Por Carlos M Estefanía.
Noche del 21 de febrero de 2026
Para ti, lector o lectora, que buscas conmigo entender una sociedad tan diferente a la que nos vio crecer y de la que algo podemos aprender.
Te escribo, como siempre, desde Botkyrka, un municipio muy particular y a su vez muy normal en este contexto nórdico donde habito, que respira con intensidad esta tercera semana de febrero de 2026. Tal vez estas líneas lleguen a ti como un susurro desde la lejana Escandinavia, como un mapa que señala los lugares donde la esperanza y la frustración conviven bajo el mismo cielo gris y brillante de Suecia. Quiero contarte todo lo que veo, escucho y siento, porque aquí, cada calle, cada plaza, cada escuela y cada historia de vida tiene algo que enseñarnos a los que soñamos con una Cuba diferente a la que hoy agoniza, emulando a los presos amotinados en la prisión de Canaleta, en Ciego de Ávila. Así, de desesperados, andarían cuando hicieran lo que hicieron, sabiendo que terminarían masacrados.
En el municipio donde vivo se habla mucho de trygghet, que en sueco significa “seguridad” en el sentido amplio: no solo que no te roben, sino poder caminar de noche sin miedo, confiar en la policía, sentir que el barrio te cuida y tú cuidas del barrio. No es un concepto policial solamente; es casi una emoción cívica. Aunque debo de reconocer que desde que me mudé aquí en 1998, nunca me ha pasado nada, ni he sentido la menor inseguridad, incluso llegado en mitad de la noche a casa, no sé si será que he navegado con suerte una vez quemado el karma con nacer en Cuba, que la Virgen de la Caridad me acompaña como a casa hijo suyo desperdigado pro la tierra o que simplemente los cubanos sobrevivientes del castrismo estamos hechos a prueba de balas y nada nos intimida.
Lo que si es cierto es que en Botkyrka, el debate lleva tiempo girando alrededor de cómo romper los círculos viciosos: pobreza, escuelas con menos recursos, jóvenes que no ven futuro, bandas criminales que llenan el vacío del Estado. El municipio intenta trabajar con lo que llaman socialtjänsten, los servicios sociales, que no son simples oficinas de trámites, sino una red de apoyo a familias, menores y personas en riesgo. También se insiste mucho en el trabajo de campo de la policía local, el llamado närpolis, que no es la policía represiva que muchos cubanos tenemos tatuada en la memoria, sino una policía de proximidad que intenta conocer a la gente del barrio, hablar con los jóvenes, estar presente antes de que el problema explote. No siempre funciona, claro. Suecia no es un paraíso, pero aquí se parte de una idea que para nosotros es revolucionaria: los problemas sociales no se resuelven solo con castigo, sino con instituciones que funcionan y con un Estado que no abandona los territorios incómodos.
Cuando uno amplía la mirada al conjunto del país, aparece la misma tensión: una Suecia que quiere seguir siendo un Estado social fuerte, pero que se ve presionada por el aumento de la violencia de bandas, por la sensación de inseguridad en ciertos barrios, por el miedo a perder el control. Aquí se discute mucho sobre rättsstat, el “Estado de derecho”, o sea, la idea de que la ley vale para todos, que la policía no actúa por capricho, que los jueces son independientes y que el poder político no puede usar la justicia como un garrote. Para un cubano, acostumbrado a que la ley sea una prolongación del poder, esto es casi ciencia ficción, pero es una ciencia ficción que funciona mejor de lo que creemos: hay errores, hay escándalos, hay abusos, pero hay mecanismos para denunciarlos y corregirlos.
Todo esto lo cuento no para idealizar Suecia, sino para extraer lecciones prácticas. Cuando Cuba se democratice, el reto no será solo cambiar de gobierno, sino construir municipios que no abandonen a sus barrios más frágiles, servicios sociales que no humillen, una policía que no sea un enemigo, un Estado de derecho que no sea un eslogan. Botkyrka, con todos sus problemas, muestra que la cohesión social no se decreta: se trabaja barrio a barrio, escuela a escuela, familia a familia.
