Por Carlos Manuel Estefanía.
En días recientes, llegaron a mis manos unos documentos compartidos en una lista de discusión centrada en el Perú. El remitente, Carlos Franco Pacheco —fundador del Frente Nacional en Defensa de la Dignidad y Soberanía— los dirigía a otro participante del foro, Eloy Villacrez (Carlos Gonzáles), acompañándolos con una nota cargada de sentido:
“La guerra que se debe ganar es la que nos enfrenta contra la indigencia, la victoria que el país merece es la de construir una sociedad de iguales en el derecho, el triunfo que debemos buscar es terminar con toda forma de discriminación…”
Acto seguido, recomendaba la lectura de los textos adjuntos.
Las palabras resonaban como un eco del pasado, pero también como una invitación a pensar en el porvenir. Los documentos —una copia del Tratado de Ancón (1883), un ensayo titulado La defensa de Lima, y el manifiesto fundacional de la Asociación Patriótica por la Recuperación de Arica y Tacna— destilan una visión nacionalista, dolida, pero también profundamente comprometida con la dignidad del pueblo peruano.
No pude evitar leerlos con respeto y empatía, pero también con la convicción de que urge repensar estas heridas a la luz de una mirada más amplia: la de la reunificación cultural de los pueblos de la Iberosfera.
Ancón: el tratado que aún duele
El Tratado de Ancón puso fin, en el papel, a la Guerra del Pacífico. Fue firmado en 1883 entre Perú y Chile, y desde su primer artículo proclama la paz y la amistad entre ambos países. Sin embargo, esa misma página encierra una paradoja: a cambio de esa paz, el Perú renunció a Tarapacá, mientras Tacna y Arica quedaban bajo ocupación chilena. La amistad firmada sobre la base de la derrota no fue suficiente para cicatrizar la herida.
Franco Pacheco lo denuncia con claridad: todavía hoy, sectores del poder en Perú evitan hablar del tema. Por eso rescatar el texto del tratado no es un mero ejercicio académico, sino un gesto político, una llamada a revisar críticamente el relato de aquella guerra y sus secuelas.
La defensa de Lima: resistencia desde abajo
El segundo documento, La defensa de Lima, reconstruye con notable detalle las jornadas trágicas de San Juan y Miraflores. Allí no solo se repasa el curso de la batalla, sino que se rescata a los verdaderos protagonistas de la resistencia: los sectores populares limeños. Frente a la pasividad de las élites, emerge un pueblo que luchó por su ciudad y por su dignidad.
El ensayo también denuncia el saqueo patrimonial llevado a cabo por las tropas invasoras, un episodio poco comentado en la historia oficial. La ocupación de Lima no fue solo una derrota militar: fue una humillación cultural. Y el texto lo deja claro.

Arica y Tacna: entre la memoria y el símbolo
El manifiesto de la Asociación Patriótica por la Recuperación de Arica y Tacna adopta un tono más militante. Pero no aboga por el revanchismo armado, sino por una restitución simbólica. Se trata de reclamar esos territorios para la memoria nacional, no necesariamente para la cartografía.
La denuncia va dirigida al olvido oficial, a la indiferencia de las autoridades, a la necesidad de construir un relato soberanista que devuelva a esos espacios su lugar en la conciencia colectiva. Este tipo de nacionalismo —cuando se mantiene en el plano ético y cultural— no solo es legítimo: es necesario.
La Iberosfera como alternativa
Pero hay una trampa en todo esto: quedarnos encerrados en la lógica del agravio. Como hispanoamericano, no puedo ignorar que el drama de Perú no es un caso aislado. La historia de nuestra región está plagada de guerras entre naciones hermanas: la del Chaco, la de la Triple Alianza, la propia Guerra del Pacífico.
Estos conflictos, más que inevitables, fueron inducidos. Las potencias extranjeras supieron aprovechar nuestras fracturas para dividirnos y dominarnos. Desde el siglo XIX, la balcanización ha sido nuestra condena.
Frente a ese horizonte, propongo una reflexión distinta: ¿y si el camino no está en reclamar lo perdido, sino en reconstruir lo compartido? Es aquí donde cobra sentido el concepto de Iberoesfera.
Lejos de ser un proyecto imperial, la Iberoesfera es una comunidad cultural que agrupa a los pueblos que comparten herencias ibéricas: el español, el portugués, el mestizaje como principio y una historia de luces y sombras común.
Hablamos de una realidad que incluye:
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En América: a los países hispanoamericanos y al Brasil lusófono.
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En Europa: a España y Portugal, con sus regiones diversas.
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En África: desde Guinea Ecuatorial hasta Angola y Mozambique.
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En Asia: a Timor Oriental, Macao y las huellas hispánicas de Filipinas.
Este espacio no necesita ejércitos ni fronteras. Lo que requiere es una narrativa común, una estrategia de cooperación, una diplomacia cultural que contrarreste el modelo global impuesto desde fuera. La Iberoesfera puede ser una herramienta de soberanía compartida, de defensa de nuestras particularidades frente a las imposiciones ajenas.
Cerrar heridas, abrir caminos
Los textos que me envió Franco Pacheco son un grito desde el corazón del Perú herido. Pero también pueden leerse como parte de un clamor mayor: el de millones que han sufrido las consecuencias de la fragmentación.
La respuesta, creo, no está en devolver un golpe con otro, sino en reconstruir un destino conjunto. No se trata de borrar las identidades nacionales, sino de integrarlas en una causa común. No de negar lo que somos, sino de redescubrir lo que fuimos y lo que podríamos ser.
Superar el fratricidio es el primer paso. El siguiente es recuperar la grandeza que alguna vez compartimos.
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”La vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan”
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