Relato Social

El cuento de suspenso. Amo tuerto, ojo del diablo

Por Gloria Chávez Vásquez

El árbol genealógico del abuelo Lucio desplegaba ya bastantes ramas y aún seguía fértil mudando sus hojas otoñales. Como en sus años mozos recibía la primavera, agradecido y mimoso como la chicharra, con sus chirridos mohosos, al astro que lo coloreaba. Su ascendencia montañera se perdía en la leyenda del hidalgo que rompió su capa para hacer ruana. Aquilataba su anciana humanidad con una mezcla de chabacanería y refinamiento que se mantenía silvestre en la negra y húmeda tierra de los montes.

El viejo infundía respeto a pesar de su borronado atuendo: sombrero de color indefinible, franela de mangas remendadas, botones careyanos, alpargatas de color costal. Hasta sus calzones anchos soplando la piel ya árida, hablaban de su bondad campesina. Aparte de contar historias para —como decía él— aceitar la lengua y mantener despierta el alma, uno de sus placeres terrenales consistía en fumar los tabacos tamaño gigante comprados en la tienda de doña Chepa y que guardaba celosamente en uno de los catorce bolsillos de su carriel de piel y crin de caballo. Allí guardaba todo lo que consideraba sus riquezas: la candela de mecha de alcohol, el cordel de usos infinitos enrollado al lápiz de punta roma, un juego de barajas y otro de dados, el retrato piqueteado de Bartolito, su hijo que casi nadie había conocido, así como una gastada estampa del Sagrado Corazón. Más difícil de encontrar dentro del carriel resultaban la navaja de afeitar con que se había defendido de los asaltantes de camino; el primer dinero que había ganado en su vida: dos mugrosos billetes de a peso cuarteados y pegados repetidas veces.

Las historias del abuelo Lucio no eran lo que se dijera “palabra de Dios”, porque para él, teñir los cuentos de imaginación no era mentir sino añadirle misterio y sabor necesarios a la vida. Entre su colección recuerdo con preciso detalle ésta, por ser una especie de alegoría de los sueños o de las pesadillas campesinas. Muchos de los viejos que la escucharon conmigo juran y rejuran que ocurrió así, exactamente. Y para probarlo estaban aquellos dados rojo transparente en el carriel del abuelo.

 

 

I

En la época en que yo era pollo, nació en nuestra finca La Alquería un muchachito raquítico, hijo de un peón llamado Pedro Obdulio y una sirvienta de nombre Eloísa y al que de chico apodaron Pirito para distinguirlo del papá.

Pedro O comandaba a los chapoleros en la labor de cosecha de maíz o de café, dos productos abundantes en La Alquería. La tierra, generosa, se dejaba arrancar los frutos y nos prodigaba además con plátanos, naranjas, guamas, zapotes, nísperos y hasta corozos para nosotros los muchachos.

Eloísa era una campesina gruesa, tetona, trenzona, con habilidades en la cocina. Tenía un carácter fuerte comparado con el de su marido; fue así como disciplinó a los peones a esperar afuera de la cocina hasta que se sirviera la comida, a que nos limpiáramos la suela de las alpargatas antes de entrar en la casa, a que nos laváramos las manos antes de comer y a que rezáramos para dar las gracias a midiosito que nos da la comidita. Nosotros lo hacíamos todo a pie juntillas por miedo a emberriondar a la Eloísa, porque eso significaba una ración más chiquita y de aposta una arepa cruda o quemada, según la gravedad de la trasgresión.

Desde el momento mismo en que el muchacho nació rompiendo barriga, dio señal de que iba a ser muy entucador. Tanto así que no esperó si quiera a ponerse de pie para ayudar a su padre en las labores del campo o cargarse él solo con toda la leña de la finca del árbol al fogón; mientras tanto, aprovechaba todo lo que la naturaleza y la gente podían enseñarle, porque, eso sí, era más avispado que muchos de los campesinos que se conocían en la región. Creo que fue de ahí, y porque se dio cuenta de lo inteligente que era, que Pirito se interesó en vagar por ahí, para filosofar y hacer infinidad de preguntas a los demás montañeros, porque en ese tiempo no había escuelas por los alrededores. Y como que todo el mundo quiere un genio en su casa, la Eloísa le enseñó a leer y Pedro Obdulio comenzó a encargarle libros a la capital. Muy pronto, el muchacho los consumió todos y se dio a la pensadera, como una fiera, tratando de encontrarle punta al círculo y, de alguna manera, deseando resolver los misterios él solito.

 

 

II

Todo marchaba muy bien en La Alquería y así hubiese continuado, de no haber llegado el día en que Pirito cumplió los veintiún años. A esa edad, cayó en la tentación de enamorarse del fruto prohibido. Aún resonaban en sus oídos las advertencias de su madre, de que había brujas que disfrazadas de mujeres engañaban a los hombres para hechizarlos, humillarlos y perderlos, y las del cura del pueblo con su mandamiento: de ese árbol no comerás.

