EDITO

De PATRIA Y VIDA a la CIA para todos

Por Zoé Valdés.

 

Quienes se desgañitaron durante años repitiendo la consigna de «Patria y Vida», elevada a categoría de programa político para Cuba, pueden sentirse hoy reivindicados. No porque la nación cubana haya alcanzado mayores cotas de soberanía, participación ciudadana o prosperidad compartida, sino porque el desenlace lógico de aquella narrativa parece estar mostrándose sin tapujos. Kamala Harris te lo prometió y Marco Rubio te lo cumplió.

José Martí habló de «Patria y Libertad». No era una diferencia semántica menor. Para el Apóstol, la libertad era condición indispensable de la patria, nunca su sustituto. La patria representaba un proyecto colectivo, una comunidad política capaz de sostener la dignidad de sus hijos. La nueva consigna, en cambio, desplazó el centro de gravedad hacia una visión más individualista, donde los intereses personales parecían situarse por encima de cualquier noción de proyecto nacional.

Los promotores de aquella campaña insistieron en presentarla como una expresión espontánea del pueblo cubano, cuando en verdad fue una frase pronunciada por Fidel Castro en un discurso en el año 1999. Sin embargo, el tiempo ha ido revelando las complejas redes políticas, mediáticas y financieras que la acompañaron. Lo que fue vendido como una simple canción terminó formando parte de una estrategia más amplia de presión y confrontación contra el Estado cubano.

Ahora, uno de aquellos hijos del exilio cubano, surgido de familias humildes que encontraron prosperidad en Estados Unidos y que hoy ocupa nada menos que la Secretaría de Estado de la principal potencia mundial, anuncia una medida que algunos interpretan como un nuevo escalón en esa misma dirección: la posibilidad de que cualquier cubano pueda convertirse, de manera abierta y gratuita, en colaborador de los servicios de inteligencia estadounidenses.

La ironía resulta difícil de ignorar. Durante décadas, numerosos críticos del sistema cubano denunciaron la existencia de mecanismos de movilización política y militancia organizados a través de estructuras como la UJC o el PCC, y el CDR en cada cuadra. Hoy, desde esos mismos sectores se celebra que ciudadanos cubanos sean convocados a integrarse, de una u otra forma, a los dispositivos de una potencia extranjera.

Ya no harían falta cheque mediante, intermediarios ni sofisticadas operaciones encubiertas. La invitación parecería formularse de manera directa: colaborar, informar, participar, chivatear en una palabra para Estados Unidos. Lo que durante años fue presentado como una grave acusación cuando se atribuía a otros, se normaliza ahora cuando el convocante es Washington.

La pregunta de fondo es inevitable. ¿Dónde termina el activismo político y dónde comienza la subordinación a intereses extranjeros? ¿En qué momento la oposición a un gobierno deja de ser un ejercicio legítimo de discrepancia para convertirse en instrumento de agendas geopolíticas ajenas al interés nacional?

Los más entusiastas responderán que el fin justifica los medios. Que todo vale si el objetivo es provocar un cambio político en Cuba. Pero la historia enseña que los países raramente salen fortalecidos cuando sus conflictos internos son absorbidos por las estrategias de poder de actores externos.

Patria, dependencia y la eterna sombra del vecino

Estados Unidos ha desempeñado durante más de un siglo un papel determinante en la historia de Cuba. Esa es una realidad difícil de discutir. Lo verdaderamente polémico es determinar hasta dónde llega esa influencia y cuánto de la tragedia cubana contemporánea puede explicarse por las decisiones tomadas en Washington y cuánto por las tomadas en La Habana.

Resulta paradójico que una nación que libró una larga Guerra de Independencia para dejar de depender de una potencia extranjera termine atrapada, generación tras generación, en el debate sobre su relación con otra. Miles de cubanos murieron soñando una patria soberana y dueña de su destino. Sin embargo, desde el mismo nacimiento de la República, la influencia estadounidense condicionó buena parte de la vida política y económica de la Isla.

La pregunta incómoda es si algunos sectores del exilio han terminado defendiendo precisamente aquello contra lo que lucharon los independentistas: la idea de que los grandes cambios de Cuba deben venir siempre desde fuera. Ayer desde Madrid -al menos éramos provincia de un tronco de Imperio-, hoy desde Washington. Como si los cubanos fueran incapaces de decidir por sí mismos su propio destino.

En determinadas narrativas, Estados Unidos aparece como responsable de todo lo malo que ocurrió en Cuba y, simultáneamente, como el único actor capaz de solucionar sus problemas. Una contradicción difícil de sostener. Si Washington tuvo tanto poder para poner y quitar gobiernos, para moldear el rumbo de la República y para presionar a la Revolución, también habría que preguntarse por qué no logró producir la Cuba democrática y próspera que tantos prometían en sesenta y siete años.

La historia de la segunda mitad del siglo XX está repleta de ironías. Los partidarios de la Revolución ven en Fidel Castro al líder que enfrentó al gigante del Norte y defendió la soberanía nacional. Sus detractores lo consideran un dictador que destruyó las libertades republicanas y condujo al país a una dependencia distinta, primero de la Unión Soviética y después de otros aliados estratégicos. Los cubanos, un tirano.

