Medias

Un grito que no se calla: Cuba libre vista desde Suecia

Por Carlos M. Estefanía.

Queridos amigos, hoy les escribo con una inquietud que no termina de irse, de esas que uno reconoce porque vuelven una y otra vez aunque intente dejarlas reposar, y esta vez tiene que ver con el documental Cuba Libre?, que vi en SVT Play, y con todo lo que inevitablemente pone en evidencia, no solo sobre Cuba, sino sobre nosotros aquí en Suecia, sobre cómo miramos, cómo contamos y, sobre todo, cómo evitamos decir.

Porque lo que este reportaje muestra no es nuevo para quienes conocen la realidad cubana, pero sí lo es en el contexto mediático sueco, donde durante demasiado tiempo el país ha sido tratado con una mezcla incómoda de indulgencia ideológica, distancia académica y un lenguaje tan cuidadosamente calibrado que termina funcionando más como cortina que como ventana, y en ese sentido lo verdaderamente revelador no es solo lo que aparece en pantalla, sino lo que deja en evidencia por contraste: todo aquello que durante años se ha preferido suavizar, relativizar o directamente omitir.

Ahí está Anna Bensi, hablando con una claridad que incomoda precisamente porque no deja margen para la ambigüedad, mostrando una realidad que aquí muchas veces se disuelve en explicaciones estructurales o contextos históricos que, sin ser falsos, han servido con demasiada frecuencia para diluir responsabilidades concretas, y mientras la escuchaba no podía evitar pensar en hasta qué punto ese tipo de voces han sido sistemáticamente subrepresentadas en el discurso público sueco, no por falta de acceso, sino por una especie de filtro previo que decide qué relatos encajan y cuáles resultan problemáticos.

Y entonces aparece el contraste inevitable con el trabajo de Bengt Norborg, que sin necesidad de estridencias hace algo que, visto desde aquí, resulta casi disruptivo: permite que la realidad se exprese sin domesticarla, sin traducirla inmediatamente a un marco ideológico cómodo, y eso, que debería ser la base de cualquier práctica periodística, termina destacando como una excepción en un entorno donde Cuba ha sido durante décadas una anomalía informativa, tratada con un tipo de cautela que rara vez se aplica a otros contextos autoritarios.

No puedo dejar de pensar, en este punto, en el intento reciente de publicar un artículo en varios periódicos suecos, un texto deliberadamente sobrio, sin consignas ni exageraciones, que se limitaba a señalar la responsabilidad del régimen cubano en la crisis actual, y que sin embargo fue rechazado sin mayor debate, no porque careciera de relevancia, sino porque, sencillamente, no encajaba, y ese “no encajar” dice más sobre el ecosistema mediático que cualquier declaración explícita, porque revela la existencia de límites implícitos, de zonas donde la pluralidad se invoca pero no siempre se practica.

Hay además un elemento en este documental que resulta especialmente significativo y que no debería pasarse por alto, su accesibilidad global y su uso del español permiten que no solo el público sueco sino también los propios cubanos puedan verlo y comprenderlo directamente, sin mediaciones, y en ese gesto hay una apertura que contrasta con la forma en que, durante años, el relato sobre Cuba ha circulado en espacios relativamente cerrados, filtrado por intermediarios que muchas veces han hablado más sobre Cuba que con Cuba.

Y es aquí donde la incomodidad se vuelve más difícil de evitar, porque Suecia, que con razón se enorgullece de sus estándares de objetividad, transparencia y rigor, ha mantenido en este tema una especie de doble rasero, aplicando una mirada crítica implacable en ciertos contextos mientras adopta un tono sorprendentemente indulgente en otros, y Cuba ha sido uno de esos casos donde la cautela ha rozado con demasiada frecuencia la complacencia, donde el esfuerzo por matizar ha terminado convirtiéndose en una forma de no nombrar.

Por eso Cuba Libre? no es solo un buen documental, es también un espejo incómodo, uno que devuelve una imagen que no siempre coincide con la que nos gusta proyectar, porque si la información, como afirma la propia televisión pública, debe ser veraz y relevante, entonces la pregunta no es si este reportaje cumple con ese principio, sino por qué durante tanto tiempo ese mismo estándar no ha sido aplicado con la misma claridad y consistencia en la cobertura de Cuba.

Y quizá por eso sigo escribiendo sobre esto, no por insistencia retórica sino porque el silencio, cuando se repite, deja de ser casual, porque lo que está en juego no es solo la imagen de un país lejano, sino la coherencia de un sistema mediático que se define a sí mismo por su compromiso con la verdad.

Y mientras cierro estas líneas, lo hago con menos ingenuidad que otras veces pero con la misma obstinación, porque como un Quijote algo más consciente de los molinos que enfrenta, vuelvo a lanzar esta palabra contra la maquinaria bien engrasada de la prudencia selectiva de la prensa sueca, sabiendo que el golpe puede perderse en el aire o ser desviado como tantas otras veces, pero también con la certeza de que insistir es, en sí mismo, una forma de resistencia, y con la esperanza —quizá mínima, pero no inexistente— de que esta vez la lanza no se quiebre del todo antes de rozar ese muro de silencios y eufemismos que durante demasiado tiempo ha protegido una versión incompleta de la realidad cubana.

Un abrazo, nos leemos la próxima semana.

Carlos Manuel Estefanía Aulet.


Nota enviada a medios suecos (traducción al castellano)

Dejen de embellecer Cuba: sigan el ejemplo de SVT

La imagen de Cuba en Suecia ha estado durante mucho tiempo marcada por eufemismos y filtros ideológicos, en aulas, libros de texto y medios el país suele presentarse a través de una revolución romantizada o mediante un lenguaje neutral que evita la realidad, generando una imagen que no refleja la vida cotidiana de los cubanos. Recientemente intenté publicar un artículo de opinión en varios periódicos suecos con un objetivo simple, señalar la responsabilidad del régimen cubano en la profunda crisis que atraviesa el país, pero la respuesta fue un rechazo sin debate ni pluralismo, no por falta de relevancia sino porque la perspectiva no encajaba.

Por eso el reportaje “Cuba Libre?” resulta tan importante, porque permite que cubanos reales y jóvenes disidentes cuenten sus historias, con una cobertura sobria pero clara que rompe con décadas de embellecimiento en el periodismo sueco y demuestra que el servicio público puede combinarse con valentía e integridad. Los medios suecos deberían seguir este ejemplo, priorizar las experiencias de las personas por encima de la ideología, usar un lenguaje directo en lugar de eufemismos y tratar a Cuba con la misma mirada crítica que a otros contextos autoritarios, porque la realidad no necesita más teorías sino honestidad.

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