Angustiada, Eloísa fue la primerita en notar la mirada ensimismada de su hijo. Pedro O sospechó de inmediato que se trataba de Gisela, la mujer de Rafael, el mayoral, pues era la que más celebraban. De nada sirvió recordarle a Pirito su deber de respetar la mujer del prójimo. Para el muchacho, Gisela no podía ser una de aquellas que cuando escupían mataban las plantas, porque tenía los ojos más dulces que jamás había visto. Aun así, prometió a su madre contentarse con mirarla.

Pero las enardecidas miradas terminaron por delatarlo, porque el mayoral llegó a enterarse por muchas bocas y con ojos propios. Rafael, que no era nada entretenido, decidió que, si el muchacho no estorbaba en La Alquería, tampoco hacía falta, y para evitar futuros disgustos, ideó la forma de deshacerse de él.

Un día, el mayoral acusó a Pirito de estar robando café de los sacos que el patrón guardaba en reserva. Lejos de amilanarse, Pirito demostró con su capacidad deductiva, y plenamente, que él no era el autor del robo. Humillado e iracundo y como un último recurso, Rafael provocó una pelea, incitando al muchacho con sus insultos. Optaron por pelear a puño limpio, y así se fueron a golpes en las tendederas donde secaban los granos de café. Aunque más fuerte, el mayoral perdió en destreza. De ahí que, echando mano de una varilla de hierro, la blandió ante un sorprendido Pirito. El resultado dejó mal librado al joven campesino, porque el mayoral le lanzó la barra directamente al ojo izquierdo y se lo sacó entero de la cuenca. Desesperado y casi ciego, el pobre muchacho la emprendió contra su contendor, con tan mala suerte de que este resbaló, desnucándose en la caída.

En el velorio de Rafael, la gente oyó innumerables ruidos sin explicación, y el pánico cundió. Sus asustados padres advirtieron a su hijo que se alejara de La Alquería antes de que le hicieran daño. Tal era el resquemor que los demás campesinos le guardaban. Gisela, por su parte, rehusó perdonar al asesino de su marido.

 

 

III

Después del desayuno y en pequeños grupos, los campesinos se reunieron a comentar lo que don Elías, el más viejo de los montañeros, venía contando. Según él, la noche anterior se había oído un grito pavoroso, el cual —no cabía duda— era de la patasola que había terminado con algún pecador. Aquel no podía ser otro que Pirito. La leyenda decía que la patasola, ese ser maligno, deforme, diabólico, se le aparecía al caminante que tuviera algún pecado. Nadie hasta ese momento podía dar una descripción precisa de su imagen, pues lo único que se había manifestado hasta entonces era el tenebroso sonido de la zanca al asentarse en la tierra, los matorrales o las hojas secas. Algunos creían haber visto a una mujer, otros a un hombre, que andaba a saltos. Otros pintaban una pierna animada de vida propia, capaz de paralizar a cualquiera del solo susto.

Ninguna de las supersticiones campesinas había nunca intimidado a Pirito. El único fantasma de cuya evidencia tenía prueba era ahora el de los celos, el de la ira, el del dolor. Su amor por Gisela se había transformado en una especie de nube negra que amenazaba con convertirse en tormenta. Y con el negativo halo de la desgracia sobre su cabeza, el muchacho había abandonado la finca, despidiéndose de sus padres y llevándose como única propiedad y en un frasco de cristal con salmuera, el ojo que le había sacado el mayoral.

IV

Lo que no sabían los campesinos era que Pirito había caminado y caminado durante toda la noche. No llevaba rumbo fijo, pero estaba obsesionado por el deseo de recobrar la visión de su ojo. Mientras tanto, se había tapado la cuenca con un parche. Pensaba que con algún arriero que pasara por esa ruta podía desplazarse a la ciudad, de la que había oído maravillas. Tal vez, esperaba, se le realizara el milagro más allá de las montañas.

Antes de levantarse el alba, Pirito oyó al gallo cantar por lo menos tres veces. Cuando la luz asomaba por el horizonte, llegó al río en donde se detuvo para apagar su sed. Mientras enfrentaba el reflejo que le recordó el de algún pirata, oyó pasos. Lo extraño era que no se oía asentar sino un solo pie. Cada vez que escuchaba el paso, este sonaba más cerca de su espalda. Fue entonces que se percató de la presencia de aquel extraño personaje que venía acompañado de un corcel. Pensando en acogerse a algún santo, el muchacho observó, sin embargo, que el hombre se acercaba a la orilla para dar de beber al animal. Era todavía joven y vestía una indumentaria que extrañó al campesino.

—Buenos días —saludó el personaje.

—Muy buenos —contestó tímidamente el montañero pensando que un ser diabólico no saludaría de esa manera.

Midiendo el tiempo prudencialmente, porque aparentemente iba de prisa, el hombre le explicó que era un médico que venía a atender a un anciano que se encontraba en sus últimos momentos. Y le pidió con la debida excusa que lo acompañara hasta la hacienda Los Rosales. Cansado y hambriento, el campesino aceptó la invitación del misterioso galeno.

Por fin llegaron a la hacienda, en donde los habitantes los recibieron con lánguidas miradas y forzadas sonrisas. Atendido por una vieja criada y un cura que le aplicaba los óleos, el dueño de la hacienda, un octogenario, hacía enormes esfuerzos por respirar.

