Por Carlos M. Estefanía.
Queridos lectores,
Les escribo desde este rincón del sur de la capital sueca, donde la memoria de nuestra Cuba se entrelaza con la realidad de un país que atraviesa transformaciones profundas. Lo que ocurre aquí, aunque distante geográficamente, empieza a resonar cada vez más entre quienes seguimos de cerca el destino de las sociedades que, como esta, fueron durante décadas modelos de estabilidad.
La semana en Botkyrka ha sido un reflejo elocuente de esa “nueva normalidad” sueca: orden, sí, pero también una fragilidad que no pasa desapercibida.
El 18 de abril, la ciudad celebró su Noche de la Cultura. Estocolmo se transformó en un escenario abierto, con museos y galerías funcionando hasta la madrugada. En medio de ese ambiente, uno puede olvidar por unas horas las tensiones del país. Sin embargo, incluso en esos momentos surgen historias insólitas: desde un niño noruego que logró conducir un autobús hasta Suecia, hasta el hallazgo de una joya de oro del siglo V en Gotland.
Yo hice lo que suelo hacer en estas jornadas culturales: caminar por la ciudad aunque más bien en la tarde, pues no soy de transnochar. En Södermalm viví uno de esos instantes que uno no busca, pero que terminan definiendo el día.
En la calle Högbergsgatan, casi a ras del suelo, descubrí una casita diminuta en el número 32. Había que agacharse para verla. Allí estaba: una escena minúscula, cuidadosamente construida, donde los nuevos inquilinos eran el osito Bamse y su familia.
Para quien no lo conozca, Bamse es uno de los personajes más queridos de Suecia, creado por Rune Andréasson. Es el “oso más fuerte del mundo”, pero su verdadera fuerza no está en la miel mágica que lo potencia, sino en su carácter: representa la bondad, la justicia y la solidaridad. En sus historias, no se impone la fuerza, sino la comprensión.
Detrás de la creación de esta casita, está el colectivo Anonymouse, formado por Elin Westerholm y Lupus Nensén. Durante años mantuvieron el anonimato, dejando pequeñas instalaciones urbanas de tipo parecido, como bares para ratones, desde 2016, hasta que decidieron revelar su identidad tras casi una década trabajando en secreto.
Confieso que me quedé allí más tiempo del previsto. En esa escala diminuta había algo profundamente humano: la necesidad de imaginar, de jugar, de construir belleza en medio de lo cotidiano.
Seguí caminando y, al atravesar Gamla Stan, ocurrió otro de esos encuentros inesperados. En una plaza me topé con un grupo de Hare Krishna. Cantaban, tocaban tambores y avanzaban con un ritmo propio, ajeno al flujo acelerado de la ciudad.
Al principio solo observé. Luego intercambié algunas palabras con ellos. Y sin planearlo, terminé integrándome a su círculo. Por unos minutos caminé y me moví dentro de su danza colectiva, siguiendo sus cantos en medio de la calle. No fue una experiencia religiosa en sentido estricto, pero sí un paréntesis extraño: la ciudad, las noticias, el frío… todo quedó suspendido, reducido a ritmo, movimiento y presencia compartida.
Más tarde pasé por el Parlamento, una vez mas lo noté fuertemente custodiado, reflejo de los tiempos actuales.
En el Jardín del Rey, una recreación medieval, con duelos y mercados de la edad media, convivía con el paso con una manifestación política de exiliados iraníes que abogaban por el retorno de su Sha, como si distintas capas de historia se superpusieran en un mismo espacio. Imágenes de estos eventos puede encontrar el lector en mi canal de Facebook.
Pero más allá de la cultura, la realidad se impone.
El reciente tiroteo en Alby, en mi municipio no fue un caso aislado. En ciudades como Malmö y Södertälje, los desafíos de seguridad son cada vez más visibles.
En el plano político y económico, el gobierno ha presentado su presupuesto de primavera, con medidas para aliviar el costo de la vida. Sin embargo, el debate público está marcado por la cercanía de las elecciones y una creciente polarización.
Particular atención merece el giro en la política migratoria. Suecia, durante años símbolo de acogida, avanza hacia restricciones más estrictas, incluyendo la limitación de permisos permanentes y programas de retorno voluntario. Para muchos inmigrantes, esto no es solo una decisión administrativa: es también emocional.
Mientras tanto, en el norte del país, en Luleå, una investigación sobre trabajadores enfermos en una obra industrial genera preocupación. Y en Gotemburgo, un fallo judicial controvertido sobre un maestro ha reabierto debates sobre los límites de la autoridad en las aulas.
En el escenario internacional, Suecia muestra una postura cada vez más activa. El rey Carlos XVI Gustavo de Suecia visitó recientemente Ucrania, reafirmando el posicionamiento del país en el contexto global.
Y, sin embargo, en medio de todo esto, la vida cotidiana sigue abriéndose paso. En Fittja, proyectos comunitarios avanzan, familias se adaptan y la sociedad sigue buscando equilibrio.
Suecia no ha dejado de ser un país organizado y funcional, pero ya no es inmune a las tensiones de su tiempo. Quizás esa sea la mejor manera de entenderla hoy: no como un modelo cerrado, sino como una sociedad en transición.
Desde aquí, uno no puede evitar mirar hacia Cuba y pensar en cómo, en contextos distintos, también vivimos procesos de cambio, incertidumbre y resistencia.
Reciban un abrazo desde estas tierras del norte, donde el frío convive con una calidez discreta, y donde cada semana trae nuevas historias que contar.
Atentamente,
Carlos Manuel Estefanía.
Botkyrka, Suecia.
19 de abril de 2026
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