Cultura/Educación

FD. ‘Lux’ de Rosalía: claves para comprender el álbum más debatido de 2025

Por Víctor Lenore/ Ideas Disenso.

A estas alturas, aunque ya han pasado varios meses desde el lanzamiento del disco de Rosalía, ya debe de estar casi todo el mundo harto de la intensa marea informativa que genera. A veces, pura cháchara, como el vídeo del influencer Rodrigo Quesada donde lo califica de «el mejor disco de la historia» y describe a su autora como «una deidad». Carlos del Amor le hace una entrevista vacía y melosa para RTVE en una sala del Museo del Prado llena de Goyas mientras en redes sociales políticos de alto perfil (casi siempre, de la izquierda) lo califican de maravilla para recuperar público joven o bien se agarran a un feminismo setentero para acusar a la artista de apología intolerable de los valores tradicionales, por el hecho de que aparece en un videoclip haciendo la plancha.

Empezamos por un resumen general de sus contenidos: se trata de un disco conceptual, dividido en cuatro movimientos, donde dominan las letras religiosas, la mirada hacia el interior y los enfoques solemnes.  Rosalía posa en la portada con los hábitos de monja, además de hablar en entrevistas de su interés por Dios, lo que ha hecho a muchos calificar esta etapa de «giro católico». La realidad, como se ha ido descubriendo luego, es que estamos ante un trabajo más bien globalista y espiritual para el que Rosalía clavó un mapa en la pared y fue poniendo chinchetas en el lugar en que vivieron sus santas preferidas. La canción «Yugular», por ejemplo, está inspirada en la figura de Rabia al-Adawiyya, una mística sufí. «Resueno en el budismo, en el islam, en el cristianismo, en el hinduismo. Creo que todas tienen cosas en las que yo me siento», explicó en El País. En ningún caso supone un compromiso con el catolicismo.

Para la mayoría de las personas, interesarse por la religión es someterse a un sistema de valores que les hace sentir humildes y a la vez nuevos. Para una artista suele ser la oportunidad de subir el nivel de grandilocuencia, con resultados inciertos. A finales de los ochenta, U2 lo hicieron con The Joshua tree y multiplicaron su prestigio y su impacto musical. Por esa época también se animó Madonna, a ratos de manera sacrílega y otros con sincera devoción («Papa don’t preach» es un himno antiaborto, algo que cuesta imaginar en Rosalía).  Aquí todo se mantiene en campo templado, entre el viaje de autoconocimiento y cierta mística new age. A medida que pasan los minutos, queda claro que no se ha dejado el ego en casa y por eso entrega su trabajo más desbordante.

El primer adelanto del disco, y la canción más emblemática del lote, se titula Berghain, como el famoso club techno de Berlín, pero en realidad es un arriesgado pastiche pseudooperístico, que usa y abusa del bajo ostinato. El diario The New York Times explicó en su reseña que Rosalía «utiliza la sinfonía y la ópera para generar una sensación de escala y emoción extremas, sin comprometerse realmente con ninguna de ellas. Al final del día, ha hecho un álbum pop con un gran presupuesto», escribían. Luego elogiaban el carácter juguetón del trabajo: «Se lo está pasando en grande. La música clásica y la ópera no son su hogar, pero en Lux son su patio de recreo», añadían. En la pieza colaboran la diva islandesa Björk y Yves Tumor.

Seguramente la balada más bonita del disco sea «Mio Cristo Piange Diamante», traducible como «Mi Cristo llora diamantes», con sus desarrollos pseudooperísticos, donde Rosalía se vuelca y exhibe sus recursos vocales. No es un himno a Dios, o no solamente, sino que se inspira en la intensa amistad espiritual que unió a Santa Clara de Asís, fundadora de la orden de las clarisas, con San Francisco. Estamos ante una de las canciones más vibrantes del álbum y está llamada a estar entre los momentos de mayor intensidad en la gira. Esta es la cuerda floja del disco, que se mueve entre lo sublime y lo grandilocuente. Hablamos de dos categorías estéticas muy personales, a algunos el contenido les hará levitar mientras otros, como a la columnista Carla de La Lá, se sentirán «encerrados en una catedral de mármol rosa».

En todo caso, el himno al Altísimo más claro que hay  es «Dios es un stalker», que contiene una gran cantidad de letras inspiradas en los Salmos, los cantos de San Pablo y las palabras de Jesús. El tuitero Antonio Moreno ha hecho un largo hilo en X remarcando estas relaciones, que demuestra que los conceptos católicos están presentes, y con profundidad, aunque solo en canciones sueltas. «A algunos les puede sorprender que Rosalía use un lenguaje de seducción amorosa para hablar de la existencia de Dios, pero lo cierto es que es este lenguaje el que mejor puede definir la experiencia de creer, que no es un simple conocimiento científico sino del corazón», explica Moreno. Comparar a Dios con un admirador obsesivo no es una búsqueda de provocación o sacrilegio, sino que surge de sumergirse en textos sagrados. Y pone, por supuesto, entre sus muchos ejemplos el Cantar de los cantares. «Llévame contigo, ¡corramos!; condúzcame el rey a su alcoba; disfrutemos y gocemos juntos» (Cantar 1,4).

Otro elemento clave del disco vuelve a ser el flamenco. Se nota ya desde el ritmo clásico de la canción que abre el disco, «Sexo, violencia y llantas», que por cierto usa los mismos acordes que «Sakura», la última canción de Motomami, su trabajo anterior. Así de intenso es el conceptualismo de Rosalía.  Por todo el disco hay ecos de flamenco setentero tipo Lole y Manuel, que también tenía aires de trascantaresa. Se solía decir de Manuel Molina, componente masculino del dúo, que cantaba como rezando o rezaba como cantando. «Mundo Nuevo» samplea la Petenera «Quisiera yo renegar», de la Niña de los Peines, grabada en 1910; «Porcelana» utiliza recursos de la zambra de Manolo Caracol; y en varias partes del álbum se usa el recurso de pasar de los acordes menores a los mayores para señalar la llegada a la iluminación espiritual.  «La rumba del perdón», con la colaboración de lujo de Estrella Morente y Silvia Pérez Cruz, es una historia de amor lumpen con droga y amargura en la tradición de los Chichos y los Chunguitos. La letra sirve a Rosalía para imaginar su propio funeral…

 

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