 

 

V

—¿Otro pa’l velorio? —preguntó débilmente el moribundo. Pirito no pudo más que admirar el sentido del humor en una persona que luchaba por mantenerse viva. Más aún le sorprendió que le invitara a sentarse junto a su cama. El anciano, que en vida había sido un jugador empedernido, le confesó que su extensa riqueza la debía más a largas sesiones de juego que de trabajo.

—Tráiganme unos dados —pidió delirante— ¿Vamos a jugar un poco? Esto de morirse es muy aburridor —añadió en un susurro. Los presentes no se atrevieron a musitar palabra alguna, pero Pirito dijo resuelto:

—Un juego sin apuesta no tiene gracia!

—Y, ¿quién le dice que no voy a apostar? —protestó el anciano.

—Yo no tengo nada, excepto este ojo que me sacaron en una pelea —replicó Pirito.

—Usté todavía tiene fuerza y juventud —dijo el médico como si se le hubiera pedido arbitrar en aquella apuesta.

—Si pierde —estipuló el médico— tomará el lugar del viejo en el viaje eterno; si gana, puede quedarse con la hacienda y sus demás propiedades. Además, puede pedir un deseo.

Pirito miró incrédulamente a su interlocutor.

—Acepte —articuló débilmente el viejo—. Este se encargará de concederle lo que le pida.

Pirito pensó que el viejo alucinaba o le tomaba el pelo.

—¿Cómo sé que lo que dicen es cierto?

—Porque así conseguí mi fortuna.

El médico sonrió maliciosamente y, con un brillo en sus pupilas que a Pirito le resultó sobrenatural, aseveró:

—Digamos que mi trabajo es conducir al perdedor a su destino final.

A Pirito se le puso la carne de gallina, pero aceptó motivado por su depresión. Nada tenía que perder, sino todo que ganar.

—Si gano, aparte de la herencia, quiero de vuelta mi ojo.

—De acuerdo —replicó el tenebroso doctor.

Y con el entusiasmo propio de la condición de los contrincantes, se lanzaron febrilmente al juego.

VI

—Fue aquella la partida de dados más larga y extraña que se haya jugado en estas tierras —concluyó el abuelo Lucio.

—Cada vez que el moribundo anciano ganaba una partida parecía regresar de ultratumba. Cada vez que Pirito perdía ventaja sobre su contendor su joven humanidad se deterioraba. El viejito, experto en los juegos de azar, le ganó un montón de rondas al mozuelo. Hubo un momento en que pareció que el nuevo brío de sus años terminaría por sellar la suerte del muchacho.

—Una de tres —recordó Pirito, afiebrado y sudoroso. Por esas cosas de la suerte o de su inteligencia, empezó a ganar partida tras partida, tanto que, bien entrada la noche, el hacendado, convencido de su pérdida, lanzó un prolongado último suspiro.

—Felicitaciones —le dijo el médico. Y ahora, debo proceder a cumplir su deseo.

El personaje sacó de su maletín una cajita que abrió con el mayor de los cuidados. Adentro se movía una diminuta figura. Luego, entregando la caja a Pirito, le dijo: —Coloque este caracol dentro del frasco con su ojo durante tres días. Luego sáquelo y ajústelo a su cuenca.

—Puede tomar posesión de Los Rosales —le anunció el misterioso médico, garantizándole que era el único heredero, y que los criados acatarían sus órdenes.

***

Tres días más tarde, Pirito se consolaba ante el espejo, al comprobar que, de alguna manera milagrosa, la baba del caracol había reconstruido nervios y membranas de su ojo izquierdo. El ojo reanudó sus funciones en la cuenca, como si la tragedia jamás hubiera tomado lugar. Con no poca sorpresa descubrió, además, que, ahora podía ver y percibir más allá de las cosas de este mundo. Su primer plan fue sacar partida de esta clase de poder y prepararse para la reconquista de su ser amado. En esas estaba, cuando escuchó el sonido de ese paso que le recordó su encuentro inicial días atrás a la orilla del río. Pirito esperaba despedirse lo más pronto posible del desconocido y no volver a sentir nunca más su tenebrosa presencia. Su espanto no tuvo límites cuando se dio cuenta de que el espejo reflejaba una oscura sombra a su lado. Reemplazado por esa neblina que envolvía como una segunda piel o una nueva aura, el hombre había desaparecido.

Pirito miró para comprobar la ausencia del individuo, pero en su lugar escuchó su propia voz:

—Ah, había olvidado decirte: Yo soy parte de la herencia.

Y en el rostro de Pirito se dibujó una siniestra sonrisa.

*

De la colección Crónicas del Juicio Final (Editorial WOE, New York, 2005)

Gloria Chávez Vásquez escritora, periodista y educadora es autora de Las Termitas (1978), Cuentos del Quindío (1981), Depredadores de almas (2002), Caliwood (2018) y La Costra Nostra (2026).

Ilustraciones de la autora.
Pintura de Blue man  y portada de libro de Carlos A. Chávez.

 

 

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