Por Carlos M. Estefanía.
Mi estimado lector, ciudadano de una Cuba libre,
Otra semana ha pasado desde este frío rincón del exilio. Los días se encogen y la luz escasea como si fuera parte de un racionamiento nórdico. La nieve ya se insinúa algunos días para luego retirarse tímidamente y mientras uno aprende que la claridad no se mide por horas de sol, sino por lo que somos capaces de ver cuando todo está cubierto de gris.

Hoy la mañana me encontró despierto antes de las seis y media. El primer gesto fue encender la cafetera; el sonido del vapor, metálico y nostálgico me devolvió por un segundo a las cocinas cubanas. Mientras el café subía, abrí el ordenador para trabajar en el guion de La Tertulia de Estocolmo, el programa que saldrá al aire hoy a las 18:00, pero que —como dicta la disciplina sueca— debe estar listo antes del mediodía. Aquí el tiempo no se persigue: se respeta. Nosotros, en cambio, crecimos corriendo detrás del reloj, como si siempre llegáramos a una cita pendiente con el futuro.
Comencé a escribir y, sin darme cuenta, la semana empezó a desplegarse frente a mí como otra tertulia, pero de vida cotidiana. Suecia se reveló no solo en titulares, sino en gestos silenciosos, en decisiones judiciales, en pasillos llenos de jóvenes y en vitrinas donde una niña llamada Pippi aún se atreve a desafiar la solemnidad.
Hace unos días estuve en Kista, donde miles de adolescentes abarrotaban la Feria Universitaria de la organización de los académicos suecos Saco. Los vi entrar con ese brillo en los ojos que nace cuando se sueña sin miedo al fracaso. Saco —esa organización fundada en 1944 y que hoy representa casi un millón de académicos— resume su labor con una frase que todavía resuena mientras escribo el guion: “Desarrollamos la academia de Suecia, y juntos desarrollamos Suecia.”
Y pensé en nuestros jóvenes, en los hijos de cubanos creciendo aquí, y también en los que un día crecerán en la Cuba democrática que imaginamos, donde los sueños no tengan que adaptarse a la realidad, sino la realidad al sueño.
Volví entonces mentalmente a las vitrinas unas navideñas de la tienda Compañía Nórdica, NK por sus iniciales en sueco, ellas se abrieron al público, yo aun cansado del trabajo, he ido a firmarlas como hago casa año.

Este invierno, el símbolo elegido es Pippi Calzas largas, la niña que puede levantar un caballo con una mano y que vive según sus propias normas. Me sorprendió que un país tan estructurado coloque en su Navidad la figura de una niña que encarna la imaginación sin límites. Quizás sea su manera elegante de recordarse que la libertad también puede ser un juego.
Entre el café y la redacción del programa, retomé las noticias de la semana. Algunas dolían, otras iluminaban, todas enseñaban.
Aquí la justicia actúa incluso en silencio: redadas nocturnas en Estocolmo contra redes de apuestas ilegales vinculadas al lavado de dinero; condenas reforzadas por el asesinato de dos adolescentes de 14 años; deportaciones inmediatas de delincuentes ocultos detrás de pantallas. Nadie se escapa por escribir órdenes de muerte desde un chat. Aquí, la ley persigue al ejecutor y al instigador. En Cuba, tú y yo sabemos cuántos siguen impunes incluso después de firmar órdenes mucho más graves.
Me detuve en otra noticia: un abogado pedirá reabrir un caso religioso de hace dos décadas porque considera que puede haberse condenado por un asesinato que ocurrió técnicamente cuando la víctima ya estaba muerta. En Suecia, la justicia no teme reconocer que puede haberse equivocado. En Cuba, en cambio, le enseñamos al ciudadano a olvidar antes que a revisar.
Pero la lección más profunda llegó de un vecino que denunció a un exsacerdote que poseía más de 100.000 archivos de pornografía infantil. No fue un programa de vigilancia: fue un ciudadano. Aquí la libertad se construye con ojos abiertos, no con bocas cerradas, y es que a diferencia de lo que es habitual en Cuba, la “chivatería” puede ser buena.
También hubo tropiezos: el colapso de un examen nacional digital que obligó a volver al papel después de millones invertidos. En este país donde se paga sin efectivo hasta por un café, tuvieron que desempolvar lápices. En Suecia se permite fallar; lo que no se acepta es no aprender del fallo. Como en Cuba, cuando quisimos enseñar ideología antes de consolidar educación. Igualitarismo mal entendido: exigir lo mismo a todos, aunque no todos partamos del mismo lugar.
Otras noticias fueron más discretas: el cierre de la pista de esquí de Lida por motivos técnicos; la producción de nieve artificial en Flottsbro apenas cayó bajo cero. En Salem, un edificio nuevo reúne biblioteca, teatro y ayuntamiento, como si la administración decidiera gobernar desde la cultura.
Y en Bro, un hombre médicamente irrecuperable camina ahora horas al día. Como si su cuerpo hubiera decidido contradecir los diagnósticos. Pienso que nuestro país también tiene ese derecho: el de levantarse, aunque nos hayan dicho que no se puede.
Incluso la policía sueca ha entendido que para seguir siendo autoridad hay que aprender a escuchar. Por eso abrirá un canal en Twitch, sí, en Twitch, para dialogar con los jóvenes mientras juegan. No para controlarlos, sino para acercarse a ellos. Qué contraste con nuestra isla, donde el Estado vigila los espacios donde se sienten libres los jóvenes, en vez de acompañarlos.
Y mientras todo esto ocurre, alguien escribe que los calendarios de adviento ya no son cajas de chocolate, sino objetos de lujo. La tradición perdió sencillez por exceso de marketing. Otra reflexión comparaba la gestión municipal con ordenar un armario mientras el pasillo está inundado. Es decir: se pueden doblar muy bien las camisas, pero si la casa entera se hunde, de poco sirve el orden interno. ¿Te suena?
Y entre artículos y reflexiones, me encuentro con el físico Fabio Costa diciendo que viajar al pasado es imposible porque la naturaleza reajusta los hechos para impedirlo. Me quedé mirando la pantalla. Quizás sea verdad: no podemos regresar a la Cuba que fuimos… pero sí construir la que podemos llegar a ser.
Termino el café. Son 9 siete. El guion sigue en blanco en algunas partes, pero la idea ya está clara. Cuando hoy abra el programa, podría haber dicho algo así como:
“Esta Tertulia es un paseo entre jóvenes que buscan futuro, una niña que levanta caballos en pleno invierno y un país que nos demuestra que la justicia, la humildad y la tecnología pueden servir a la dignidad humana. Que el frío no congela la esperanza si la palabra sigue viva.”
Paro prefiero dejar la frase para ti, aquí, así cierro esta crónica y abro el día. La música ya está elegida. El pensamiento, también.
Hermano, no podemos volver al pasado —dice la ciencia—, pero sí caminar hacia el futuro —dice la experiencia—. Y como el vecino que no calló o como el hombre que volvió a andar, te digo: aunque hoy estemos lejos, cada paso que damos aquí es un ensayo para cuando nos toque reconstruir allá.
Desde este invierno que enseña,
soñando en cubano,
tu amigo en Suecia.
Carlos Manuel Estefanía es disidente cubano radicado en Suecia.
Fotos del autor.















