Sociedad

Botkyrka, 12 de abril de 2026

Por Carlos M. Estefania.

Queridos compatriotas cubanos, dispersos por el mundo, pero unidos por esa memoria terca que ni el exilio ni el tiempo consiguen diluir:

Hoy he paseado por los alrededores del Parlamento sueco, en el corazón de Estocolmo, y he sentido algo que no había experimentado antes en este país: una inquietud serena pero persistente. No era el bullicio —siempre contenido— ni el clima, aún frío pese al calendario, sino la presencia reforzada de la seguridad. Más policías de lo habitual, controles visibles y, sobre todo, agentes portando armas largas en un entorno donde hasta hace poco la autoridad se ejercía con una discreción casi invisible. Todo transcurría con normalidad, sin sobresaltos, pero era una normalidad distinta, vigilada con un celo que delata que algo, en el trasfondo, ya no es igual.

Y conviene explicarles esto con calma, sobre todo para quienes no viven en Suecia. Hoy es domingo, día en que el Parlamento no suele sesionar, pero el despliegue responde a una combinación de factores que han elevado la tensión política y de seguridad en el país. Por un lado, Suecia vive un momento delicado en su relación con Irán tras la ejecución reciente de un ciudadano sueco, lo que ha provocado protestas diplomáticas formales y un refuerzo preventivo en torno a edificios sensibles como el Parlamento y las oficinas del gobierno. Por otro, aunque falten meses, ya se han activado los mecanismos de protección electoral de cara a los comicios de septiembre, en un contexto internacional donde se teme la interferencia externa y las llamadas “amenazas híbridas”.

A esto se suma el hecho de que Suecia, ahora integrada en la lógica de seguridad de la OTAN, mantiene un nivel de alerta relativamente alto, lo que implica una vigilancia más visible en lugares simbólicos como la isla donde se encuentra el Parlamento.  Por cierto, esta misma semana estuve en Praga y paseando por la zona antigua de la ciudad vi una escena muy parecida, policías portando armas largas en medio de la masa de turistas que por allí había. La República Checa es miembro de la OTAN desde el 12 de marzo de 1999, mientras que ingreso de Suecia a la OTAN se efectuó oficialmente el 7 de marzo de 2024. ¿Aquí puede estar la explicación de la imagen tan parecida que he visto en una misma semana?

Volviendo a Suecia, como suele ocurrir los domingos, hay convocatorias de manifestaciones en las plazas cercanas el Parlamento, lo que obliga a garantizar que cualquier protesta transcurra sin incidentes. Todo ello conforma lo que aquí ya empieza a percibirse como una “nueva normalidad”: no una situación de emergencia, pero sí un estado de vigilancia reforzada que antes no formaba parte del paisaje cotidiano sueco.

Ese primer indicio no es aislado, sino coherente con lo que se vive estos días en Suecia y, en particular, en mi municipio de Botkyrka, donde la segunda semana de abril ha dejado una huella inquietante. El tiroteo del pasado viernes en el barrio de Alby, que dejó a un hombre herido y que se investiga como intento de asesinato, no puede entenderse como un episodio anecdótico, sino como parte de una secuencia de hechos que, sin alcanzar aún dimensiones descontroladas, sí están erosionando esa sensación de seguridad que durante décadas fue uno de los pilares invisibles del modelo sueco. La respuesta institucional ha sido rápida y visible —más policía, mediadores comunitarios, presencia constante—, lo cual habla de un Estado que funciona, pero también de un problema que ya no puede ser disimulado.

La vida cotidiana en Botkyrka transcurre, sin embargo, en ese equilibrio tan propio de Suecia entre orden y fragilidad. Por las mañanas, los trenes de cercanías parten con puntualidad casi matemática desde Tumba o Alby hacia Estocolmo, llevando a una población diversa que confía en servicios públicos que, con matices, siguen funcionando. En los supermercados, la reciente reducción del IVA en alimentos empieza a notarse en pequeños alivios que, acumulados, suponen un respiro real para las familias, algo que aquí se traduce en cifras concretas y verificables, muy lejos de la retórica vacía a la que nos acostumbró el sistema cubano.

Las tardes traen otra cara del país: bibliotecas llenas de niños, actividades culturales sostenidas, autores que dialogan con jóvenes lectores, instalaciones deportivas activas. No es una puesta en escena, sino una política pública constante que busca integrar, educar y prevenir. Incluso en el ámbito sanitario se percibe esa lógica: campañas de vacunación itinerantes, encuestas masivas para mejorar servicios, una administración que intenta anticiparse a los problemas.

Pero bajo esa superficie ordenada, hay tensiones que crecen. El crimen ha cambiado de carácter, volviéndose más visible, más organizado, más desafiante. El robo en Hallunda, ejecutado con métodos cada vez más audaces, o los casos judiciales que implican a menores en planes violentos, apuntan a una transformación que inquieta. A ello se suma el dolor aún abierto en Salem por el asesinato de un trabajador escolar, un crimen sin resolver que deja en la comunidad una sensación de vulnerabilidad difícil de ignorar.

Y cuando el miedo empieza a formar parte del paisaje cotidiano, la política inevitablemente se transforma.

Es aquí donde nuestra experiencia histórica, la cubana, adquiere un valor que va más allá del recuerdo. En la Cuba de los años cuarenta, el aumento del crimen, la corrupción y la percepción de desorden social no fueron simples problemas coyunturales, sino factores que minaron la confianza en el sistema democrático y prepararon el terreno para soluciones de fuerza. Primero, el giro autoritario y semidictatorial de Fulgencio Batista, legitimado por la promesa de restablecer el orden; después, sobre ese mismo desgaste institucional, el ascenso del régimen totalitario de Fidel Castro, que convirtió la seguridad en un instrumento de control absoluto.

No fue un salto brusco, sino una pendiente. Por eso preocupa observar cómo, en la Suecia actual, el aumento de la violencia convive con un endurecimiento del aparato legal y del discurso político. Reformas penales más severas, menos margen para la flexibilidad judicial, un énfasis creciente en el castigo. Todo ello puede ser comprensible como reacción inmediata, pero la historia enseña que la seguridad, cuando se convierte en argumento central, tiende a desplazar a la libertad, y ese desplazamiento, si no se vigila, puede alterar el equilibrio mismo de la democracia.

Suecia sigue siendo una sociedad abierta, con instituciones sólidas, prensa libre y una ciudadanía activa, pero precisamente por eso debería mirar con atención experiencias como la nuestra. Ninguna sociedad está inmunizada contra el miedo, y el miedo, cuando se instala, puede llevar a aceptar recortes de libertad en nombre de una tranquilidad que nunca es completa. Los cubanos sabemos que ese es el comienzo de un camino peligroso.

Desde este rincón de Botkyrka, donde la vida sigue entre trenes puntuales, bibliotecas llenas y parques que despiertan con la primavera, pero también entre sirenas, debates y preocupaciones crecientes, les envío un abrazo cargado de reflexión.

Que nuestra memoria no sea solo un peso, sino una advertencia útil. Y que algún día, cuando Cuba recupere su libertad, sepamos construir un país donde la seguridad no sea el pretexto para perderla.

Con afecto y preocupación,

Carlos Manuel Estefanía

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