Entretanto, los cubanos comunes han quedado atrapados entre proyectos rivales que siempre parecen reclamar lealtades absolutas. Unos exigen fidelidad al Estado; otros, alineamiento con agendas elaboradas fuera de las fronteras nacionales. Y ambos suelen presentar sus posiciones como la única forma legítima de patriotismo.

Por eso causa inquietud que algunos celebren sin reservas cualquier iniciativa que promueva la participación de cubanos en estructuras políticas o de influencia vinculadas a una potencia extranjera que para mayor inri ni siquiera propone libertad, sino lo mismo que el régimen a un excarcelado, libertad condicional. Lo preocupante no es la discrepancia ni la oposición política. Lo preocupante es la normalización de la dependencia.

José Martí advirtió que Cuba debía construirse «con todos y para el bien de todos». No dijo con unos cubanos contra otros, ni subordinada a intereses externos por más poderosos que fueran. La cuestión central sigue siendo la misma de hace más de cien años: si los cubanos aspiran a una patria soberana, deberán decidir si esa soberanía se ejerce desde La Habana o desde oficinas situadas a noventa millas de distancia de manera incondicional y siempre dependiendo del acomodo de otros.

Ahora resulta que, según sus promotores, cualquier cubano puede convertirse en una especie de colaborador voluntario de los intereses de Estados Unidos. Me pregunto qué diría Oswaldo Payá de esto, pero conozco su respuesta, la pueden ver en YouTube. La propuesta se presenta como un ejercicio de libertad, de participación ciudadana y de compromiso con la democracia. Sin embargo, la pregunta elemental sigue sin respuesta: ¿para qué exactamente?

Porque la historia enseña que los servicios de inteligencia nunca reclutan por filantropía. Toda estructura de inteligencia persigue objetivos políticos, estratégicos o de seguridad nacional. Y cuando se invita a ciudadanos de otro país a colaborar, la cuestión no es si existe una finalidad, sino cuál es esa finalidad.

Lo sorprendente es el silencio de quienes durante años denunciaron cualquier forma de organización política dentro de Cuba como una amenaza intolerable a la libertad individual. Quienes veían en la militancia de la UJC o del PCC la prueba irrefutable de la falta de autonomía del ciudadano, ahora parecen contemplar con admirable serenidad la idea de que cubanos participen en iniciativas impulsadas desde Washington.

La contradicción es llamativa. Si el problema era la subordinación política, debería seguir siéndolo independientemente de quién la promueva. Si el problema era que otros decidieran por Cuba, debería preocupar igualmente cuando esos «otros» se encuentran a noventa millas de distancia, y ni siquiera se atreven a invadirla militarmente, sino que con engañifas tratan de comprarla y subordinarla.

Al final, la cuestión de fondo no es la CIA. La cuestión es una vieja enfermedad nacional: la costumbre de esperar que alguien desde fuera resuelva lo que corresponde resolver a los cubanos. Unos depositaron su fe en Moscú. Otros la depositan en Washington -yo entre ellos. Unos confiaron en la vanguardia revolucionaria. Otros esperan el milagro de los despachos del Departamento de Estado. Pero la dependencia, aunque cambie de bandera, sigue siendo dependencia.

Y ahí aparece la ironía definitiva. Durante años se popularizó la consigna «Patria y Vida», como si la libertad pudiera quedar reducida a una nota a pie de página. Sin embargo, la vida sin libertad política es una concesión; y la patria sin soberanía es apenas una administración territorial.

Si aceptamos que otro decida por nosotros porque sus intenciones nos resultan simpáticas, estamos renunciando precisamente al principio democrático que decimos defender. Porque la democracia no consiste en que mande la potencia extranjera correcta. Consiste en que los ciudadanos de una nación sean quienes determinen su destino con gobiernos elegidos democráticamente y no por fantoches impuestos desde fuera. Del mismo modo que quitaron a Batista para poner a Castro, que se deshicieron del negro para infiltrar al blanco pesao comunista.

La historia está llena de pueblos que confundieron protección con tutela y ayuda con dirección. Ninguno salió ganando a largo plazo. La libertad comienza exactamente donde termina la necesidad de que otro venga a salvarte. Yo estoy por una invasión militar porque así se liberó a Europa del nazismo, pero no por una entrega gratis cual jinetera de alemanes.

Por eso la pregunta sigue siendo incómoda: si Cuba necesita que una potencia extranjera organice, financie, oriente o impulse el cambio político, ¿estamos hablando de soberanía nacional o de una nueva forma de dependencia sin libertad plena de quienes la oprimieron durante décadas llámense PCC, KGB como CIA? ¿No son lo mismo a la larga?

 

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2 Comments

  1. Francisco Rodríguez

    Martí nos advirtió de no confiar ciegamente en Estados Unidos. Y los Cubanos contemporáneos estamos quemados por Bahía de Cochinos, el arreglo K-K tras la Crisis de los Misiles y la Operación Mongoose. Me quedé en una pieza con la última declaración de Marco Rubio de que debemos de aproximarnos “discretamente” a la CIA. Que locura. Pero el que manda no es Marco Rubio, es el rubio.

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