Por Regis Iglesias Ramírez/Diario Las Américas.
El 23 de febrero de 2010, en un hospital de la capital, nuestro heroico hermano y compañero de luchas cívicas, Orlando Zapata Tamayo, había fallecido luego de una prolongada huelga de hambre.
Aquel día 25 de febrero de 2010 en la mañana, Ángel Moya me llamó desde la pista para deportes, donde cada jueves les habían planificado a nuestros carceleros su tiempo de ejercicios al aire libre y al sol.
Me asomé entre las rendijas de concreto del edificio Penal 1 para saludarle, al igual que cada jueves, en la única oportunidad de la semana, que a 20 metros uno del otro, teníamos para vernos y saludarnos.
A los prisioneros políticos nos mantenían aislados la mayor parte del tiempo.
Pero aquella mañana las primeras palabras conmovidas de Moya me estremecieron. Según rumores no oficiales que le llegaron, un par de días antes, el 23 de febrero, en un hospital de la capital, nuestro heroico hermano y compañero de luchas cívicas, Orlando Zapata Tamayo,había fallecido luego de una prolongada huelga de hambre y 7 terribles años de injusto cautiverio.
Ni Ángel ni yo, pese a la sombría certeza que nos oprimía desde el fondo del pecho, queríamos dar crédito a la aciaga novedad.
¿Qué bestias arrogantes cometieron tal asesinato? ¿Cuáles lo permitieron?
Lo dejaron morir, digan lo que digan aquellos soberbios bárbaros, que imperturbables esperaron que un hombre desapareciera hasta los huesos.
Lo devoraron los antropófagos de las ideas, los pusilánimes del pensamiento y los hipócritas de profesión, luego de tres meses de huelga, por condiciones mínimas decorosas de vida y trato digno como persona humana por parte de sus carceleros.
Son responsables los que lo encarcelaron y maltrataron por 7 años en esos inmundos calabozos por el simple hecho de expresar su opinión libre.
Los lacayos testaferros infames mercenarios del despotismo con sus asqueantes calumnias, los cómicos, las coristas célebres, que sin pudor respaldaron el confinamiento…
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