Y en medio de este debate sobre cómo enfrentar el crimen y la exclusión, ha aparecido en Suecia otra discusión que me parece clave para nosotros como advertencia: la posible legalización del cannabis. En un reciente artículo publicado en Svenska Dagbladet, uno de los grandes periódicos suecos, supuestamente conservador, el editorialista Peter Wennblad sostiene que la legalización del cannabis no es una cuestión de si, sino de cuándo. La guerra, dice, está perdida. Y cuando una guerra está perdida, la solución sería rendirse con elegancia y llamar a la capitulación “modernización”.
El razonamiento es seductor, pero profundamente peligroso. Que algo exista no significa que el Estado deba legitimarlo. Que haya droga no obliga a convertir al Estado en su vendedor. Confundir realismo con resignación es una trampa intelectual que termina blanqueando el fracaso político. Incluso el propio Wennblad admite que la legalización no elimina el mercado negro. La experiencia de países que han legalizado muestra que las bandas criminales conservan ventajas decisivas: precios más bajos, redes consolidadas, distribución ágil y cero impuestos. Aun así, se propone un Cannabolag estatal, inspirado en el Systembolaget, la empresa pública que tiene el monopolio de la venta de alcohol en Suecia, que venda cannabis de forma regulada.
El absurdo es evidente: para derrotar al crimen, el Estado tendría que competir en el mercado de la droga, hacerla accesible, atractiva y rentable. La prevención y la salud pública quedarían financiadas por un consumo que, en teoría, se dice querer reducir. Es una contradicción ética difícil de maquillar. Además, la columna prolegalización pasa de puntillas sobre un aspecto central: el impacto del cannabis en la salud, especialmente en adolescentes y jóvenes. El cerebro no termina de desarrollarse hasta alrededor de los 25 años. Introducir cannabis durante ese proceso afecta la memoria, la atención, la capacidad de aprendizaje y la motivación. En jóvenes vulnerables, el consumo puede actuar como detonante de trastornos graves: ansiedad severa, psicosis, brotes esquizofrénicos. Y la dependencia existe, aunque se la niegue con insistencia. Legalizar no solo regula una sustancia: normaliza culturalmente su consumo. Y cuando el Estado vende, el mensaje es claro: no pasa nada.
Tampoco es cierto que la liberalización debilite automáticamente al crimen organizado. Las bandas no desaparecen: se adaptan. Mantienen el mercado ilegal, se desplazan hacia drogas más duras, amplían su actividad hacia la extorsión y la violencia. Legalizar cannabis no pacifica barrios; reorganiza el mapa criminal. Pensar que el narcotráfico se resuelve con un cambio administrativo es desconocer su naturaleza: no es un problema de oferta legal, sino de estructuras criminales complejas.
Si el objetivo es enfrentar seriamente a las bandas, hay caminos más incómodos, pero más eficaces: perseguir el lavado de dinero, confiscar bienes, reforzar la inteligencia policial, invertir en prevención real, educación y alternativas sociales para jóvenes en zonas vulnerables. Nada de eso genera titulares modernos, pero sí resultados. Legalizar el cannabis no es valentía política; es rendición con discurso progresista. Es admitir que el Estado ya no confía en su capacidad de proteger a los más vulnerables, empezando por los jóvenes. Convertir la derrota en política pública no es avanzar: es abdicar.
Traigo esta polémica sueca a nuestra conversación cubana porque es una lección de fondo: una democracia no se mide solo por permitirlo todo, sino por saber qué debe combatir sin excusas. Suecia, con toda su institucionalidad, duda. Cuba, cuando sea libre, tendrá que decidir si quiere un Estado que enfrente los problemas difíciles —el crimen, la droga, la marginalidad— o uno que los legalice para no tener que mirarlos de frente. Yo, desde este Botkyrka imperfecto, creo que rendirse nunca ha sido una buena política.
Suecia haría bien en preguntarse si quiere ser un Estado que combate los problemas difíciles o uno que los legaliza para no tener que enfrentarlos.
Botkyrka, con sus luces y sombras, con sus tragedias y festivales, me recuerda que el cambio es posible si se mezcla el objetivo y la constancia con la esperanza. Y eso, querido lector, es lo que quiero que recuerdes cuando cierres esta carta: un país se construye en lo cotidiano, en las pequeñas decisiones, en la justicia aplicada y en la alegría compartida.
Con invernal afecto,
Carlos Manuel Estefanía.
Un cubano perdido en senderos nevados mientras sueña con Cuba.
















