EDITO

ED. Cuba colapsa

Por Zoé Valdés/El Debate.

Cuba atraviesa una de las crisis más profundas de su historia reciente. El colapso económico, social y político se percibe en cada rincón de la isla: desabastecimiento, apagones, migración masiva, inflación y una creciente inconformidad social. Para muchos, la situación parece insostenible y la desesperanza amenaza con instalarse en el ánimo colectivo. Sin embargo, cuanto más se agrava la situación, más razones existen para albergar esperanza. Hay quienes piensan que más allá del colapso no existe nada más. No lo veo así. Pero, si los cubanos no deciden hacer algo en firme para alcanzar su libertad, apoyados por una intervención militar humanitaria, no veo cómo podríamos salvarla.

El término «colapso» suele asociarse a la ruina total, al final de algo. Sin embargo, en el caso cubano, el colapso puede interpretarse también como el umbral de un cambio radical necesario. Cuando los sistemas se rompen, cuando las viejas estructuras ya no pueden sostenerse, emerge la oportunidad para el nacimiento de algo nuevo. La historia nos enseña que muchas transformaciones sociales y políticas surgen precisamente de los momentos de mayor dificultad. «De cada muerte, una vida. Confía en la sabiduría», afirmaba el texto de una ópera o concerto-oratoria que escribí en los años ochenta para el músico Ulises Hernández, y por la que empecé a tener problemas con la policía del pensamiento una vez estrenada en el Castillo de la Fuerza.

A lo largo de décadas, el pueblo cubano ha demostrado una capacidad extraordinaria de resistencia y creatividad ante la adversidad, «resolver» se convirtió en el verbo más usado en la urgencia cotidiana. Desde los años setenta, en los que el hambre arreció y se produjo el llamado Quinquenio Gris, desde el periodo especial en los años noventa hasta las recientes crisis, los cubanos han encontrado maneras de sobrevivir, readaptarse y buscar alternativas. Esa resistencia, lejos de agotarse, se fortalece con cada obstáculo, alimentando una esperanza que no se apaga fácilmente. Pero llega un momento en que los milagros se agotan, y el cambio debiera producirse radicalmente.

En el caso cubano, el colapso puede interpretarse también como el umbral de un cambio radical necesario

Cuando todo parece perdido, la esperanza se convierte en una herramienta reformatoria y de renovación. Los cubanos echan mano de la esperanza a diario, aunque sin fe y sin valores el resultado no se hace evidente. No es ingenua ni pasiva; es una fuerza activa que impulsa a las personas a imaginar y construir futuros distintos. Mientras peor está la situación, más evidente se hace para muchos la necesidad de un cambio profundo. La esperanza moviliza a los jóvenes que salen a las calles, a los artistas que denuncian y a los intelectuales que proponen alternativas. Los campesinos —esa fuerza arrolladora emergida del amor a la tierra— se convierten en bastiones todavía semiocultos.

En Cuba, cada vez más voces se atreven a expresar sus deseos de libertad, justicia y dignidad. La extrema crisis actual agudiza la conciencia colectiva y genera espacios de solidaridad y organización, pero no es suficiente. La presión social y el hartazgo ante la inercia se convierten en el germen de posibles transformaciones. La esperanza reside en la capacidad de la sociedad para organizarse y reclamar un futuro mejor. Desdichadamente, ya con eso no basta. Si Estados Unidos no apresura el paso, Cuba caerá en una especie de letanía de la muerte de la que será muy difícil reanimarla…

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