Por Carmen de Carlos/El Debate.
Por las buenas o por las malas», la brabuconada del presidente de Estados Unidos resumía su deseo de quedarse con la isla más grande del mundo: Groenlandia. Donald Trump, ese personaje capaz de desconcertar –hasta a sí mismo–, sacudió el avispero de la OTAN y de la Unión Europea a principios de año con su insistencia y retórica pueril de querer quedarse con lo que no es suyo.
El republicano abrió una crisis imprevista que hizo temblar las estructuras de la Alianza Atlántica y poner en guardia a los Veintisiete, por una vez con mínimas dudas sobre cómo actuar frente a la amenaza del presidente más poderoso del mundo de arrebatar a Dinamarca un territorio sobre el que, en términos militares, Estados Unidos ya tenía, en cierto modo, el control. ¿Cómo? Con la base Pituffik que cumple funciones de alerta temprana de misiles, vigilancia espacial y seguimiento de satélites.
Como un sólo hombre –algunos con más músculo que otros– ocho países europeos desplazaron «unidades militares» a Groenlandia con sus respectivas banderas. Entre otros, Alemania envió 15 soldados de la Bundeswehr, Francia otros 15, Suecia tres, Noruega dos, Reino Unido un oficial y Finlandia dos. El mensaje era claro: en esta ocasión no vamos a ceder. Bastó ese gesto más simbólico que numérico (en total eran 38 uniformados), para que la Casa Blanca diera un paso atrás y las aguas heladas del Ártico se quedaran a la misma temperatura que solían estar…
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