Por Gloria Chávez Vásquez.
“Sepulturero, es hermoso contemplar las ruinas de las ciudades,
pero es más hermoso todavía contemplar las ruinas de los hombres.”
Conde De Lautréamont.
San Esteban, patrono del cementerio, llegó aquel día a las afueras de mi ciudad natal, etapa final en su reporte al Comité espiritual que supervisa los lugares sagrados en este y otros mundos. Como periodista at large me ofrecí a acompañarlo a su reunión con el sindicato y escuchar las quejas de los sepulturerospor la manera descuidada y en ocasiones despiadada con que se trata, a los lugares de descanso eterno y con ellos a las almas de los difuntos.

Desde que se les había desplazado del cementerio frente a Nuestra Señora del Carmen, las ánimas no salían del purgatorio, pues estaban muy enojadas. Para colmo de males, un terremoto había destruido su iglesia y pasaban los años y nada que la reconstruían. Las administraciones de turno, daban preferencia a erigir en masa viviendas para los vivos (más lucrativas), menospreciando la honra que deben a los espíritus.
—¡Los muertos ya no ameritan tumbas ni mausoleos! —lamentó el santo. Y puso de ejemplo a Théophile Gautier (uno de sus escritores preferidos), sobre la importancia de restituir el respeto a los lugares sagrados y por ende al del descanso de las almas:
En el desierto del tiempo, Dios ha dispuesto, a manera de oasis para vuestro descanso, los cementerios. Acostaos en ellos y dormid, viajeros desalentados.
—¡Y os preguntáis porque el mundo anda enloquecido! —exclamó— ilustrando con elocuencia: —Desde que muchos se dedican a negar a Dios y al mundo espiritual, los espíritus del mal se complacen en manipular la conciencia y actos de la gente. A riesgo de incurrir en el karma o la ira de Dios, los ladrones, santeros, brujos y satanistas profanan a su antojo, los templos y los cementerios. Los ateos no creen que los buenos espíritus necesitan de la paz y del reposo para interceder por los vivos. Y aunque los espíritus en el cielo comunican sus mensajes, ¡nadie quiere oírlos!

—Los lideres laicos y religiosos —dijo haciendo eco de la queja del sindicato de los enterradores— están tan sordos como el resto del mundo y son los primeros en eliminar los cementerios tradicionales y en cerrar las puertas del refugio espiritual que es la Iglesia. Le arrebatan el protagonismo a Dios y subestiman a las huestes celestiales. Los humanos no quieren admitir que son mortales y cada vez más se añaden a los profanadores. ¡Hay dolientes que roban las flores a otras tumbas! Los contratistas construyen sobre la tierra sacra de los cementerios abandonados. Los inversionistas se apoderan del terreno para construir proyectos, en los que utilizan más arena que cemento, y la endeble arquitectura, irónicamente, ¡contribuye a aumentar el número de fallecidos durante los terremotos!
Hasta no hace mucho, un sepulchretum o coemeterium era un lugar sagrado —recordó el mártir al reducido público—idealmente situado al lado o al frente de una iglesia. Un camposanto consagrado como morada para los cuerpos de las almas que esperaban la resurrección. No olviden la devoción con que los egipcios y otras civilizaciones, enterraban a sus muertos. Cabe recordar también que, perseguidos, los primeros cristianos se vieron obligados a preservar los restos de sus seres queridos en las catacumbas.
—Obviamente los cristianos no han sido los únicos en tener problemas con sus cementerios. Cuando se promulgó el edicto expulsando de España a los judíos en 1492, los conversos tuvieron que sacrificar todos sus símbolos y raíces religiosas, incluyendo sinagogas y cementerios. Y mientras los conquistadores veían con sus propios ojos, como los Aztecas y otras tribus veneraban el espíritu de sus antepasados, ellos construían iglesias y sepulcros sobre templos y tumbas indígenas.

