Por Carlos M. Estefanía.
Queridos lectores:
Como saben por mis epístolas, no todo es de color de rosa en las tierras con libertad y desarrollo; he aquí una nueva muestra. Esta mañana, mientras veía la reproducción del programa sueco El Estudio de la Mañana, de la televisión pública —ese espacio que combina noticias nacionales, internacionales y entrevistas con una aparente neutralidad— algo me llamó poderosamente la atención. No fue la noticia en sí, sino la manera en que tratan un problema grave: la caída histórica de la natalidad en Suecia.
El dato ya lo conocía: en 2024 nacieron apenas 99,000 niños en Suecia, la cifra más baja en dos décadas. Esto, para quien observa con distancia, no es un accidente. Es la consecuencia de una ingeniería social que comenzó hace casi un siglo y que ha moldeado a generaciones enteras, reduciendo progresivamente la importancia del hogar, la estabilidad familiar y la continuidad de la vida. Pero lo más inquietante es el silencio.
Cuando la preocupación se disfraza de normalidad
En el primer segmento del programa, las presentadoras y la socióloga Caroline Uggla trataron el desplome como algo natural, casi inevitable y, por supuesto, “global”. Más tarde, un panel de opinadoras —con más presencia mediática que formación específica— llevó la conversación hacia un terreno difuso: que si los efectos de las redes sociales, que si la maternidad se retrasa por el justo derecho a la carrera, que si la gente sí quiere tener hijos pero “menos”, que si las causas son emociones pasajeras o estados de ánimo colectivos, que si en un país donde a nadie cuerdo le falta un techo, incluso si es extranjero, los jóvenes no encuentran casa.
De lo esencial, nada. Culpan sobre todo a la idea de que “se vive bien sin hijos”, pero van a la raíz de que quieran, aunque puedan, tenerlos.
Todo menos hablar de la estrategia cultural y el propósito oculto de las fabulosas políticas familiares, que durante décadas han priorizado el yo sobre el nosotros, la satisfacción inmediata sobre el proyecto vital, la independencia absoluta sobre la familia. Una visión que empuja a las parejas a aplazarlo todo, hasta que el tiempo —demográfico y biológico— les dice basta a la libertad de opción.
La otra cara del bienestar que nadie comenta
Tampoco se mencionó un hecho conocido por quienes vivimos aquí: el sistema de maternidad ya está tenso. Hay menos plazas hospitalarias, más complicaciones por embarazos tardíos y casos documentados de bebés que no reciben atención a tiempo.
Pero esos temas… no se tocan. No encajan en el relato. Y entonces pienso en Cuba.
Nosotros, los cubanos emigrados, aprendemos de lo bueno de los países que nos acogen, pero también de sus sombras. Y Suecia, en este tema, es una advertencia clara sobre un futuro oscuro.
Si incluso una sociedad rica, ordenada y funcional puede apagarse a sí misma por descuidar la familia, ¿qué podría ocurrirle a una nación frágil, en reconstrucción, si adopta los mismos supuestos culturales?
La Cuba que queremos no puede limitarse a “funcionar”; debe permanecer.
Debe renovarse. Debe nacer de nuevo. Porque defender la familia es defender la nación.
Queremos una Cuba donde los jóvenes deseen formar familia porque saben que no están solos, que criar no es una carga, que tener hijos no es un acto heroico, sino un gesto natural, apoyado y valorado por toda la sociedad.
Una Cuba donde la libertad individual conviva con la responsabilidad compartida.
Donde el progreso material sea aliado —y no obstáculo— de la vida familiar.
Donde la cultura recuerde, sin imposiciones ni consignas, que la familia es la célula fundamental de cualquier nación. El mundo al que llaman “occidental” parece haber olvidado esta verdad. A veces incluso la combate. Pero nosotros, cubanos, que nacimos más al occidente que muchos europeos, no tenemos por qué repetir sus errores.
La familia no es un estorbo para la libertad. Es su raíz. Es lo que le da sentido.
Una advertencia que Cuba debe escuchar
La lección sueca es contundente; un país no solo muere por tiranía o la emigración forzada; también muere cuando los que quedan dejan de multiplicarse. Cuba no puede darse ese lujo.
Con afecto para mis cubanos de hoy y para sus hijos por venir,
Carlos Manuel Estefanía es disidente cubano radicado en Suecia.
En la foto: Carolina Uggla.















