Por Ricardo Bello Toledo.
Me di cuenta de quién era leyendo libros y también me di cuenta de que ya no era el mismo, leyendo libros; y para rematar, me di cuenta de quién quería y como quién no quería ser, leyendo libros. Sin ellos, hubiera sido una piedra, una araña, un molusco, un mamífero regido por apetitos y urgencias físicas. El descubrimiento de la música sería en la adolescencia, no Mahler o Beethoven, sino los primeros discos de Pink Floyd, Ummagumma, el telón de fondo de un complicado desarrollo emocional. A la final, acompañado de algunos libros de ciencia ficción, Kurt Vonnegut Jr., Robert A. Heinlein y más tarde Tolkien, se impuso la necesidad de estudiar psicología en la universidad, carrera interrumpida por actividades extra-curriculares. Ese fue el fin del comienzo, entonces arrancó mi vida consciente, o semi-consciente al menos. Recuerdo largas noches, despierto hasta la madrugada, intercalando lecturas de Paul Tillich y literatura medieval francesa, La chanson de Roland y Perceval. No hay manera de eludir el rol que jugaron los libros en uno…
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