EDITO

LGI. Miércoles de Ceniza

Por Enrique García-Máiquez/La Gaceta de la Iberosfera.

Una ventaja indiscutible de estar orondo es que nadie te discute el firme propósito de vivir el ayuno cuaresmal. Incluso a tus amigos más anticlericales les parece muy conveniente para ti. Es un alivio.

Y eso te permite concentrarte en la otra batalla: la abstinencia. La Santa Madre Iglesia ordena de toda la vida que ni el Miércoles de Ceniza ni los viernes de Cuaresma, ni tampoco —si no se condona por otro sacrificio— los viernes en general se coma carne. Esto saca a mucha gente estupenda de sus casillas y, a algunos, hasta de sus púlpitos. Gentes muy tolerantes con los veganos, por otra parte, pero que a ti te insisten en que es mejor hacer abstinencia de la maledicencia, la avaricia o la ira.

Yo creo que esas abstinencias tan admirables que proponen hay que hacerlas también los lunes, los martes, los miércoles, los jueves, los sábados y los domingos. Se ponen tan serios con eso del verdadero sentido de la abstinencia y el sacrificio que se les olvida —como a Caín— que hay que sacrificar algo muy bueno. Si es posible, lo mejor. Renunciar a lo peor no tiene nada de sacrificio. Por eso, no comer carne, que está tan buena, es lo que mandan los cánones. No envidiar al prójimo ya lo mandan las tablas de la ley.

Pero si quieren sacarle una moraleja más moralista a la cuestión, yo les recordaría que en este tiempo tan progresista, igualitarista, racionalista, revolucionario e individualista, someterse primero a la tradición, luego a la jerarquía, luego a una norma aparentemente arbitraria y, sobre todo, someterse a algo juntos, en comunidad de fe, son medicinas para el alma contemporánea. Nada necesitamos más que lo que nos falta del todo.

Entonces viene la diversión. Dios siempre da el ciento por uno. Como compartirán conmigo todos los que hoy hagan ayuno y abstinencia, pocos días se come mejor y se saborea más. Ya sabían los clásicos y redoblaron los barrocos que la mejor salsa del mundo es el hambre. Es lo que más mejora los platos. Una exquisitez que ni todas las estrellas Michelin de la hartura y la extravagancia pueden igualar.

Es la mecánica paradójica que explica monseñor Erik Varden en su libro Heridas que sanan: «El acto de arrodillarse es noble y ennoblecedor. ¿Acaso no anhelamos, en el fondo, una causa justa por la cual ponernos de rodillas? Wolfgang Büscher, cronista de viajes, ha hablado de su larga búsqueda “de una razón para arrodillarme y de un lugar en esta tierra en el que doblar la rodilla. El acto de arrodillarse puede tener un aspecto caballeresco. Puedo ser una persona que se respeta a sí misma y, en el mejor de los sentidos, orgullosa, y sin embargo reconocer que algo es más grande que yo, que ese algo merece mi reverencia y que, al realizar este acto, aunque me incline, me elevo”».

Y esa paradoja —bajarse para subir— rige también la gastronomía de los platos de cuaresma. Espinacas con garbanzos, cardo con almendras, pavías, buñuelos de bacalao, potaje de vigilia, boquerones en vinagre… Lo del vinagre me hace mucha gracia porque hay aquí una lógica muy contrarreformista. La mortificación y la obediencia vienen a dar en un hedonismo beato, bastante fino y sonriente…

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