EDITO

Del calabozo al exilio: todo en un maletín

Por Pablo Pacheco Ávila.

El verano de 2010 en Cuba se dividía en dos mundos irreconciliables: para unos era tiempo de playa y música, para otros de pesadillas

Nosotros, los presos políticos del Grupo de los 75, descifrábamos ansiosamente las noticias que llegaban filtradas a través de la prensa oficial.

Nuestro destino pendía de un hilo. Creíamos que nos liberarían y que, si lo deseábamos, podríamos quedarnos en la isla. Nos equivocamos. De la cárcel pasamos directamente al avión con rumbo a Madrid.

No hubo despedidas. Ni un último abrazo a los amigos, ni un adiós a los familiares, ni siquiera una mirada final al barrio o al hogar. No pudimos llevarnos un olor, una foto, un objeto querido que guardara la nostalgia de todo lo que estábamos a punto de perder para siempre.

En un pequeño maletín cupo todo lo que realmente importaba: mi libertad, el fin del calvario de mi esposa Oleyvis y de mi hijo Jimmy, y el término del sufrimiento que mi cautiverio había causado a toda mi familia.

Recuerdo que me senté junto a la ventanilla del autobús que nos trasladaba desde el Combinado del Este, en La Habana, hasta el aeropuerto. Mi mirada se perdía en el paisaje que desfilaba, entre un dolor insoportable y un futuro incierto. Nos mirábamos los unos a los otros, y todas las miradas eran idénticas: el reflejo exacto de la incertidumbre y, al mismo tiempo, de una frágil esperanza.

Ha pasado el tiempo. Cuba sigue rompiéndose, y yo continúo sufriendo por mi país y por mi gente. Pero jamás imaginé que todas mis esperanzas cabrían en un maletín tan pequeño.

Pablo Pacheco Ávila es un exiliado cubano. Vive en Miami. Desde muy joven fue preso político, y uno de los 75 de la Primavera de Cuba hasta que lo desterraron de su país junto al resto de presos de la Primavera de Cuba a España, debido a la gestión colaboradora del gobierno de España y del presidente José Luis Rodríguez Zapatero.

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