Por Zoé Valdés/ La Gaceta de la Iberosfera.
He oído en Radio Libertad con Luis del Pino algo así como que el dictador Sánchez escribió un artículo en el New York Times; bien, lo de escribir es un eufemismo, ningún dictador escribe nada, se lo escriben; ningún dictador piensa nada, piensan por él —Soros, por ejemplo, quien además paga por romper España—, ningún dictador dice algo concretamente importante, como no sea favorable para él mismo. Los dictadores destruyen y asesinan; en el formulario Sánchez ha llenado ya ambos renglones ampliamente. De modo que no me interesa de ninguna manera lo que le hayan escrito a este sujeto o sobre él en el New York Times, aunque algo debo contarles.
Cada vez que un dictador, como todo mediocre, quiere destacar para llegar a ser alguien, se dirige a la prensa norteamericana, supuestamente su mayor enemiga, para hacerse notar y que el mundo repare en él. Lo hizo Fidel Castro en la época, mediante aquel espantoso Herbert Matthews, y lo han hecho todos. Antes yo leía el New York Times, la página de libros, ya ni eso, la abandoné en cuanto cualquier perturbado empezó a escribir sobre vampiros y satanismos de moda. Además, al igual que el Granma, el NYT se ha ido afinando en páginas, en cualquier momento se queda en una homilía del socialcomunismo.
Hace años un reconocido periódico francés —algo despistado, como suelen ser los diarios oficialistas franceses— me llamó para que escribiera un artículo sobre el turismo en Cuba, pagaban una barbaridad, no se podía creer que pagaran tanto. Pero. ¡Ah, ese pero de Juan Abreu, tan solitario entre dos puntos y seguidos! Al entregar mi artículo en el que plasmaba la verdad de lo que yo creía —y creo todavía— que es el turismo de mi país: una estafa; el director de la sección de turismo —más extensa que la de cultura— se llevó las manos a la cabeza, ¡él aguardaba todo lo contrario a lo que yo podía pensar! O sea, lo opuesto a la verdad. Desistí, renuncié, y eso que el dinero no sólo nunca está de más, sino que a mí me hacía una falta tremenda, pero no podía escribir sólo para cobrar una mentira tan picúa como el Pico Turquino. El hombre, por su parte no podía creer que yo renunciara a semejante suma a cambio de no engañar a sus lectores, que también serían los míos. Nada, así soy yo. Sé que somos pocos en ser tan todo eso que ya sabemos.
Ante mi negativa, el director no esperó demasiado a que cambiara de opinión, le dio el trabajo a un mercenario del régimen que redactó todos los engaños posibles acerca del turismo cubano; el reportaje sobre el exitoso castrocomunismo viajero salió publicado a dos páginas enteras, sin publicidad, con fotos de ensueño, todas manipuladas.
Tiempo después me encontré a este personaje en una Feria del Libro, ambos presentábamos títulos: él sobre Cuba y su turismo, donde plasmaba mis ideas, o sea, donde por fin decía la verdad. Extrañada de su aparente cambio de opinión, le exigí cuentas por semejante cambio de casaca, entonces me confesó que esa siempre había sido su opinión, pero que cuando me había encargado aquel artículo debía cumplir además con su deber. Su deber era en aquel momento publicar dos páginas por las que al diario el régimen comunista de La Habana le había pagado una suma extraordinaria de numerosos ceros, para publicitar y levantar su arruinado turismo y su sistema represivo de gobierno. O sea, que además de que me había propuesto que yo mintiera pretendía remunerarme con el dinero sucio de la tiranía, el dinero robado al pueblo cubano, por tal de mentirle a los turistas franceses, a los que, por demás está contarles, que también les encanta ese tipo de fantasías caribeñas revolucionarias.
De modo que no se crean que el New York Times ha publicado algo —sobre o de— Sánchez, probablemente escrito por un «negro» o ghost writer, así de simple, de propia inspiración y de gratis; no, alguien habrá pagado para levantarle el perfil a este tipejo que más acabado no puede estar en todos los sentidos. En fin, que ahí ven lo que es este dictador, de paso también lo que es el New York Times: un sabiniano para su sauna privada. Untel Sánchez podrá publicar lo que quiera a estas alturas donde lo desee, querrá grabar su falacia en piedra, pero lo que sí es una verdad como un templo es que ya nadie va engañado. Las víctimas empiezan a ser desgraciadamente más numerosas y costosas que la más abultada de las remuneraciones de una prensa comprada.