San Esteban hizo una pausa para ponderar si sus palabras estaban teniendo algún efecto en la mente escéptica de estos mortales. Respirando hondo reanudó el recuento de su historia: —Las almas en el recinto celestial vieron con horror, el sacrilegio cometido por Napoleón cuando invadió a España (1808-1813). Sus tropas convirtieron en caballerizas, los templos, iglesias, sinagogas y mezquitas.
Y desde que, pretextando higiene y seguridad, los cementerios se fueron desplazando a las afueras de las urbes y alejados de catedrales e iglesias, las ciudades se han convertido en lugares mas hostiles no solo para las almas de los vivos sino para las de los muertos.
En Francia, verbigracia, el cementerio judío de Quatzenheim que data del año 1795, fue asaltado y profanadopor hordas antisemitas en la localidad cercana a Estrasburgo, en 2019. Y eso que ese día se celebraban marchas y actos contra el antisemitismo en todo el país.

En Colombia, a principios de 2023 un grupo de muchachos que asistían a un entierro en un cementerio de la ciudad de Cali, se dedicaron a profanar una cripta ajena cuando terminó el servicio.
El enviado especial hizo otra pausa para exaltar la cita del autor alemán Günter Grass quien en vida manifestó respeto por los cementerios:
Bien mantenidos, libres de ambigüedad, son lógicos, viriles, y están vivos.
Y a esta agregó la poética visión de W. Shakespeare, el bardo que demostró su sensibilidad en el verso por el camposanto:
“Ahora es el momento de la noche en que los sepulcros, abiertas sus losas,
dejan escapar sus espíritus, que se deslizan por las sendas del cementerio.”
Las palabras de San Esteban me recordaron a otros dos escritores que exploraron el misterio de tumbas y sepulcros: Edgar Allan Poe y H.P. Lovecraft.
La extraña casa de piedra en la ladera —escribió Lovecraft en El Alquimista (1916) —representaba para mí una fuente de interés y especulaciones; y su interior frío y húmedo, dentro del que vanamente trataba de ojear a través de la abertura tan incitantemente dispuesta, no tenía para mí connotaciones de muerte o decadencia.
—En España —espetó el avatar retomando su discurso— el ayuntamiento de Barcelona derribó 1.500 tumbas para abrir una explanada donde esparcir las cenizas de las incineraciones. En el resto de Europa, los terroristas musulmanes no contentos con masacrar gente, profanan tumbas y se ensañan con los muertos y las iglesias, como queriendo matar al Dios de los cristianos. Los muertos en el viejo continente, son poco menos que cenizas.
Después de escuchar a San Esteban, el líder del sindicato se refirió a nuestra ciudad avergonzado: —Esta tierra, que se expandió en una meseta limitada, ahora ha escogido crecer hacia arriba como Hong Kong. Ignorando la infraestructura y los riesgos sísmicos, un mal día en los 70s sus planificadores decidieron despojar a los muertos de su cementerio, para construir sobre el camposanto una terminal de autobuses.
Uno de los enterradores levantó la mano y se atrevió a decir: —Perdone santidad, pero este es una región en donde todavía se disputan a los muertos según su alcurnia y a la hora de la verdad no saben cómo disponer de sus restos o cenizas.
—¡Eso no es nada! — comentó uno de los sepultureros allí presentes, convencido de la importancia de ese dato —¡La capilla del colegio de Nuestra Señora del Rosario la convirtieron en parqueadero de motos!
—¡Ánimas benditas! —exclamó el santo mientras se persignaba.
Al finalizar la bendita reunión, se me ocurrió traer a colación una película de horror producida por los estadounidenses en 2007, en la que toma lugar el siguiente diálogo:
—¿Qué haces con la llave del cementerio?
— Soy el dueño.
—¿Dueño de un cementerio?
—Si. Es bueno invertir en cosas que la gente no puede evitar. ¿Agua y cementerios? Apuestas seguras.
—¡Mr. Brooks! —respondió adelantando el título con desánimo, el santo patrón.
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Gloria Chávez Vasquez escritora, periodista y educadora reside en Estados Unidos.















