Sociedad

Carta desde un municipio perdido en el corazón de Escandinavia

Por Carlos M. Estefanía.

Queridos lectores:

Hay semanas en que uno siente que Botkyrka —este municipio al sur de Estocolmo donde vivo— es una especie de pequeño laboratorio social. Aquí no pasan grandes terremotos políticos, pero sí ocurren muchas de esas cosas aparentemente menores que, al final, explican por qué ciertas sociedades funcionan mejor que otras.

Y para quienes pensamos en una futura Cuba democrática, observar estos detalles no deja de ser una lección.

Desde el 13 de marzo, la vida cultural del municipio ha estado bastante movida. En Tumba, por ejemplo, el Tumba Bruksmuseum —el museo instalado en la antigua fábrica de papel donde durante siglos se imprimieron los billetes suecos— ha inaugurado una exposición curiosa dedicada a una revista infantil llamada Lyckoslanten.

El nombre significa algo así como “la moneda de la suerte”, y durante generaciones enseñó a los niños suecos algo muy propio de esta cultura: ahorrar. La exposición se titula “Från spargris till Swish”, que traducido sería “De la alcancía al pago digital”. En pocas palabras, una historia del dinero… explicada a los más pequeños.

Es uno de esos detalles que dicen mucho sobre la mentalidad de un país.

La agenda cultural sigue su curso en Hallunda, donde el Folkets Hus —la tradicional “Casa del Pueblo”, centro cultural comunitario— presenta una versión bastante singular de Shakespeare. La obra se llama “Köpmannen på Martha’s Vineyard”, o sea, “El mercader de Martha’s Vineyard”. Es una reinterpretación del Mercader de Venecia, pero representada en lengua de señas, con voz en sueco, y ambientada en una comunidad de personas sordas.

El mensaje es sencillo: la cultura debe ser accesible para todos.

Pero más interesante aún es una iniciativa social que acaba de comenzar aquí. Se llama “Familjefrid”, que significa “paz familiar”. El programa busca intervenir rápidamente en casos de violencia doméstica cuando hay niños presentes.

¿Cómo funciona? Cuando la policía recibe una denuncia, los trabajadores sociales deben llegar al lugar en un máximo de treinta minutos.

La idea es actuar inmediatamente, antes de que la situación familiar se deteriore aún más. Policía y servicios sociales trabajando juntos, sin burocracia de por medio.

Otro pequeño detalle local revela también el carácter práctico de esta sociedad. En Hallunda se ha instalado el primer desfibrilador público disponible las 24 horas en el exterior del Folkets Hus. Estos aparatos pueden salvar vidas en caso de paro cardíaco.

Parece poca cosa, pero también dice mucho: en Suecia la prevención es casi una filosofía pública.

Mientras tanto, el municipio sigue creciendo. En el centro de Tumba se están construyendo 264 nuevos apartamentos de alquiler —lo que aquí llaman hyresrätter— con la idea de revitalizar el centro urbano.

Una parte del proyecto la desarrolla la empresa municipal Botkyrkabyggen, que construye 70 apartamentos en la calle Gröndalsvägen. El resto —194 viviendas— lo levanta la compañía inmobiliaria Niam cerca de la terminal de autobuses.

La lógica es bastante simple: más gente viviendo en el centro significa más vida en las calles y más seguridad.

También se ha abierto en Rödstu hage, en Tumba, un nuevo punto de encuentro para personas con discapacidad. Lo interesante es que allí no existe un programa fijo. Son los propios participantes quienes proponen qué quieren hacer: talleres, encuentros, actividades sociales. Es decir, los usuarios se convierten en organizadores.

Algo parecido ocurre en el terreno educativo. En la cercana localidad de Rönninge, el edificio del antiguo instituto Rönninge Gymnasium será transformado en una escuela especial gestionada por la autoridad estatal de educación adaptada, la Specialpedagogiska skolmyndigheten —lo que podríamos traducir como Autoridad Sueca de Educación Especial. Abrirá en 2027 y atenderá a estudiantes con discapacidades visuales, auditivas o intelectuales.

Por cierto, la vida sueca también tiene sus pequeñas tradiciones. El 25 de marzo se celebra en algunas regiones el Trandagen, el “Día de la Grulla”, que marca simbólicamente la llegada de la primavera. La noche anterior, los niños cuelgan calcetines junto a sus camas esperando que la “grulla” deje un pequeño regalo. Una costumbre sencilla, pero muy querida por los rubitos nativos.

Dejo ahora por un momento Botkyrka para mirar lo que ocurre en el resto de Suecia, porque el país atraviesa días políticamente interesantes.

El gobierno ha presentado una propuesta para endurecer los requisitos de ciudadanía. Si se aprueba, el tiempo de residencia necesario pasará de cinco a ocho años, y los solicitantes deberán demostrar ingresos estables —alrededor de 20 000 coronas suecas mensuales— además de aprobar pruebas de idioma y conocimientos sobre la sociedad sueca.

También se discute una ley para prohibir los matrimonios entre primos, una medida que el gobierno justifica como parte de la lucha contra la llamada opresión de honor, es decir, estructuras familiares que limitan la libertad individual.

En paralelo, entre el 13 y el 19 de marzo se desarrolla en Estocolmo un ejercicio de seguridad llamado Birger Jarl 26, en el que participan unas dos mil personas entre militares, policía, servicios de rescate y autoridades civiles.

Forma parte de la estrategia sueca de “defensa total”: la idea de que, en caso de crisis o guerra, toda la sociedad debe estar preparada para funcionar.

A veces, cuando camino por las calles de Tumba o Hallunda, pienso que el secreto de este país no está en grandes discursos políticos.

Está en cosas mucho más simples:
Un desfibrilador en una plaza.
Una biblioteca llena de talleres.
Una escuela pensada para estudiantes con discapacidad.

La democracia de estos lares —sin ser perfecta, puedo concebir un modelo aún mejor— se construye todos los días, con instituciones que funcionan. Y si algún día Cuba logra reconstruir su sistema político en libertad, el desafío no será solo elegir gobernantes. Será aprender a construir esta red silenciosa de instituciones que sostienen la vida democrática.

Aquí en Botkyrka seguiré observando estas experiencias. Tal vez algún día también puedas servirte de ellas, e incluso nuestra Cuba amada, no importa cuánto su noche oscurezca.

Un abrazo desde el norte de Europa y en vísperas de una primavera que será hermosa, ya te hablaré de ella cuando venga,

Carlos Manuel Estefanía.
Botkyrka, Suecia.

Lo que aquí vemos es el ayer de un rincón cercano a casa en Botkyrka. Un preescolar que, antes de ser reducido a escombros, fue el corazón de la infancia local. Su desaparición es la seña de una realidad demográfica que avanza en silencio: centros que cierran porque ya no nacen los niños necesarios para mantenerlos en pie. Foto; Carlos M. Estefanía

 

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