarma y tuve que salir de casa a esperar a los bomberos. No sé en qué lugar tendrán la cabeza estas personas incendiarias.
A nivel nacional, Suecia sigue tomándose en serio su seguridad en el mar Báltico. La isla de Gotland sigue militarmente reforzada, porque es una pieza estratégica: quien controla Gotland controla buena parte del tráfico aéreo y marítimo de la región. Tras la guerra en Ucrania, el país dejó atrás la ingenua neutralidad y comenzó a planificar escenarios reales de conflicto: drones, sabotajes de infraestructuras, ciberataques. No es paranoia: es prevención. Yo, que vengo de un país donde los apagones son rutina en “tiempos de paz”, miro esta previsión con una mezcla de respeto y tristeza.
También se presentó una Estrategia Nacional de Resiliencia: planes concretos para que la electricidad, el agua, los hospitales y el transporte sigan funcionando incluso en crisis graves. La resiliencia, aquí, no es romanticismo del sacrificio: es inversión en sistemas de respaldo, redes más seguras y protocolos claros. En Cuba, la resiliencia es que el pueblo aguante; el Estado lo llama heroísmo y se queda tranquilo.
En la memoria colectiva volvió a aparecer el nombre de Olof Palme, el primer ministro asesinado en 1986. Suecia no convirtió ese crimen en mito redentor: lo recuerda como una herida abierta, una advertencia de que ninguna democracia está blindada contra la violencia política.
En la televisión pública se emitió «Antikrundan» desde Hågelbyparken, aquí mismo en Botkyrka. Es un programa donde la gente lleva objetos viejos para que expertos les cuenten su historia y su valor. Para mí, esto sigue siendo un símbolo poderoso: hay países donde la televisión pública se dedica a cuidar la memoria cotidiana de la gente común, no a repetir consignas ni a fabricar héroes oficiales.
Mientras tanto, continúan los diálogos ciudadanos en barrios golpeados por las pandillas: vecinos, trabajadores sociales y policía sentados a la misma mesa, señalando esquinas peligrosas, parques oscuros y escuelas en riesgo. No hay épica. Hay actas, presupuestos, seguimiento. Aburrido. Democrático.
No escribo esto para idealizar Suecia ni para denigrar a Cuba. Lo escribo como exiliado que observa, compara y toma notas para un futuro que todavía no existe. Extrañar a Cuba no es vivir de la nostalgia; es entrenar la mirada para que, cuando tengamos país otra vez, no nos deslumbre la épica, sino la rutina decente. Y seguir escribiendo desde aquí —desde Botkyrka, sí— como quien guarda herramientas para el día del regreso.
Con aprecio,
Carlos M. Estefanía, tu cronista del norte.
















